El “Agosto 94” de Carlos Valdés (Segunda parte)

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París, 10 junio de 2010.

Mi querida Ofelia,

el mar visto desde la orilla en aquel lugar desierto, no tenía nada que ver con una playa paradisíaca de esas que aparecen en las revistas,  no era más que mangles por todas partes. Pepe el capitán, que  era un tipo rubio de mediana estatura, con una buena constitución física, había trabajado para la flota de pesca en La Isabela desde jovencito, se conocía aquello como la palma de su mano. Él era la garantía de que no encallaríamos.

Al amanecer nos percatamos de que habíamos estado toda la noche navegando por la cayería al norte de La Isabela. Nos encontramos una estación de la flota de pesca. Pepe los conocía a todos, por lo que ellos nos ayudaron a rellenar los tanques de petróleo y nos dieron agua fresca. Seguimos rumbo al Norte, ya en la tarde nos encontramos al oeste en mar abierto, una isla llamada Cayo Verde.

El mar se puso  feo, era una marejada muy fuerte, con lluvia y viento. Entonces Pepe tomó la decisión de acercarnos a las costas de Cayo Verde.  Nos encontramos allí con  un náufrago. Ese señor había llegado a nado hasta la orilla, pues sus amigos se habían ahogado y él era el único sobreviviente. Le dimos comida y agua. Él decidió irse con nosotros. Este cayo no tiene ni un sólo árbol que dé sombra, por lo cual pusimos una sabana por encima de los matorrales y descansamos unas horas hasta que el mar mejorara.

El calor y los jejenes eran insoportables, ya en horas de la tarde cuando nos decidimos a seguir, vimos que la marea había bajado y estábamos prácticamente encallados. Entre todos tuvimos que empujar y lo pudimos poner a flote, nos subimos y  esa fue la última vez que vi las tierras de mi Cuba.

Un par de horas después comenzó el mal tiempo con gran marejada y aguacero, las olas golpeaban la lancha y nos caíamos unos sobre otros. Algunos gritaban, otros rezaban o clamaban por sus madres e hijos, casi todos vomitaban. Era una escena espantosa. Yo estaba aterrorizado ante la idea de que mi esposa e hija, que estaban amarradas,  cayeran al mar.

La madre de Pompi le gritaba a su hijo: ¡Pompi no dejes que  me ahogue, sálvame! ¡Dios mío protégenos!  Escuché un grito: ¡se cayeron dos!  Era mi hermano Luis  y René. Una gran ola  los había lanzado al mar.

René aguantado de la borda con una mano y una soga gritaba a mi  hermano: “¡agárrate co…, ayúdate co…, no te sueltes!” Luis agarró fuerte la soga  y con la ayuda de las olas pudo subir a bordo al igual que René. La tormenta seguía, la lluvia caía incesantemente y no se veía nada. El llanto de los niños era interminable. La madre de Pompi lloraba y rezaba. De madrugada la tempestad empezó a pasar y cuando amaneció todos estábamos mirándonos, contándonos. Gracias a Dios no faltaba nadie. Un rato después una balsa hecha con  dos cámaras pasó flotando cerca de nosotros, vimos en ella  zapatos de niños flotando y restos de comida. No había nadie. Es la imagen más desgarradora que he visto en toda mi vida. Hicimos silencio, no dijimos palabra alguna, tragamos las lágrimas y lo guardamos en la memoria.

Serían la 7 de la mañana cuando José dijo: “miren, es una gaviota, tiene que haber tierra cerca”. En efecto, unas tres horas después llegamos a Cayo Sal, que pertenece a Las Bahamas.
Un grupo de personas nos gritaba desde la orilla. Eran decenas de  balseros que como nosotros, habían salido desde La Isabela. Desde la orilla, nos fueron diciendo por dónde entrar para no golpear el barco contra los arrecifes.

El problema era  grave, pues en el cayo no había  agua potable. Nosotros compartimos inmediatamente el agua de nuestro bote con todos de una manera organizada, y guardamos un poco para los muchachos.

