El desencanto de Cecilia Borge Betancourt



Cecilia Borge Betancourt. Londres 1961.

El desencanto de Cecilia Borge Betancourt
París, 28 de julio de 2010.
Querida Ofelia,
Cecilia es una gran dama cubana: culta, refinada, calurosa, simpática, siempre dispuesta a ayudar a los cubanos disidentes que han llegado a París o Londres. Es una señora cuya formación data de antes de la creación del  homo novus cubensis. Cuando hablo con ella me parece estar haciéndolo con mi querida tía Tanita, ambas son  símbolo de distinción cubana. Le pedí su testimonio y hoy lo recibí. Te ruego que lo hagas circular entre los amigos y familiares de nuestra querida y lejana físicamente San Cristóbal de La Habana.

Cecilia-“Mi nombre de soltera es Cecilia Borge y Betancourt. Lo sigo utilizando cuando me es posible. Vivía en la Avenida Paseo, cerca de Calzada, en el barrio de El Vedado. Pertenecíamos a la llamada clase media cubana.
En 1957,  en la fiesta de  cumpleaños de mi gran amiga María del Carmen, me presentaron a un invitado excepcional. Era un joven y apuesto ingeniero inglés que hablaba muy bien el español. Casi enseguida  me pidió que lo acompañara a conocer La Habana, pues no tenía quien lo guiase. Acepté de inmediato, paseamos por toda la ciudad y… nos enamoramos.
Como ingeniero del petróleo tenía un contrato de trabajo en Venezuela, desde donde reclamaban urgentemente su presencia. Nos despedimos en el Aeropuerto José Martí y pensé que aquel adiós sería definitivo. Sin embargo Robert me escribía dos veces por semana y me llamaba por teléfono cada noche,  al punto de indisponer a mis padres.
Tres meses después aprovechó un fin de semana para regresar a La Habana y con la ayuda de un notario nos casamos rapidísimo, pero tuvimos que viajar por separado hacia Venezuela, porque yo no tenía pasaporte y tuve que esperar a que me lo hicieran. Cuando al fin llegué a Caracas, nos instalamos en una bella residencia. Tuvimos el placer de conocer a un grupo de refugiados cubanos que habían huido de la dictadura de Fulgencio Batista.
En la capital venezolana conocí a un señor de origen checo que tenía una librería donde también se podía comprar la prensa internacional. Un día conversamos sobre la Revolución que se preparaba en Cuba y, con su gran experiencia de judío escapado de las persecuciones nazis me dijo: ‘ese Fidel que está en las montañas cubanas es un pequeño Hitler.’ Yo, joven estúpida, digamos inexperimentada, me enfurecí contra aquel hombre, mientras él sonreía al escuchar mis argumentos.

También conocimos a un hombre de negocios griego, amigo de Onassis, el cual nos advirtió: ‘ese Castro es comunista.’ Fue otro que me inspiró una especie de odio ciego por considerarlo como calumniador.
En Caracas ayudábamos económicamente al grupo de refugiados, pues sólo uno de ellos había conseguido trabajo y pocos recibían ayuda de sus familiares desde Cuba.

Al fin, el 1° de enero de 1959 Batista huyó a la República Dominicana y los barbudos bajaron de las montañas. Celebramos el triunfo de la Revolución con gran alegría en compañía de nuestros compatriotas y amigos venezolanos.

A mediados de enero fuimos a Cuba en compañía de algunos compatriotas. Ellos regresaban definitivamente, o así lo creían. Mientras que nosotros íbamos a celebrar el Triunfo de la Revolución, pero debíamos regresar pronto  a Caracas.

En La Habana nos hospedamos en el Hotel Hilton, el cual estaba lleno de jóvenes barbudos. La mayoría eran iletrados y sólo hablaban de armas de fuego. Una noche hubo un tiroteo en una habitación de nuestro piso. Nunca supimos lo que ocurrió. ¿Se le disparó una ametralladora a alguien o  se cometió un asesinato? Decidimos irnos al Hotel Nacional, que era mucho más tranquilo y todavía era frecuentado por turistas extranjeros.
Casi todos nuestros amigos y familiares estaban contentos con el triunfo revolucionario y la caída de la dictadura batistiana. Sin embargo a mi padre le inquietaba la verborrea de Castro. Le dije: ‘papá es normal que hable mucho, eso se debe al entusiasmo y a la exaltación que le procura la victoria revolucionaria.’
Clemencia, la madre de mi amiga María del Carmen era profesora de inglés en una importante institución habanera. Además era una mujer muy inteligente: Ella me dijo: ‘nuestro porvenir es un enigma inquietante.’ Nunca he podido olvidar esa frase.
También un amigo que había luchado en el Segundo Frene del Escambray me confió textualmente: ‘alégrate de vivir fuera de Cuba porque las cosas no se presentan como esperábamos. Creo que la democracia ha sido una ilusión.’
Sin embargo, no todo el mundo era pesimista como mi padre y mis dos amigos. En La Habana tuvimos un buen contacto con Raúl Roa, con el economista Regino Boti y con otros personajes importantes que habíamos conocido en América del Sur y que habían sido nombrados ministros por Fidel Castro, aunque durarían poco tiempo en sus puestos.
Sólo un año después, ya decepcionados por el camino que tomaba la Revolución, regresamos a La Habana para visitar a mi familia. Nos enfrentamos a la terrible realidad: a Clemencia le habían quitado el puesto de profesora con la justificación de que en Cuba no se necesitaba el inglés. La habían ubicado como maestra de escuela primaria; donde tenía que enseñar un alfabeto que comenzaba por “F” de Fidel y “R” de Revolución.
A nuestros amigos de la familia González les quitaron su bella  casa propia, por encontrarse en una nueva ‘zona militar’. Los instalaron en una cuartería en Centro Habana. Miguel González se suicidó. A nuestro amigo Tulio lo condenaron a varios años de cárcel por haber comprado dólares.  Habían fusilado a  Alberto, era joven íntegro que había luchado en el Escambray.
Salimos de Cuba hacia Londres sin ánimos y durante medo siglo sólo hemos recibido malas noticias de la Isla del Dr. Castro: fusilamientos, cárceles llenas de inocentes, un pueblo hambriento, etc.
Mi país está en manos de dos individuos que se han hecho  llamar presidentes sin haber sido jamás elegidos: un demente con ínfulas de emperador que sólo sueña con una nueva Guerra Mundial y un alcohólico que lo sigue como perro faldero.”
Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,
Félix José Hernández.

Las Memorias de Maydee González Gavilán

La Habana, 1975. Maydee González Gavilán.


París, 18 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia,

bella, simpática, generosa, luminosa, cubana al 100%, militante por la defensa de los Derechos Humanos , buena madre, excelente amiga, esa es Maydee. Todos la apreciamos y la queremos. En estos años de exilio se ha sabido ganarse el corazón de todos los que la han conocido. Te envío sus Memorias, pero si deseas saber más sobre ella puedes conectarte a estas direcciones de la internet:

http://www.facebook.com/photo.php?pid=289967&id=137757346248056#!/pages/Maydee-Gonzalez-Gavilan-Art/137757346248056?v=wall

http://monsite.wanadoo.fr/maydeeglezgavilan

Maydee- “decidí realmente irme de Cuba en mayo del 1986, después del Día de las Madres.

Desde que tengo uso de razón que comencé a entender cosas… percibí que algo raro pasaba… Nací en el 1959, soy una hija de la Revolución, viví desde pequeña los cambios que se producían en aquella época, las ilusiones y desilusiones de la gente, y claro la de mi familia en particular.

Vengo de una familia de clase media, pequeño burguesa, pero eso era una deshonra, según el Comandante en Jefe. Mis padres eran artistas plásticos. Mi madre Margie Gavilán Monzón, era pintora y caricaturista, mientras que mi padre Jesús González de Armas, era pintor, caricaturista, grafista y realizador de dibujos animados. Ella tuvo los medios, para estudiar en  la Academia de Bellas Artes San Alejandro, pero él aunque de procedencia más humilde, también pudo lograrlo y con gran interés pudo viajar fuera de Cuba para informarse y evolucionar en su carrera artística. Los dos hicieron exposiciones y un libro de caricaturas titulado Dibújese una sonrisa. Después del triunfo  de  la Revolución, fue fundador del departamento de dibujos animados del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica). Fue  premiado y tuvo éxito como artista, pero no lo suficiente por no estar integrado al proceso revolucionario, al no ser militante del único partido, el PCC, (Partido Comunista de Cuba). No es suficiente el talento, ni el trabajo que puedas hacer, En Cuba estás condenado a estar de acuerdo con el sistema, participar en las actividades revolucionarias y esto comprende para un artista el militar en sus filas.

