El “Agosto 94” de Carlos Valdés (Primera parte)

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París, 8 de junio de 2010.

Mi querida Ofelia,

te envío el testimonio de Carli, el hijo de tu querido ahijado Ortelio.

Carlos Valdés: “Y así como sucede en todo el Caribe, en esos meses de calor, para ser más exacto en agosto de 1994, amanecí una mañana sentado frente al mar en la playita de 34 y 1era, que en realidad de playa no tiene nada.

Vivía harto del verde oliva, de las colas y el racionamiento, de la vigilancia del C.D.R., de no poder escuchar música en inglés, del temor que me atrapaba cuando veía pasar por la acera de casa  al “Jefe de Sector”, de no poder realizar mi sueño de llegar algún día ser un Hombre Libre.

Miré al mar azul, con ese orgullo en  la mirada superlativa que nos distingue a  los cubanos, que creemos que no existe mar en este mundo tan bello como  el que nos rodea. Pero de pronto se me subió una especie de vapor a la cabeza y dije en voz muy alta:
‘Hasta hoy te soporté fidelismo de mierda, prefiero mil veces morir en el intento que darle a mi hija esta vida miserable, yo quiero para ella una vida distinta, hasta hoy esta revolución me puso la bota encima ¡Hasta hoy!’

Esa misma mañana al llegar a casa, mi madre me preguntó:

-¿Hijo qué te pasa?
-Nada, no te preocupes, pero ya estoy harto de esta vida paupérrima, sin futuro para nadie, considero que no tengo opciones, yo te quiero muchísimo y me parte el alma lo que te voy a decir, hoy mismo me voy en balsa con José el gordo y unas gentes que conozco muy bien. Yo sé que tú encenderás cuanta vela tengas a tu Caridad del Cobre para que nos proteja, pero yo ya acabe con esto, cuida  bien a mi hija y a mi mujer, si todo sale bien yo vendré a  por ellas. Despídeme de la abuela Marucha y si mi papá llama dile que me largué, quizás en una semana ya puedas saber de mí. Me despedí de mi mujer por teléfono y no quiero ver a Jessica mi hija porque sé que me pondré muy mal.
-Escucha bien a tu madre, yo sé que toda la vida has pensado en eso y si esa es tu decisión  te la respeto, pero  creo que debes de vender tus cosas y buscarte una buena embarcación y llevarte a tu mujer y a tu hija. Esa es tu familia, no los dejes atrás.
Me fui a casa de José el gordo. Él se despidió de Gretel su mujer y de su hijo. Su hermano desvió una guagua de turismo de la que él era el chófer y nos dejó en la costa en el área de Santa Fe. Contábamos con una pequeña balsa de salvamento y un pequeño motor que más bien parecía un motor de ventilador. Con tremenda disposición José y los otros trataron infructuosamente de inflar aquel artefacto lleno parches por todas partes, bajo una nube de mosquitos. Nos hicimos al mar, apenas sin agua, muertos de cansancio por el estrés de los días anteriores pero  con tremendas ganas de irnos del país. Nos llevamos un gran fiasco, ya que la balsa se desinfló, el motor se hundió y no llegamos ni siquiera a subirnos en aquella balsa robada. Nos sentamos sobre el lodo a ver como José y  otra mujer se tomaban el agua y a reírnos pues no había  otra que hacer.

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Regresé a casa de mi mamá alrededor de las cinco de la mañana. Ella estaba sentada en medio de la sala con una vela encendida y un rosario en las manos de frente al cuadro de  su  Caridad del Cobre  que nunca quitó de la pared. Me miró con una bella sonrisa  y me dijo:
-Yo sabía que sin tu mujer y tu hija no te irías, Dios es sabio, ahora quítate ese mal olor  que traes, báñate y mañana será otro día.
Al día siguiente, ya fresco, pero con el remordimiento de no haber cumplido ese sueño de balsero, me fui a ver a Surina mi esposa y  a Jessica mi hija que sólo tenía 2 años de  edad. Mi suegra me miró y me dijo:
-Yo sabía que todo era un cuento, que tú sin ellas no te ibas.
Mi mujer miro a la madre como quien pide permiso, ésta asintió con la cabeza y le dijo:
-A donde va el hombre va la mujer y ése es tu marido, así que recoge y dale, no lo pienses porque sino te quedas en esta mierda.

En menos de 24 horas con la ayuda de mi hermano Luis y mi cuñada Yamilé , José el barbudo y los hijos de Mayiyo , Pichichi, Renier y Lizet, llegamos a la reunir la suma de 13 000 dólares. Esa cantidad en Cuba en aquella época era una gran suma de dinero

-¡Alguien nos vende un barco! dijo mi hermano Luis.
-¿Quien y dónde?, le pregunté.
-En  Isabela de Sagua, donde por suerte no hay mucha vigilancia, pues las condiciones geográficas no le permiten a nadie salir por allí, a no ser que sea de la zona, pues tiene muchos bajos.
-¿Y tú qué sabes de marinería? Tú sólo sabes dirigir, bailar y hablar mal del gobierno.
-Yo te diré que tengo todo controlado, Nos iremos al atardecer, y estaremos en Santa Clara por la noche. Dentro de  tres días seremos libres. ¿Me entendiste? ¡Libreeeeeees!