Algunos  salíamos con los pescadores en  los botes y con lo que lográbamos pescar comíamos.  Con unos calderos viejos abandonados y leña, pusimos a hervir los animales que encontramos dentro de los cobos, con agua de mar, pero aquello nos provocó diarreas.

Por la tarde con un machete, nos turnamos  para cortar ramas secas y quemarlas con el petróleo de las balsas. El fuego se podría ver desde lejos y con el humo aplacábamos los jejenes.  Eran tantos los insectos, que metíamos a los niños en el mar con el agua hasta el cuello y les tapábamos las cabezas con toallas. La  piel de mi hija Jessica parecía un guayo.

Al tercer día apareció en horas de la tarde un helicóptero  del ejército de los EE.UU., con guardias de Las Bahamas. Los americanos  llevaban uniformes azules y cascos blancos,  fueron  amables, cariñosos con los niños y se  preocupaban por nuestra situación. Los  bahamenses iban vestidos de militares con armas largas  y eran desagradables. Los americanos les dijeron  que éramos refugiados y que merecíamos cuidado y respeto. Nos dejaron más de 10 botellones de agua, escribieron los nombres de todos nosotros para darlos a las organizaciones del exilio en Miami y que las familias en Cuba supieran por la radio de onda corta que estábamos vivos. Nos dejaron una caja de comida por familia, y nos dijeron que un Guardacostas  nos recogería al día siguiente.

Al anochecer decidimos incendiar parte de la maleza para alertar algún barco  o avión que estuviera por el área, pero todo parecía infructuoso. Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando vimos en el horizonte un punto negro que se iba haciendo más grande. Después otro puntico se fue haciendo más visible, parecía un espejismo. De momento ya teníamos frente a nosotros una gran lancha de salvamento con dos motores.  Era un recluta de lo más simpático, pero no hablaba el español.

Nos dijo: “yo no hablo español, venimos a buscarlos.”

Todos apuntaron a Sury, ella era graduada de inglés en la universidad. Inmediatamente  se puso disposición de nuestro salvador. Él preguntó, cuántos éramos, si todos éramos cubanos. Cuántos enfermos había. Él riéndose dijo que sólo sabía decir en español : “dame una cerveza , amigo y hasta la vista.”

Llegó la otra lancha. Nos repartieron agua y Gatorade y nos pusieron chalecos salvavidas. El primer viaje para el buque madre fue solamente el de los niños y algunas mujeres. En menos de una hora ya estábamos todos en la cubierta de un barco de la armada americana. A cada niño le regalaron un muñeco de peluche y un juguete. Nos estaban esperando con unas peras de goma muy grandes llenas de agua potable y jabón líquido para que nos bañáramos.  Después, nos dieron comida caliente,  Gatorade y  leche fría en cajitas. Distribuyeron a cada uno una manta, para taparnos y pulóveres blancos.
Ya de noche  el capitán mandó a buscar a Surina a su despacho. Yo aproveché y fui con ella. Era un hombre robusto, con una expresión amistosa en su rostro. Nos dio la bienvenida. Nos dijo: “bienvenidos a bordo, yo soy el capitán de esta nave”. Después dirigiéndose a mi esposa exclamó: “uno de mis oficiales me ha informado que usted, domina bien el inglés, deseo que usted me acompañe a  la baranda  que da cubierta para que traduzca a su gente mis palabras.”
Fue conmovedor ver a todos aquellos cubanos, llorando y  dando gritos de felicidad cuando el capitán pronunció aquellas palabras  que jamás olvidaré.
-“¡Pueden estar tranquilos pues sus vidas cambiarán para siempre, no tengan miedo, desde hoy estarán protegidos por la bandera americana. A sus hijos nunca la Libertad. Desde hoy ya no tendrán más a Castro ni al comunismo sobre sus espaldas.  Welcome to America and God bless America!”
Los hombres y mujeres se abrazaron, todos  gritábamos de alegría, era una realidad, éramos Libres.