Mi abuelo, que era masón por tradición familiar, de padres a hijos (la Logia Masónica, era una institución considerada marginal por el régimen ), fue muy entregado a ella. Fue buen padre de familia, secretario, tesorero, un hombre honrado y trabajador, que construyó tanto su casa, como su logia. La misma lleva hoy el nombre de mi bisabuelo Adolfo E. Gavilán, en Cojímar, lugar donde se establecieron. A él no le gustó el cambio de los barbudos y se quiso ir del país desde el principio, a Costa Rica o a los Estados Unidos, pero no quería perder lo que con tanto trabajo había logrado. Sabía y había comprendido lo que iba a pasar, pues tenía como decimos allí   la vista larga. Como no quería separarse de la familia, es decir de mi madre, su única hija y de sus nietos, ya que ella no quería en aquel momento partir (lo cual  lamentó hasta el final de sus días), nunca lo hizo.

Mi madre en aquella época estaba envuelta en esa atmósfera enajenante del cambio del gobierno, al irse Batista y llegar Fidel con su barba y sus enérgicas ideas de cambios sociales buenos para el pueblo. Ella estaba emocionada, motivada, al ser fundadora de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), de la FMC, (Federación de Mujeres Cubanas), hacer guardias con arma y uniforme de miliciana, era una madre joven, una mujer inteligente, preparada y liberada que conducía su automóvil para ir a alfabetizar al campo y en la ciudad, participaba en todas aquellas actividades que eran tan nuevas y esperanzadoras. Ella estaba contagiada por el ambiente de aquella época, de emancipación social, búsqueda de nuevos valores, cambios, construcción y optimismo popular.

En aquel momento mí madre y mi abuelo estaban en contradicción, por la cual, él aceptó quedarse en Cuba contra su voluntad. Como ella no quiso partir, todos nos quedamos allá. Se lo reproché siempre, pero ya era demasiado tarde, él se quedó y siempre fue infeliz y se sentía frustrado a causa de esa mala decisión que lo hizo vivir en un país donde lo perdió todo. Nunca se integró a ninguna organización revolucionaria, trabajó hasta que tuvo su retiro y en Cojímar hacía sus compras en la bodega (tienda de ultramarinos) todos los días, iba con su jabita (bolsita) a ver qué podía comprar para comer, seguía sus reuniones en la Logia Masónica; lo que  le permitía sobrevivir, estoicamente sin quejarse. Recuerdo que una vez llegó con un chiste, nos dijo : ‘el Comandante en Jefe dijo en el Granma, que las gallinas de Ciego de Ávila se han comprometido a poner más huevos con la misma cantidad de pienso.’ Los cubanos nos reímos en nuestras desgracias, esa es una cualidad que tenemos.

Recuerdo cuando muy contenta me hice pionera, hicimos una fogata en un campamento, para la iniciación. Estaba muy orgullosa de ser como el Ché. En esa organización hacíamos actividades, íbamos a recoger bolsitas de café, hacíamos trabajos voluntarios en una fábrica de zapatos plásticos, todo eso me divertía mucho. Me alegraba la sensación de ser útil y colaborar con un sistema que era bueno para todos, lo veía así, nos adoctrinaban, nos lavaban el cerebro y además no conocíamos otra cosa, no teníamos ninguna información de lo que pasaba en otros países. Recuerdo que mi abuelo se reía de mí, pues yo defendía aquello con fervor, con la inocencia y la pureza infantil.

Así nos pasó a tantos niños, tantos jóvenes y a tanta gente, que como yo fuimos engañados, a todo un pueblo que creyó en ese proceso, tanta gente que trabajó, dio sus horas, esfuerzos, sentimientos, años de juventud para esa mentira, y luego tener que irse y renunciar a poder vivir en el país donde nacimos.

De todas formas considero que tuve una infancia feliz. Con mis cuatro hermanos la pasábamos muy bien, a pesar de toda la penuria material. Los apagones nos rompieron el refrigerador y no pudimos comprar otro, pues ya no había en las tiendas. Teníamos que llevar la carne que era bien poca a casa de mis abuelos, ya que todavía conservaban su Westinghouse, que por suerte duró más que el nuestro. Tuvimos que mudarnos cerca de ellos desde el Vedado, lugar donde nacimos y vivíamos. Luego permutamos para el reparto Chivás y finalmente para Cojímar, con una cuádruple permuta. En las guaguas (autobuses) el ambiente era infernal. Recuerdo que mi madre tuvo que dejar su trabajo  porque jamás pudo tener derecho al semi internado para nosotros y al no poder almorzar en la escuela, teníamos que ir a casa al mediodía y, esto era un chiste, pues no había mucho a echarle el diente. Tengo un recuerdo horrible de mi hermana menor y yo fajadas por unos pedazos de tomates de una ensalada. Por suerte teníamos patio, con matas de aguacates, ciruelas, anones, guayabas, gracias a eso y a lo que comprábamos  por la libreta  de racionamiento, pudimos alimentarnos, claro con todas las carencias de calcio, de proteínas y de vitaminas que necesitábamos. Es triste que se pueda decir que aquello fue una infancia feliz, al estilo de ‘el hombre nuevo, con  el que soñó el Ché’.

Mis padres se divorciaron como tantos otros de aquella época, pues la familia (como decía el Comandante), era un ‘rezago pequeño burgués.’ Mi padrastro se iba a cortar caña, hizo varías zafras y mi madre se quedaba con nosotros. Recuerdo que los hombres estaban muy contentos al hacerlo, era una fiebre colectiva. Cuando cortaron la caña quemada, otro invento del Comandante para el rendimiento del azúcar, era insoportable la peste que tenía esa ropa que traían los macheteros.

Nos quitaron las Navidades pues los hombres no podían hacer una pausa para ver a sus familias, tenían que terminar la zafra sin parar y no podían festejar las Navidades con sus hijos y familiares hasta que no terminaran. Entonces cambiaron las fechas de las fiestas, el Día de Reyes para el 26 de Julio, fiesta nacional, conmemoración al ataque de los Castro al Cuartel Moncada. La gente creía en aquello, en lo que hacían, aunque para eso tuvieran que sacrificar valores como la familia y las tradiciones, no importaba nada, lo más importante era la Revolución de ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!’

Hubo un año en que para comprar los juguetes había que llamar por teléfono para coger un turno en una tienda. Te podía tocar cualquier día y en cualquier parte de tu municipio. Eso era absurdo, nosotros que no teníamos teléfono, teníamos que ir a casa de una tía a llamar y mi madre casi pierde el dedo al discar durante horas llamando a las tiendas, finalmente nos tocó para el cuarto día en el reparto Aldabó, muy lejos de donde vivíamos. No quedaba casi nada, los que ‘se salvaban’ eran los que cogían para el primer día, que podían comprar la famosa bicicleta. Nos tocaba un juguete básico y dos adicionales, recuerdo los juegos de yaquis, pues esos eran los que más quedaban para los últimos días. Esa fue la infancia que me dio el Coma-Andante.

En mi primera Escuela al Campo, cuando ya estaba en la Secundaria Básica, ‘sentí gran  alegría’ al levantarme a las cinco de la mañana, tomar el desayuno, que era una especie de agua sucia, ir a las letrinas, un hueco en la tierra con una cortina de saco de yuta, al esperar el camión o el tractor para ir a los campos, cantando canciones y entonando guaguancós, ‘una vieja y un viejito montando cachumbambé, la viejita le decía mira lo que se te ve.’ Los trabajos eran desyerbar, recoger toronjas, café, rábanos, papas, tomates, piñas, coser tabaco. Aprendí mucho, pero sobre todo comencé a pensar que si en mi país había de todo… ¿por qué no podíamos tenerlo nosotros? ¿Por qué en la bodega no lo podíamos comprar? Con esa tierra tan fértil y ese clima tan benévolo para la agricultura.