En el grupo de 18 personas  iban: Renier, con la ex mujer María Elena y los dos hijos uno de ellos de Renier, Lizet la hermana de Renier con su hijo Julai, José el barbudo, el médico con la mujer y su hija (no recuerdo los nombres), Luis mi hermano, Yamilé, Luis Marcel mi sobrino y su suegra Isela, Surina mi mujer, Jessica mi hija y yo.

Todos nos acomodamos dentro de una furgoneta como sardinas en latas, en  la esquina de 60 y 41 en Playa. Eran como las seis de la tarde y cuando las puertas de aquella furgoneta se cerraron,  más nunca  volví a ver a mi barrio, ni a mi abuela, ni a mis amigos.

Todos con tremendo entusiasmo, un alboroto controlado, una alegría que sólo nosotros sabíamos, ya ni siquiera pensábamos en lo que dejábamos sin saber cuándo volveríamos, pues sólo hacíamos ya desde allí, hablar mal del gobierno. Nos fuimos quedando dormidos unos encima de los otros después de apenas una hora de viaje, estábamos bien cansados. Llegamos de madrugada a Isabela de Sagua bajo un torrencial aguacero.
Aquello era como llegar a un pueblo embrujado, estar dentro de una película de horror. Nos esperaban en un apartamento en los  bajos de uno de esos edificios de microbrigadas, mal oliente, sin luz, con una cocina de keroseno, platos sin fregar por falta de agua y luz, y del baño algo que jamás había visto, un w.c. reparado con cemento gris, 90% cemento y 10 % el resto de lo que parecía ser porcelana. Los que allí vivían no eran más que un par de delincuentes que pensaron haber visto en nosotros una presa fácil. Pero nosotros de precavidos teníamos todo el dinero repartido, y éramos un grupo contra dos o tres. No éramos unos bobitos, habíamos crecido en  Buena Vista, un barrio plagado de timadores por doquier. Apenas una hora después volvimos a reunir al grupo y plantamos el campamento debajo del puente de Isabela, un pequeño riachuelo en el pueblo del mismo nombre.

Todo el que pasaba en la mañana sabía que no éramos de allí, pues la manera de vestir y el acento  del habanero nos delataba, pero la decisión de irnos ya estaba tomada, no había vuelta atrás, cada hora, cada minuto dentro del país era un reto. Todos habíamos reportado ausente a los trabajos, ya nos estarían cuestionando en los respectivos Comités Defensa de la Revolución. Conclusión: ya éramos unos “apátridas vendidos al imperialismo yankee.”
Allí debajo de aquel puente en plena calle empezamos a consumir los suministros del viaje, pues en aquel pueblo no había donde comprar ni agua, y en medio de aquel picnic apareció un personaje que nos cambió la vida a todos, Juan de Dios, así era su nombre. Rubio, flaco, con unos dientes horribles, feos y amarillos, con más pecas en la cara que un batido de trigo, se bajó de un carro americano de los años cuarenta, con la camisa abierta, y caminó hacia nosotros en son de paz.
Este Juan de Dios era toda una lección para no juzgar por la apariencia. Era un muchacho noble, bueno,  muy humano, lo demostró todo el tiempo.
Preguntó por el líder del grupo y allá fuimos todos. Él nos dijo:
-Yo sé quien tiene la embarcación, pero no tengo un centavo ni para comer, pero sé quien tiene un bote que vende, si ustedes me llevan sin pagar yo los ayudo en esta empresa.