Al llegar a la base de Guantánamo nos esperaban unos ómnibus escolares. Nos entregaron: un cubo plástico con champú, cepillo, pasta dental, una sábana, una toalla, jabón y una ración de comida sellada con plástico.  Nos esperaban unas tiendas de campaña para 20 personas, con sus  catres ya armados a ambos lados. Por la parte militar americana el trato fue excelente.

Algunos cubanos  dieron  la nota,  querían armar disturbios a los americanos que les daban protección. Eran esos  delincuentes formados por la llamada revolución, que querían mezclarse con los cubanos honestos y trabajadores. Los militares enseguida  separaron  a toda aquella chusma infiltrada por los comunistas para desacreditar a los cubanos dignos.

Al día siguiente todos teníamos un brazalete electrónico con nuestra foto, y  los datos personales. A los niños  se los ponían en los pies.

En pocos días AT&T, instaló teléfonos públicos que funcionaban con cobro revertido en Miami. En cada campamento, los militares construyeron baños y lavaderos. También crearon un lugar para dar leche fresca a los niños y ancianos 24 horas al día, desayuno, almuerzo  y comida, almohadillas sanitarias, y pañales para  niños y ancianos. Los primeros días nos repartían dos cigarros por persona en la comida, después 1 cajetilla diaria, correo, el periódico  oficial de la base en  español y más adelante una edición de las noticias de los campamentos, historia de la base, etc. Los campos  McKala y, Mike, contaban, con una carpa para pintores con todos los materiales necesarios. La atención en el hospital era muy buena, estaba instalado en una tienda de campaña.

Las carpas como las llamábamos, eran un “horno” de día, y un “congelador “de noche, no tenían luz eléctrica. Pero el cubano como siempre, transformó todo aquello muy  rápido, con sábanas dividían las carpas por dentro en cuartos, con dos catres juntos hacían camas matrimoniales, con las cajas de cartón construían las gavetas de las cómodas. Recuerdo que en Christmas no quedó guirnalda  en pie, pues con los bombillitos los cables eléctricos y  baterías de radio, fabricamos linternas para leer. Con las bolsas de basura hicimos verdaderas saunas  para ejercicios.  El aseo personal nunca faltó, ni tampoco la comida.

Los domingos iba el capellán a dar la misa a los católicos. A los protestantes les dieron una carpa hasta con panderetas para alabar al Señor. Por otra parte, los militares  habían puesto un paracaídas abierto, con luz y mesas  para dominó y aquello de noche se convertía en  “Las Vegas”. Las fichas eran las tapitas de los pomitos de tabasco, y el dinero los cigarros. Con las paletas de madera se hacían sillones, sillas de playa; con los catres se hicieron gradas para el cine; con las carpas rotas se hacían verdaderas ampliaciones a los llamados cuartos.

Tuvimos pavo en Thanksgiving y en Navidad un Santa Claus montado en un camión y le  tomaron una foto polaroid a cada niño para que tuviera su recuerdo de su estancia en la Base de Guantánamo y además, un juguete de regalo.
Finalmente un buen día llegaron a mi carpa con “la famosa lista,” donde aparecíamos con los permisos para viajar por America Airlines hacia Miami. La capital de los cubanos Libres, donde nunca nos ha faltado ni  Libertad, ni paz, donde hemos  podido soñar, y trabajar honradamente y hemos podido vivir decentemente.

Cada mañana, al levantarme  desde que llegué, le doy gracias a Dios en el cielo y a los EE. UU. en la tierra, por ser tan generosos y  altruistas.

A los populistas mediocres que viven  envidiando a  este gran país y no se miran a ellos mismos como roban y engañan  a sus pueblos,  justificando sus fracasos con el  odio y el  rencor sin medidas contra los EE.UU. les digo: God Bless America! Carlos A. Valdés.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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