Me tiraba sobre la tierra colorá a mirar el cielo y recibía una sensación de paz íntegra, sintiendo el calorcito del sol, esto era cuando ya habíamos terminado la jornada de trabajo intenso y antes de regresar al campamento a hacer la cola para bañarnos. Eran unas duchas bien rústicas, con unas cortinas que tenías que inventar para que no te rescabucharan y, con agua fría por supuesto para quitarnos el fango del cuerpo y después ponernos la ropa que nos habían dado para aquello: un par de tenis (zapatillas deportivas), un pantalón y una camisa, sin ropa interior: una sola muda para 45 días. Luego por supuesto la pasábamos bien, éramos jóvenes, nos reuníamos por la noche ya sea en el comedor a jugar cartas o a otra cosa, o en el campamento a hablar y claro con las hormonas a esa edad en plena actividad, estábamos buscando novios o novias, con toda esa promiscuidad había siempre parejas que se formaban en esas famosas Escuelas al Campo. Algo que recuerdo con alegría eran esas Escuelas al Campo con las escuelas de arte, cuando ya yo estaba en la Escuela de Artes Plásticas San Alejandro. Íbamos juntos  las escuelas de arte de La Habana Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, los Conservatorios de Música, por lo tanto habían grupos musicales de los alumnos. Lo pasábamos bien entre amigos con los mismos intereses y pasiones. Hoy en día muchos son pintores y músicos famosos, que están casi todos fuera de Cuba. Entonces todo era más simpático y el tiempo pasaba mejor, tengo muy buenos recuerdos de esa época a pesar del cansancio de ese trabajo y las condiciones duras materiales en esos barracones, durmiendo en aquellas horribles literas.

Así se ‘construía el socialismo’, así le resolvíamos al problema al Comandante. Hacíamos todos las labores agrícolas voluntariamente y al gobierno no le costaba nada. Esto no era tan voluntario, era obligatorio, pues para no ir, tenías que estar enfermo y presentar un certificado médico.

Nos maquillábamos las pestañas con betún de zapatos, nos hacíamos los jeans imitando los Levis, nos convertimos en tremendos artesanos construyendo y transformando a la perfección zapatos y ropas, claro porque lo que podíamos comprar por la libreta (un par de zapatos al año), eran muy feos, entonces lo transformábamos. Yo compraba unas alpargatas de lienzo blancas y las bordaba con estambre para que fueran más bonitas y originales. No podíamos escuchar a los Beatles,  la música rock, ni la pop, eso era considerado diversionismo ideológico. Nos escondíamos para oír las estaciones americanas de radio que entraban por  onda corta en los radios soviéticos.  ¡El colmo de lo absurdo!

Nuca fui militante de la UJC, (Unión de Jóvenes Comunistas), era considerada como apática, tampoco fui federada, no sé cómo pude escapar de éstas, debe de ser que Vilma Espín no era tan organizada, porque al CDR sí que tuve que pertenecer y tuve que hacer algunas guardias estúpidas cuidando el supermercado en la calle Los Pinos en Cojímar, con mi hermano Pepe. Ahora que pienso en eso veo que era totalmente irracional, si hubiera habido ladrones, hubiéramos tenido que correr, pues sin arma ni teléfono no hubiéramos podido hacer nada útil.  Nada estaba organizado verdaderamente, sólo tenías que ‘cumplir con tu deber’, hacer ver que hacías, para no llamar la atención, para que no te echaran el ojo encima, para que te dejaran tranquilo y poder escapar en ese sistema donde todo es falso, todo es mentira, no estás cuidando ningún mercado. Si vienen a hacer un sabotaje no vas a poder defenderte, ni hacer escapar  a los delincuentes o contrarrevolucionarios si no estás en condiciones de hacerlo. ¡El poder del pueblo ése sí es poder!

Me hice pintora en la Academia de San Alejandro, tuve mi diploma en el 1979. Participé  en una exposición colectiva  de los alumnos de mi graduación en una galería de la Facultad de Letras de la Universidad de la Habana, con éxito. Fue una gran época de mi juventud que recuerdo con gran nostalgia. Éramos estudiantes de arte con ganas de expresarnos con Libertad pero que no lo podíamos hacer, algunos no tenían ni conciencia de eso. Pasaron muchas cosas que produjeron en mí una toma de conciencia, ver como echaron de la escuela a un alumno por decir en un congreso de la FEEM (Federación Estudiantil de Enseñanza Media), que Marx y Engels podían llevar el pelo largo y nosotros no, cuando en Estados Unidos los jóvenes manifestaban contra la guerra de Viet-Nam y en París ya había ocurrido un Mayo 68, con manifestaciones en las calles, los jóvenes representantes de los movimientos de izquierda tenían el pelo largo. También hubo otros problemas ideológicos con un alumno que por no cantar el Himno Nacional  fue llevado a comisión disciplinaria. No teníamos información de lo que pasaba en el mundo artísticamente, estábamos condenados a la censura, no teníamos referencias del mundo exterior y ya en ese momento comenzábamos a interesarnos por éso y a cuestionarnos sobre que algo raro pasaba.

Para mi fue revelador todo aquello, no poder pintar lo que querías, el  Realismo Socialista, era lo que había que hacer. Si no, estabas al margen. Una vez pintamos en la pared de mi casa unos personajes raros, eran unas caricaturas y la policía vino y nos dio un ultimátum para que lo quitáramos, pues no entendían lo que habíamos pintado, por tanto lo calificaban como desviación ideológica y lo tuvimos que quitar. Había que comprometerse con el sistema para poder triunfar, pintar y hacer lo que ellos querían, lo que te imponían, no podíamos crear. ‘Ser cultos para ser libres.’

Trabajé a pesar de mi poca integración revolucionaria en el ICRT, (Instituto Cubano de Radio y Televisión), como pintora escenógrafa. Me hicieron una verificación política para poder llegar a este puesto de trabajo. En esa época no podían calificarme de gusana, me gustaba mucho, aprendí mas, continué el aprendizaje, fue impresionante hacer enormes forillos de pié en alto con un cabo en el pincel, fue lindo. Ocurrió lo de la embajada del Perú y el éxodo del Mariel. La situación se complicaba, me criticaban y censuraban por ponerme jeans, escuchar música americana, tener una actitud algo disidente y liberal, tener amigos homosexuales, hasta que me fui de allí. Vi mítines de repudio que repudié, esa falta de respeto y de humanidad hacia mis compatriotas me indignaba. Reinaba  la delación, el miedo, la doble moral, el estado de vigilancia que genera la paranoia entre las familias, amigos, vecinos y colegas de trabajo. ‘En cada cuadra un comité en cada barrio Revolución.’

Luego trabajé como profesora instructora de Artes Plásticas. En este lugar pude ver la falsedad y mentiras a ese nivel, elaboraciones de metas que en realidad no se cumplían, cosas que no hacían, (los globos que se inflan, como decimos allá), porque no hay ni materiales, ni recursos, ni entusiasmo para hacerlo, todo es  falsedad, demagogia, y mentiras. ‘La mejor manera de decir es hacer.’

Pinté mucho en esa época y participé en algunas exposiciones colectivas, de profesores de arte.

Con todas estas vivencias ya tenía bastante en mi ‘disco duro’ como para darme cuenta que aquello no servía, aunque no conocía otra cosa, solamente los recuerdos y vivencias de mi familia, de mi abuela que había estudiado inglés en New York  y se convirtió en profesora Ella me contaba sus experiencias en esa gran ciudad adonde fue sola en los años cuarenta, sus viajes con mi abuelo a México en barco, el viaje de mi padre a Estados Unidos cuando fue a aprender dibujos animados, a la UPA y a Hollywood, viaje que pagó con sus ahorros, los viajes de mi madre a Estados Unidos y a México de vacaciones, las cosas que vieron, todo eso trotaba en mi cabeza. Mis amigos hablaban de irse y se iban. La Libertad es un derecho de todos y para todos.