Y allí exactamente comenzó la odisea. Me dejaron con el médico para cuidar a las mujeres y los muchachos, Luis mi hermano se fue con los otros junto a Juan de Dios a conocer a Pompi, un nativo del pueblo, éste a su vez, se unió a la camarilla y fueron todos a casa de el gordo, el que de verdad tenía la embarcación.
Resulta ser que unos meses antes de la apertura del 94 el gordo y Pompi habían decidido construir una embarcación para salir del país, pero el gordo  por asuntos familiares se arrepintió a última hora y quería que Pompi pagara la parte que él había invertido en la construcción del llamado Bimbán, como le decían a aquel artefacto de fabricación casera, hecho con planchas de hierro y pedazos de tuberías para las barandas. En fin, algo bien rudimentario. El gordo dijo
-Ustedes no me dan un centavo hasta que el barco no esté en el agua, pero las cosas se harán a mi manera, pues ya yo tenía todo esto bien planeado. Todos estuvimos de acuerdo y así se hizo.
Esa misma tarde mandó un camión  de cargar caña de azúcar y nos recogió debajo del puente. Llegamos a casa de una amiga suya que vivía en el pueblo, en un edificio muy viejo, pero limpio. Nos ofreció tremenda hospitalidad, todo estaba muy limpio y ordenado,  todos pudimos bañamos y comer.
A las 5 de la mañana del día siguiente el mismo camión nos recogió y fuimos a una finca cerca de Caratas donde estaba el famoso Bimbán. Llegamos a casa del guajiro. Así le decíamos cariñosamente. Era un tipo soltero, corpulento, de mediana estatura, pelo ralo. Vivía en un bohío con piso de tierra con su madre y un niño que andaba descalzo como su abuela por todo aquello, como si nada. Según el propio guajiro, la madre de su hijo se había ido para La Habana y le dejó el niño a su suerte y nunca volvió. La estancia en la finca se la pagaríamos al guajiro llevándolo a él y a su hijo en la expedición.
Pasamos todo el día durmiendo bajo las matas de mango, conversando y comiendo carne de puerco frita de un lechón que el guajiro mató para el grupo, plátanos tostones  y fufú para  los muchachos. La grasa que sobró la pusimos en latas para conservar carne para el viaje, y así pasamos el tiempo para no pensar  en lo que nos esperaba. Al rato el gordo apareció con más de diez hombres a caballo con  machetes a la cintura, como los mambises. Con sus caras arrugadas y haciendo alarde ante los habaneros de sus habilidades equinas.
Resulta que el gordo aparentemente tenía dinero y se había hecho respetar en la zona por sus habilidades de negociante sin miedo. Él y Pompi se habían apropiado de los materiales para la construcción del barco y dentro de aquel monte bien tupido, a más o menos uno cien pies del camino, habían fabricado aquello que parecía poder flotar. Le habían puesto un motor de tractor con barra de transmisión, dos tanques de 55 galones para agua y una especie de banco alrededor de toda la embarcación para poder sentarnos. Tenía una capacidad según sus cálculos, para 20 personas más o menos.

Los hombres del gordo interpretaron un papel bien importante, pues la embarcación estaba escondida dentro de  la maleza, pero como se dice en mi Cuba “donde hay hombre no hay fantasmas.” Aquella tropa machete en mano abrió en un abrir y cerrar de ojos una brecha por donde poder llegar al barco con comodidad. Entre todos ellos y algunos de nosotros cargamos en peso aquella mole con unas barandas que le habían puesto por fuera como una agarradera alrededor de todo el bote (muy inteligente el gordo),  lo subimos encima de una rastra que ya esperaba en el camino, lo amarramos bien. Caminamos hasta la casa de otro campesino y llenamos los dos tanques de 55 galones con agua pura de pozo, y de los tanque de la rastra le completaron lo que les faltaba de petróleo para el viaje.
El gordo dijo:
-¡Ahí tienen petróleo y agua hasta Canadá! Así que estoy tranquilo.
A l mismo tiempo, en la finca del guajiro, un camión cerrado  estaba recogiendo a las mujeres, los niños, los suministros personales, y  hasta los santos de todos los que en ellos creían, para que nos guiaran por el camino hacia  la Libertad. En ese camión se subió toda la prole anticastrista, entre ellos el médico. Lo recuerdo muy ridículo pues  estaba vestido como si fuera a viajar en AAirlines , con guayabera blanca, pantalón de lino, la mujer de peluquería y la hija maquillada ridiculísima como una bailarina de Tropicana, con el respeto de las bailarinas de Tropicana, con unas uñas larguísimas. Recuerdo a su esposa sintiéndose muy mal, tenía la cara desencajada, quizás no esperaba un choque así con la realidad de los trabajos que pasaba la gente para abandonar el país. En la cabina del camión iban los niños con Surina e Isela, la madre de Yamilé.
Nos cogió la noche en toda aquella faena. Iba la comitiva del gordo  delante en un tractor con una cadena por si nos quedábamos atascados en el fango, a caballo los hombres a machete cortando alguna que otra rama de ese marabú bien espinoso, un grupo a ambos lados de la rastra  a caballo, detrás como en una diligencia el taller móvil con el resto de los  pasajeros presuntos suicidas. Hasta llegar a la orilla del mar, entre todos bajamos el Bimbán, lo tiramos al mar y vimos como flotaba. Hicimos una cadena humana y llevamos todas las cosas a bordo. En la arena Luis, Renier, José el barbudo y yo contamos el dinero, le pagamos al gordo. Recuerdo que le pusimos por precaución seis cámaras de tractor, tres a cada lado, amarradas al bote. Le dimos las gracias al gordo y a aquellos hombres anónimos que trabajaron como animales para ayudarnos en la fuga. Así comenzamos nuestro viaje hacia la Libertad casi a las 11 de la noche. El mar era un plato, tranquilo, y la noche, la más clara que había visto en mi vida….”

Mi querida Ofelia, aquí termina la primera parte. Mañana te enviaré la        segunda. Podrás leer la verdadera Odisea del grupo para poder llegar a las tierras de Libertad.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.



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Un pensamiento en “El “Agosto 94” de Carlos Valdés (Primera parte)

  1. Que Historia tan cruda y pensar que es REAL. necesito saber como hago para leer la segunda parte o las que siguen en esta historia.

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