Ya tenía una hija, fui madre muy joven, al salir de la escuela, entonces tenía que luchar día a día para conseguir que darle de comer a mi hija, educarla y hacerla lo más feliz, honesta y sincera posible, en ese sistema de hipocresía y censuras. Pues su padre no estaba conmigo, estaba en la prisión política. De esto no hablaba, tenía mucho miedo, no sabían nada de mi vida en mi trabajo, ni en ninguna parte, era un tema tabú, oculto, para no tener problemas con la policía, la Seguridad del Estado y podía quedarme sin trabajo, cosa que no podía permitirme, porque aunque no era bien poco el salario, no servía de nada. El mercado negro comenzaba y era todo muy caro, pudimos sobrevivir mi hija y yo gracias a la ayuda  de mi familia, de esos abuelos tan buenos y de mi madre tan maravillosa que nunca olvidaré.

Ese domingo de mayo, Día de las Madres del 1986, comenzamos a organizar la salida de Cuba, pues fue el día que le dieron la Libertad al padre de mis hijas, que estaba condenado a veinte años de prisión política. Fue amnistiado con un grupo de 26 prisioneros de conciencia, (con la condición de partir del país), esto pudo ser gracias a una intervención humanitaria del oceanógrafo Jacques Cousteau, durante el gobierno socialista de François Miterrand. Cousteau  llevaba una lista de Amnistía Internacional y se entrevistó con el Líder Máximo, para pedir la liberación de los prisioneros políticos, a cambio de la limpieza del litoral habanero.

No nos hicieron mitin de repudio, pero si, tuve que ir a pedir la baja definitiva de mi centro de trabajo por salida definitiva del país y la de mi hija de su escuela. Tuvimos que hacer muchas gestiones en las oficinas de emigración, chequeos médicos, colas interminables, esperas, papeleos, pedir la baja de la libreta de racionamientos de la Oficoda, hacer los pasaportes, gestionar la parte económica de pagar billetes de avión en dólares de ida y vuelta (jamás he utilizado la vuelta y no me han reembolsado), pidiendo prestado el dinero a amistades que estaban fuera del país y que había que llamar por teléfono en un locutorio en Centro Habana de madrugada. En fin pasamos por muchas cosas denigrantes y desagradables, que he preferido olvidar. Lo que más he retenido en mi memoria es el proceso que duró meses, al irme despidiendo de mi familia, amigos, vecinos, colegas, conocidos, recuerdos, árboles, calles, casas, el mar, en fin de todo lo que había sido mi universo hasta ese momento, que con mucho dolor pero con serenidad y firmeza decidí abandonar.

Y así fue como unos meses después partimos rumbo a Francia, ya hace más de veintitrés años. París me cautivó, es mí ciudad, si hubiera podido escoger, hubiera nacido aquí, pero así es aún mejor, pues no es un proceso natural. He escogido vivir aquí. Siempre que regreso de un viaje la aprecio más. Aquí he desarrollado mi vida profesional, gracias a la Libertad que tengo y que disfruto tanto. El principio fue duro, fue como aprender a caminar, a hablar, a moverse, a identificarse, a adaptarse, a buscar trabajo, a convivir y comunicar para salir adelante económicamente, para instalarse. Pero en lo demás no había problemas, gracias a que esa Libertad tan deseada ya la tenía. Todas las demás cosas se lograban más fácil. La familia aumentó, las cosas mejoraron y los deseos y los sueños se fueron construyendo. Más tarde ayudé a salir a mi padre y a mis hermanos. Mi madre murió en Cuba, al igual que mis abuelos que nunca más pude verlos.

París, 2010. Maydee González Gavilán.

Ahora estoy en la madurez de mi vida, realizada, tanto personal, como profesionalmente. Tengo mis hijas grandes, han hecho sus carreras, viven en un mundo Libre y lo aprovechan plenamente. Soy ya abuela. Viajo, para conocer, experimentar y ver lo que pasa en otros países. Ayudo en cuanto puedo por la Libertad de mi país, manifestando e informando sobre lo que pasa allá. He participado en un gran número de exposiciones, tanto colectivas como personales, aquí en Francia y en diferentes países de Europa y en Estados Unidos. Cada una es una nueva aventura, que me procura una gran satisfacción, Es importante para mí poder comunicar a través de mi trabajo artístico, expresar mis ideas, plasmar lo que tengo dentro, desarrollarlo sin censuras. ¡Esa es la Libertad! La creación es una bendición, cuando pinto me evado y me siento un ser privilegiado y así… he llenado mi vida de colores.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Gilda de Armas encontró la Libertad en París

París 2009. Gilda González de Armas.


París, 16 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia,

sigo enviándote la serie de testimonios de amigos que han logrado ser Libres, al escapar del régimen cubano de diferentes maneras. El de hoy es el de una culta dama, cuya pérdida para nuestra Patria es irreparable.

¿Cuánta materia gris y savoir faire, ha perdido nuestra Cuba en este medio siglo? No sé si algún día se podrá saber. Pero al mismo tiempo, personas como Gilda han hecho brillar en esta Vieja Europa el nombre de nuestra tierra natal.

Conocí a Gilda junto a su brillante esposo, el pintor Jesús de Armas, (te recomiendo visitar su sitio: http://www.jesusgonzalezdearmas.net/ ) en una exposición de sus obras en los salones de La Maison d’Amérique latine en el parisino Barrio Latino. Desde entonces una gran corriente de simpatía nos ha unido. Aquí te envío su testimonio.

Gilda:  “Aunque me llamo Gilda Alfonso-Martín Carrera, hoy soy conocida por muchos como Gilda González de Armas.

Yo tenía sólo 9 años al momento del triunfo de la  Revolución. Recuerdo que lo primero que me chocó del nuevo sistema fue la nacionalización de mi escuela, el Wesley College de Santiago de las Vegas.

Ese día por la mañana, unos interventores vestidos de verde oliva, invadieron los recintos del colegio y bajaron la bandera americana de su mástil, que ondeaba al lado de la cubana, en el patio de recreo, tirándola al suelo, pisoteándola y quemándola ante el asombro y los sollozos de los alumnos.

Mis padres decidieron quedarse en Cuba por problemas familiares, quizás influyeron algunos miedos. El asunto fue que nos quedamos en el país atrapados por más de treinta años.

Fue así, como de golpe me vi con una pañoleta en el cuello, asistiendo a actividades pioneriles y mis hermanas pasando escuelas de la EVIR.

Fui alfabetizadora popular con sólo once años, de dos miembros de una familia del Reparto Guadalupe, en Santiago de las Vegas, que luego se marcharon del país durante el éxodo por el puerto de Camarioca.

Después de ese largo período de recesión escolar, a causa de la Campaña de Alfabetización, recomencé mis estudios en la Secundaria Básica de Santiago de las Vegas, donde uno de los profesores pidió a todos los alumnos que escribiésemos sobre nuestros orígenes familiares.

Sólo hablé de mi abuelo materno, el Conde de Martín-Carrera y su fábrica de cajas de tabaco. Él se había casado con una bisnieta del último cacique inca que luchó contra la corona española en Perú.

Hablé de mi abuelo paterno, ebanista, judío converso, que había integrado el Comité Revolucionario de New York durante la Guerra de Independencia de Cuba. También hablé de la familia de mi abuela, dueña de la fábrica de tabacos de exportación José L. Piedra y, por supuesto de mi padre, contador público del Banco Boston.

Una semana después, los profesores me exigieron que expresase mi vergüenza por pertenecer a una familia burguesa y que tenía que renegarles públicamente ante toda la escuela.

Frente a todo el alumnado primero, con la cabeza baja, en la mano un micrófono, después mirándoles a los ojos a todos y bien erguida, grité mi inmenso honor por pertenecer a mi familia. Me consignaron a la dirección de inmediato y la actividad política continuó con otros alumnos.

Allí esperé hasta que un profesor, militante del partido comunista me amenazó diciéndome que: ‘yo era una simple tuerca de una enorme rueda dentada y que si me salía un ápice, iba a ser aplastada como una vil cucaracha.’

Fue en ese momento en el que comencé a dudar de todo lo que decían sobre la triunfante Revolución. Por supuesto, tuve que cambiar de escuela. Matriculé en la Secundaria Básica de Rancho Boyeros.

Un año más tarde, un nuevo y excelente profesor de matemáticas irrumpió en mi aula. Muy rápido el alumnado supo que el profesor Camaraza había estado preso por problemas de disidencia.

Un semestre más tarde, el profesor fue expulsado por ser considerado como una mala influencia ideológica. El alumnado había aprendido a conocerle y a quererle.

Fue así como, junto a un grupo de alumnos, organicé una huelga de protesta por la expulsión de nuestro profesor Camaraza. Y salimos a la calle más de trescientos estudiantes con carteles improvisados y exigiendo que nuestro profesor  fuese reintegrado a sus funciones.

La policía de Rancho Boyeros nos dispersó rápidamente y salimos corriendo. No obstante, un pequeño grupo de manifestantes irrumpimos en la casa del profesor, para expresarle nuestro desacuerdo y nuestra solidaridad.

Camaraza nos agradeció infinitamente nuestro gesto y nos recomendó que partiéramos inmediatamente a nuestras casas, para evitar señalarnos ante las autoridades.

A partir de ese instante, vivir en mi país se convirtió en una tragedia que  tuve que transformar en tragicomedia.

A medida que profundizaba mis conocimientos de filosofía en la Universidad de La Habana, mis criterios eran más divergentes de los del sistema imperante.

Trabajé como politóloga de países de Asia en Prensa Latina de 1970 a 1973, pero me vi obligada a dimitir por divergencias políticas con el D.O.R. (Departamento de Orientación Revolucionaria) del P.C., quienes dictaban la línea editorial de todo lo que se publicaba en Cuba.

Nicolás Guillén me expulsó en 1976 de la UNEAC (Unión nacional de escritores y artistas de Cuba) por el mismo motivo.

Transformé el folleto de Normalización y tipificación de la construcción, en revista trimestral, pero también tuve que dimitir de mis funciones cuatro años más tarde.

Comencé a trabajar como escritora freelance en Radio Ciudad de la Habana, de donde tuve que partir por problemas ideológicos, después de diez años de labor.

Colaboré como crítico de arte para la Revista Opina, hasta unos meses antes de abandonar mi país natal y casi toda mi familia.

¿Los motivos? Tenía muchos para querer irme de Cuba. Fui detenida, amenazada e interrogada numerosas veces durante años por la Seguridad del Estado.

En 1985 descubrí la obra del que sería mi esposo, Jesús González de Armas, en un Salón de la UNEAC Él había presentado a todas las manifestaciones de las artes plásticas: caricaturas, historietas, dibujos, pinturas, etc.

Me llamó la atención que su obra estaba colgada en los lugares más desfavorecidos e impensables del Palacio de Bellas Artes, detrás de una puerta plegada, oculta por una planta ornamental, en una esquina a la que el público generalmente no llegaba.

Atrapada por la fuerza de la obra, y por el rechazo estatal evidente hacia este artista, me dediqué a buscarle. Le declaré mi amor y mi admiración. Unimos nuestras fuerzas y nuestras vidas para lograr evadirnos de la Isla del Dr. Castro.

Fue así como supe que Jesús había dimitido del Departamento de dibujos animados y de carteles del ICAIC, de los cuales fue el creador, director general y artístico. En 1965  mi esposo decidió no trabajar nunca más para el gobierno cubano.

La mayoría de sus dibujos animados, todos experimentales, fueron prohibidos, entre ellos:  Pantomima amor uno, La jutía loca y  El Cow boy , los cuales nunca fueron mostrados al público.

Durante muy poco tiempo trabajó pintando cuadros para decorar hoteles, restaurantes y posadas para el INIT.

Cuando le conocí, enviaba sus obras a los Salones de la UNEAC para ganar al menos un premio. Ese fue el motivo por el cual participó en todas las manifestaciones. Con el premio podía vivir un año entero, comiendo espaguetis hervidos con sal. Decidió irse a vivir con los descendientes de taínos a la Caridad de los Indios en la provincia de Oriente.

Creó el Movimiento de Indoamérica (corriente artística que formó a artistas como José Bedia, Maydée González Gavilán (hija de Jesús), alumnos de la ENA en aquella época), reagrupando  a más de ochenta intelectuales, pintores, escultores, arquitectos y antropólogos.

La dirección del Partido Comunista de Oriente y el Ministerio de Cultura de Cuba le prohibieron continuar con su empeño artístico. Dispersaron al grupo e incluso le prohibieron a Jesús volver a visitar la Caridad de los Indios.

Conocí a Jesús en la miseria y el aislamiento más absoluto, abandonado por todos.  Pintaba sobre la sábana anual que le daban por la libreta de racionamiento, uno o dos cuadros al año.

Jesús no tenía derecho a comprar materiales de pintura, estaba en la lista negra del Fondo de Bienes Culturales, después de haber pintado, expuesto y publicado sus  Lenguados, en los que denunciaban la lengua oficial  del régimen. Con  Conquistadores a caballo hizo la caricatura de Fidel Castro, al denunciar el culto a la personalidad.

Muchos amigos le ayudaron, le daban cartulinas y pintura o lo invitaban a comer, hasta que aparecí yo en su vida.

Pasaron veinte años en los que escribió varias novelas de las cuales sólo  poseo una, inédita, que tiene dos títulos: La omni-impotencia o « Aventuras aventureriles aventureras y aventurerezcas por esas calles aventureras de La Habana .

La Omni-impotencia es un análisis caricaturesco de la Cuba de los años setenta, en el que Jesús denuncia lo absurdo de la  Revolución cubana  y su carácter surrealista, infra-humano y totalitario, con un estilo renovador, ligero y único, en el que se reivindica la picaresca española por su similitud con la picaresca cubana de sobre vivencia.

Nuestras fuerzas unidas no demoraron en dar sus frutos. Jesús fue invitado por el Ministerio de Cultura y de la Francofonía francesa para festejar con una estampa de su obra el Bicentenario de la Revolución Francesa en 1987, junto a sesenta artistas de renombre internacional, como Tapie y Matta, entre otros.

En esa ocasión mi hijo y yo  no pudimos acompañarle, motivo por el cual Jesús regresó a la isla para buscar otra forma de escapar.

Fue sólo en 1992 que, ante la insistencia del Ministerio de Cultura francés,  pudimos viajar los tres a Francia para una exposición en la Maison de l’Amérique latine.  Carbonadas neo-taínas fue la exposición que festejó el quinientos aniversario del Descubrimiento  de América en enero de 1992.

París 1993. Gilda y Jesús González de Armas.

Una vez en Francia, decidimos pedir asilo político, pero antes de que lo hubiésemos hecho, alguien alertó traicioneramente a una periodista del diario Le Monde , que sin pedirnos autorización, publicó nuestra demanda de asilo a la OFPRA, convirtiendo nuestro caso en un problema diplomático.

Las dificultades por las que hemos pasado, no valen ya la pena comentarlas, fueron innumerables, pero siempre tuvimos amigos maravillosos que nos protegieron y ayudaron.

Mi hijo y yo recibimos la notificación de expulsión de Francia en 1994. Jesús decidió unirse a nosotros. Pero siempre hubo una mano amiga que se nos tendió y en el último momento, recibimos la autorización para continuar viviendo en Francia.

Actualmente, después de veinte años, en este país generoso y solidario, nuestra situación oficial parece que se solucionará. Espero que mi demanda de naturalización francesa sea escuchada esta vez.  Será para mí un gran honor .

Yo amo a este país porque somos Libres de pensar y de expresar nuestros criterios. Amo a este país, por su democracia, porque la pena de muerte fue abolida, porque se respetan los derechos inalienables del hombre, por su solidaridad y su fraternidad.

No tengo nostalgia de Cuba, como muchos puedan tener y, no creo que regrese al país que me vio nacer, no me gustaría ver la destrucción de la  Perla de las Antillas. Quiero recordar mi país como lo veo en mis sueños de infancia. Patria es el país donde una es feliz y es respetada nuestra dignidad.

De mi familia no me quedan más que unos dos o tres primos en Cuba, que imagino esperan la oportunidad y el momento de escapar de ese infierno que ha superado con creces al de Dante Alighieri.

Mis más bellos recuerdos los tengo de mi primera infancia antes de 1959 y de aquí, de Francia, donde aprendí la riqueza de la amistad, de la justicia, el amor por la cultura y por la belleza.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

CASTRO NO NECESITA NEGRO, PARECE

Fidel en el MINREX. Foto: Estudios RevoluciónFidel en el MINREX. Foto: Estudios Revolución, difundida por Cuba Debate

Por el Doctor Miguel Leal Cruz

A la vista de las lúcidas y contundentes advertencias del líder comunista cubano Fidel Castro en nuevas apariciones públicas, esta vez desde la televisión oficial cubana y en Canal Sur desde Venezuela, simultáneamente (a primeras horas de la tarde de hoy, viernes 16, entre otros medios de difusión) no queda otra alternativa que retractarse en las afirmación que “las famosas reflexiones políticas” de este líder, así considerado universalmente, son de plena autoría de él mismo; que no precisa la ayuda de lo que se conoce como “negro” en la redacción de contenidos para determinados entramados del periodismo cotidiano. Apelativo éste heredado de un hecho por el que un negro redactaba los líbelos a Moliere (pero que firmaba él) desde la comedia francesa, siglos ha.

A este respecto, específicamente a partir de alguna de las últimas citadas “reflexiones”, hace apenas unos días, publicamos que: En dos de la últimas tituladas “reflexiones” que firma el líder revolucionario cubano Fidel Castro, de 84 años, publicadas en Gramma y en Cubavisión Internacional, entre otros medios de difusión, éste (o su colaborador, que en el argot periodístico se llama precisamente negro) aborda diversos aspectos de la controvertida política internacional, con Irán o Corea del Norte, de fondo, y a su manera. Aspecto este que debe preocupar a cualquiera que sea consciente de la gravedad del asunto. En la titulada Saber la verdad a tiempo, 28 junio pasado, el líder cubano termina: “Hay, sin embargo, cosas muy inciertas todavía, ¿podrán abstenerse las dos más poderosas potencias nucleares, Estados Unidos y Rusia, de emplear una contra la otra sus armas nucleares” Lo que no cabe la menor duda es que desde Europa, las armas nucleares de Gran Bretaña y Francia, aliadas a Estados Unidos e Israel -que impusieron con entusiasmo la resolución que inevitablemente desatará la guerra, y ésta, por las razones explicadas, de inmediato se volverá nuclear-, amenazan el territorio ruso, aunque el país al igual que China ha tratado de evitar en la medida de las fuerzas y las posibilidades de cada una de ellas. La economía de la superpotencia se derrumbará como castillo de naipes. La sociedad norteamericana es la menos preparada para soportar una catástrofe como la que el imperio ha creado en el propio territorio de donde partió. Ignoramos cuáles serán los efectos ambientales de las armas nucleares, que inevitablemente estallarán en varias partes de nuestro planeta, y que en la variante menos grave, se van a producir en abundancia”. Textual.

Ya se ha dicho que el peligro de enfrentamiento atómico, en este mundo multi-polar (con  fuerte competencia económica) y a través de previsible encuentro bélico que alcanzará tanto a potencias ya consolidadas,  como a otras llamadas emergentes (con  armamento atómico casi todas) constituye y conforma otra funesta “espada de Damocles”. Tras interregno de aparente paz que seguía a la caída de la URSS y reunificación de Alemania, resurge con mayores posibilidades ahora. Es precisamente lo que se deduce de las referidas “reflexiones”.

En otro momento, este que escribe (desde posición académica histórica y periodística) decía que la situación mundial, ahora, visionada globalmente no pasa por buenos momentos: superpoblación, hambrunas, guerras civiles, enfermedades desconocidas por su virulencia, desestabilización económica y sus consecuencias, mayor desequilibrio social entre determinadas regiones de ambos hemisferios…, a sumar la desertización.
El cambio climático, paralelo a la citada superpoblación en los países que fueron llamados “tercer mundo”, entre otros factores coadyuvantes (el energético fósil, e incluso la disminución acuífera en todo el Orbe) ensombrecen aún más la situación.
A esto se suman las citadas economías en alza, tal vez por su peculiar fórmula socio-laboral, impensable en la UE o EU, que desestabiliza los mercados tradicionales y derivados; que también disponen del armamento de mayor disuasión desde mediados del pasado siglo: el atómico. Unos reconocidos, otros no, otros en expectativa de posesión.

En consecuencia, esta vieja preocupación bélica es claramente sensible para todo aquel que visione, a través de la prensa cotidiana o por vía satélite (en horas de madrugada para España) novísimas emisoras de Tv con alcance técnico internacional, e igualmente “encontradas” en sus líneas editoriales. Es obvio que en nada favorecen a que perdure la presumible paz que surgió en 1990 tras la reestructuración del llamado bloque comunista o Telón de Acero, con el virtual desmantelamiento del Pacto de Varsovia.

El mismo Fidel Castro, en octubre de 1962, conoce personalmente el peligro de enfrentamiento y sus previsibles consecuencias que él no quiso desbloquear. Llegó a considerar que Cuba sería destruida totalmente.

Por tanto, una de las soluciones sería confiar en Iglesia Cubana que ha llegado al máximo de protagonismo en este momento, por razones políticas, parece; y todo a pesar de injusta persecución de que fue objeto por parte de Fidel Castro desde 1959, aspecto que parece se olvida ahora. Parece ser la Institución universal más apropiada para mediar y así evitar el previsible enfrentamiento atómico, a que el líder cubano se refiere.

O en todo caso invocar a Dios para que nos coja confesados que diría cualquier creyente occidental. Axioma extensible a todas las otras creencias religiosas que, a su vez, conviven en este frágil mundo…, que desearán la pervivencia en paz, se supone…

DATOS DEL AUTOR

Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad La Laguna (Canarias, España) y Licenciado en Geografía e Historia por la UNED (Madrid, España). Licenciado en CC. de la Información, periodista adscrito a Grupos de Investigación en la Universidad La Laguna y miembro del Colegio de Doctores y Licenciados (Tenerife). Miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, La Laguna. Ha publicado varios libros de erudición histórica sobre Cuba y Canarias, así como otros muchos trabajos de investigación, la mayoría expuestos en foros públicos y medios de comunicación. Es responsable de la Editorial PERIODISMO HISTÓRICO S.L.u.

Las dos Velázquez


París, 13 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia,

el aroma inconfundible del más puro café cubano nos deleitaba en el ático de un hotel de Saint Moritz en los Alpes suizos, cuando mi hermano y yo comenzamos a recordar con nostalgia en medio de un paisaje inmaculadamente blanco, los palmares, los cañaverales y los cultivos de tabaco que todo el planeta nos envidiaba y que nos rodeaban en el lejano Camajuaní donde dimos nuestros primeros pasos. Nuestra conversación llegó hasta las personas que nos acompañan con su dulce recuerdo. Le pedí a Juan Alberto que me enviara algunas de estas reflexiones, que no pueden ni pretenderán jamás ocultar la nostalgia que las invade, salpicadas del color, la alegría y el sabor camajuanenses, común denominador de todos quienes un día dejamos atrás nuestra tierra.

Querida Ofelia, desde Italia Juan Alberto me ha enviado estas líneas que hoy te envío pues sé que tú también sentiste un gran cariño por estas dos amigas entrañables:

“Podría comenzar indistintamente por una o por la otra; si las pongo en una balanza podría hasta iniciar por deshojar una flor para decidir por cuál de las dos empezar mi breve relato, pues fueron las dos caras de una moneda valiosísima que llevo, y en tantos llevamos, en el corazón.  Los valores que ambas dieron a su paso por La Loma[1] no se compran, antes bien se heredan y forjan en la cotidianeidad, como fue en las familias donde crecieron. Su condición humana y su generosidad nos impregnaron a todos los que veníamos pisando sus talones en la vida que se abría paso ante nosotros. A pesar de tantos años y los miles de kilómetros que me separan de ambas, la vida no ha logrado arrancar de mi memoria todo lo que me dieron de sí mismas en aquellos meses de sol incansable, Clara y Monga, en nuestra querida colina, a la luz perdida de un poste de la luz pública o bajo los inigualables aguaceros cubanos desbordando las cunetas camajuanenses.

No sé si llamarla Clara, como siempre me dirigí a ella, o bien decir Cutis, como muchos la conocían, o simplemente evocarla como quien fue, Clara María Velázquez, aquella amiga a prueba de tantos años, quien desde Leoncio Vidal 94 nos envolvió con su encanto en una exquisita atmósfera de espiritualidad magnética para nosotros en aquella adolescencia. En mi mente es aquella mujer siempre joven, que nunca ocultó las canas que ya se asomaban en su melena al estilo Georgia Gálvez, de raíces profundamente camajuanenses – de quien también se nos perdieron los pasos en el exilio – rodeada por todos nosotros, Carli Catoira, Toni Cabrera, Yoly Martínez, y por mí, al colmar su gran portal, como siempre lo hemos llamado en Cuba; con las piernas cruzadas, sentados sobre el cemento, con los ojos abiertos de par en par, recostados sobre el borde de aquel “salón” hacia la acera, o sobre  el muro de bloques de cemento del colindante de Cuca y Piloto, sus eternos vecinos, mientras otros nos acomodábamos como podíamos, casi los unos sobre los otros, en el banquito que una vez fuera verde vivaz y que luego perdiera todo su brillo como Clara misma, como su madre Amparo y el mítico periquito verde que inútilmente trataba de dar vida y color a ese banco donde siempre estaba con ellas, como celoso guardián ante la algarabía juvenil que invadía su territorio.

LAS CLAVELLINAS DE CLARA

a Clara María Velázquez

Ischia, 14 de septiembre de 2008

Ni mármoles ni calizas,

vienen de los ríos de mi tierra

y cubren aceras y cunetas en mi pueblo lejano,

donde hierbas, musgos y algas se discuten un espacio.

La lluvia de agosto cae intensa y cerrada,

el cielo se pierde detrás de las nubes

y yo miro apenas por la ventana

el llanto incesante de las tejas al viento.

Corre el agua loma abajo y salta sobre las piedras,

tan blancas como la cal, escondiéndolas por toda una hora.

Un suave olor fresco se alza al vuelo en el viento del verano

anunciando el suspiro de la tierra sedienta y agradecida.

Allá abajo,

en la línea del tren

volverán siempre a florecer

a raudales las clavellinas de Clara

mientras un coro de grillos proclama el final del atardecer.

Año 1963 en La Loma – de izquierda a derecha: Juan Alberto, Ramón, Yoly y Carli.

Fue Ángel Velázquez el padre de Clara, fiel en sus pasos junto a Su Amparo, como su nombre lo dice. Ángel se marchó a la casa del Señor a inicios de la década del sesenta, no sin antes haber transmitido a su hija su amor por la vida, sumado a la cubanía que guiaba los pasos de su hija. El portal de aquella casa carecía de muros para contener a todos quienes nos acercábamos a nuestra amiga, violando su elemental derecho al reposo durante el bochorno del mediodía en el valle de Camajuaní, siempre que una vez que almorzaban, fuera lo que fuera lo que encontraran en sus platos, cuando Amparo se asomaba a la puerta entreabierta por el gancho que la fijaba y decía a su hija que la mesa ya estaba servida.

Aquella llamada se repetía discretamente, con un encanto muy especial, cada mediodía y cada atardecer, interrumpiendo dulcemente nuestras tertulias sin fin, improvisadas en aquel portal, donde nuestros pasos se perdían sobre el cemento, como la gran mayoría de los portales en Camajuaní, sin mayólicas sevillanas – casi exclusivas de Trinidad –, sin baldosas elaboradas, sino simplemente sobre el humilde cemento fundido sobre la tierra de la colina. Eran pisos cubanos fundidos listos a soportar huracanes, aguaceros y los baldes de las típicas limpiezas de nuestras amas de casa, o como un rompecabezas de lajas blancas, prolongando aún más las aceras de piedras del río Sagua. En una ocasión soñé que aquel torrente maravilloso que corta graciosamente la carretera que conduce a Camajuaní, poco después de la entonces finca de los Riestra, en otra dimensión universal donde los ríos, bosques y mares tenían voz propia, había sido premiado por su belleza y su bondad al habernos regalado tantísimas piedras blancas para nuestras aceras.

CUNETAS VERDES

Al Mediodía de Camajuaní

Apenas dos palmas de mis manos

me separan de tu paso constante.

Ni olores, ni impurezas, ni desganos,

sino transparencias deslumbrantes

que limpian dibujando mi pueblo de cal.

Verdes las largas algas, los  musgos y la vida

que danza en junto al suspiro de mis peces,

cual esperanza al final de la mañana.

Verdes y anónimas también las lomas lejanas

vibrando bajo el sol del bochorno inevitable,

como la sabia esperanza de la madre incansable

ante cazuelas de harina, boniato y sofritos improvisados.

Clara fue amor espontáneo para toda La Loma, fue la chica que conoció la poesía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Sor Juana Inés de la Cruz, leyó a Miguel de Cervantes y amó la lírica mística de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. Fue la mujer que nos condujo de la mano hojeando incansablemente al ritmo de una voz dulce y profunda sus poemarios de Machado, Lorca y Hernández. ¿Quién habría podido sospechar que aquel tesoro de ideas se escondía en esa mujer discreta, sentada en su comadrita o en el eterno banco verde, envuelta en el humo de sus constantes cigarrillos Populares, en otros tiempos Regalías El Cuño, con o sin filtro, apurando una tacita de café, o de borra, lo que encontrara. Una amiga franca y sincera, siempre dispuesta a escuchar a quien quiera se sentara en el portal de las tertulias. Un buen día descubrí que Clara, cosa que ya yo sospechaba, también incursionaba en la creación literaria. Humildemente, con la modestia que la caracterizaba y que en mi inmadurez adolescente nunca supe valorar en toda su dimensión, un atardecer del lejano verano de 1966 me mostró sus “papeles”, como los llamaba, donde recopilaba tantos y tantos poemas apresurados, algunos a lápiz, otros en  tinta – ¡Clara sabía escribir hasta con la pluma y el tintero!, escritos en las hojas que lograba llevarse de la Casa de Socorros Toribio Castellón, ya convertida en Policlínico, donde trabajaba frente al Chalet de Piedra, conocido también como el Chalet de la Tota – quien también un día tomó rumbo hacia la Florida.

No me atreví – y hoy me arrepiento – a pedir a Clara que me permitiera copiar sus poemas, cuando después de leérmelos me confesó que ya pronto no nos veríamos en los veranos de su portal pues estaba esperando la salida definitiva del país hacia los Estados Unidos. Un dolor muy grande sentí cuando mi prima Aurelita me confirmó que sí, que era cierto, y que se esperaba que de un momento a otro se marcharían. Todo no fue tan veloz como ella misma pensó, para alegría mía y de todos los que disfrutábamos de tan especial amistad. Los años habían volado y nos encaminábamos hacia la temprana juventud. Entre ellos mi gran amigo y hermano el Carlos Alberto Catoira Martínez, Carli, así como nuestra gran amiga Mirta Yolanda Martínez Vázquez, Yoly, y por supuesto, Toni Cabrera, nuestro insustituible compañero de travesuras, hoy heredero de toda la tradición que cultivó su padre, el Gran Antonio Cabrera, legendario e irrepetible Chivo Mayor de toda La Loma.

Si no lo hubiera vivido personalmente nunca habría podido imaginar que en nuestro pueblo natal, entre escogidas, despalillos y zapaterías, con un aire de olor a “melao” del Central Fe [2], salpicado del hollín que salía a borbotones por su chimenea a unos cinco escasos kilómetros de distancia detrás de la loma de la Blanquita rumbo a Placetas, una mujer joven y autodidacta conocía y adoraba la obra del maestro de las letras alemanas Johann Wolfgang von Goethe. Quién sabe si hasta un cierto punto fue ella quien sembró en mí las primeras inquietudes hacia aquella cultura. Clara fue la primera persona en mi vida que me habló del Dr. Fausto y de las Cuitas del Joven Wherter. Era una experiencia maravillosa el poder escuchar una persona que por su amor a la cultura y a la vida había logrado llegar por su esfuerzo propio hasta la leyenda del Oro de los Nibelungos. En la ciudad de La Habana nunca encontré, a igualdad de condiciones y oportunidades, nadie ni remotamente semejante. No escatimó ocasión para alegrarnos a todos con sus fantasías y un día nos prometió que esa noche celebraría en su casa, especialmente para nosotros, nada más y nada menos que un “Conjuro a Mefistófeles”. Clara se disfrazó con una capa de agua  de plástico color gris, se envolvió la cabeza con una toalla en combinación perfecta cual turbante apenas llegado “del más allá”, y nos recibió a Carli, a Yoly, a Toni y a mí, en la sala de su casa. Amparo no podía disimular una carcajada contenida, precisamente porque sabía lo que estaba por suceder. Clara nos condujo solemnemente en medio de una fabulosa atmósfera mística hacia la cocina-comedor, donde en penumbras habían cubierto la mesa con un mantel hasta el piso. Sobre aquella mesa habían colocado un globo de vidrio, muy de moda en Cuba en los años cincuenta, que volteado, hacía las veces de “bola mágica”. El punto culminante llegó con las notas de su cajita de música, embrujando más aún aquel ambiente  ya desesperante para los que allí nos reuníamos. De pronto se encendió una luz que invadía la “bola mágica”, alternando aquello con bocanadas de humo. No era otra cosa que Monga, nuestra extraordinaria amiga, que se había prestado para esconderse debajo de la mesa con una linterna de baterías, y al fumar inyectaba el humo a la bola y con ella a nuestra imaginación aterrorizada. De pronto, un gato en el patio hizo un ruido detrás de la ventana y todos, empezando por Carli y terminando por mí, salimos despavoridos y horrorizados de la casa hasta llegar al portal para morirnos de la risa cuando luego salieron las dos. Esa es una de las páginas más hermosas que guardo de LAS DOS VELÁZQUEZ juntas para regalar a los jóvenes de La Loma una noche de fantasía inolvidable.

Clara me escribió cartas bellísimas a mis escuelas al campo[3], que me animaban en la lejanía de la familia durante inviernos interminables. El 2 de septiembre de 1967 ya me iba de Camajuaní, siempre tristísimo, al terminar el verano para regresar a La Habana. Me abrazó  fuertemente y me regaló un libro que guardo celosamente, pues es lo que de ella me queda. Se trata de un viejo ejemplar de la Historia de la Vida del Buscón llamado Don Pablos, de Don Francisco Quevedo Villegas, editado en Madrid en 1915, con una dedicatoria llena de cariño donde concluye “Aunque algún día esté lejos no me olvides”. Años más tarde, su espíritu y su recuerdo no dejaron de acompañarme durante mi paso por la Universidad de La Habana, y me pregunté si la visión de aquella mujer habría logrado imaginar que algún día me dedicaría a las letras, quién sabe si estimulado por lo que esa entrañable amistad había logrado sembrar en mí. Al despedirnos me negué a pensar que fuera ésta la última vez en que la vería. En esos años, al irse de Cuba la persona que subía al avión desaparecía para siempre, definitivamente, como por arte de magia para quienes quedaban atrás en Cuba. El espectáculo desgarrador de las despedidas en los aeropuertos cubanos era comparable al de un funeral en vida. Es un dolor que arrastramos todos, de quien sobrevivió esas décadas. Sólo queda el amargo recuerdo de todo lo que se nos fue entre las manos en los más bellos años de nuestras vidas, cuando cada momento es único e irrepetible, como el ser humano mismo.

Los meses pasaron y ya de regreso en La Habana supe por mi prima Aurelita que Clara se había marchado con Amparo por el “puente aéreo” desde Varadero hacia Miami, y nunca más supimos de ella. Su recuerdo, como todo lo que desaparece sin más ni más, se convirtió en un mito irrepetible para todos y así la recuerdo, en la incertidumbre de si todavía vivía, de cómo estaría, de qué habría sido de la amiga que había entrado en nuestras vidas jóvenes para quedarse entre nosotros, de si trabajaba en una factoría de Hialeah, de si tenía la pensión de la seguridad social de la Florida, de si sufría la soledad, de si había encontrado otras amistades que hubieran logrado reproducir la relación que tuvo con tantos jóvenes en su portal de Camajuaní. En vano tratamos de encontrar su rastro. Hoy vivo convencido de que desde allá donde hoy su alma descansa, sigue los pasos de todos los que tuvimos el privilegio de conocerla en este mundo. Clara terminó sus días como una infinidad de cubanos, del lado de allá del Estrecho de la Florida, en un cielo dividido por tantos, tantísimos motivos kafkianos e innombrables de intolerancia fraticida.

Si bien Clara fue pura espiritualidad galáctica, Ramona fue desde su niñez lo que hoy podríamos llamar “un espíritu libre e indoblegable”. Esa Fue Ramona Velázquez, a quien siempre llamamos Monga. La hija de Toña y Ramón Velázquez, hermana de Daysi Velázquez, quien desde Leoncio Vidal 90, en su humilde casita un poco más alta de la de Clara, distinguía los movimientos de toda “La Loma”. Un amplio escalón servía para alcanzar el portal con su banquito y la ventana protegida por una reja de maderas de poco menos de dos metros de altura. En aquel escalón, por muchos años, se sentaba el chino Manuel, quien apoyaba sus dos enormes cestas de yaguas entretejidas en el  piso que dividía la casa de Monga de la de sus vecinos Cuca y Piloto, recostando cuidadosamente el palo sobre las tablas ya descoloridas por el paso de los huracanes. Manuel llevaba y vendía de todo lo habido y por haber en sus cestas. Era un espejismo asiático en medio de la colina cubana, la viva imagen de la libre circulación de los hombres en esta tierra compartida. Llegó a Cuba para quedarse como tantos cubanos se iban para siempre, en un torrente humano que trascendía las ideologías. Parte inseparable del banquito en el portal era Toña, cuando no estaba  sentada en la salita, siempre con su pierna cruzada, recostada a un brazo del sillón, con una sonrisa que era amor puro de absoluta Alma Mater, y un cigarrillo que sólo se apagaba cuando encendía otro. Ramón Velázquez, Mongo, torcía sus puros cuando no mascaba la hoja, tradición muy villareña, con tabaco de tripa que él mismo se procuraba en las escogidas de nuestro pueblo, y allí, balanceándose suavemente, con la paciencia de la sabiduría de los años vividos, fumaba uno tras otro, los puros que él mismo torcía sobre la mesa del comedor que conducía hasta la cocinita del fondo. Deysi fue desde muy joven ejemplo de laboriosidad incansable. Cierro los ojos y la veo sentada los domingos en el portal, con su mesita de manicure, rodeada de las chicas de La Loma: Carmita, Yayo, Mary, Clara, Cuca, Aurelita, Panchita, Fefa, Milo, Hito, Pichín, Rina, Luisa, en fin toda el alma joven que colmó de alegría La Loma, esperando su turno para embellecer sus manos. Se casó con Rolando Vázquez, Vitea, y de esta feliz unión nacieron Odalys y Rolando, dos primores de niños. Ya desde que la vio nacer, mi prima Aurelita sintió un cariño muy especial por aquella bellísima criatura que fue Odalys, y así se convirtió en su madrina. Los ojos de Rolandito fueron a parar a los de nuestra querida Zenaida Blanco, que tejía incansablemente kilómetros de estambre mientras jugaba y conversaba con aquella criatura que la adoraba – no creo que haya existido jamás alguien capaz de trabajar las dos agujas a tal velocidad y con tanta maestría -. Todos sabíamos que se marchaban también del país para siempre, y nos preguntábamos qué sucedería cuando Rolandito y Zenaida se separaran para siempre. Al final de sus días, Zenaida se despidió del mundo en su Palacio del Comején, como ella cariñosamente llamó a su casa en la calle General Naya.

Como cada año la llegaba de septiembre y la vuelta a las aulas en La Habana me separaba una vez más de nuestro pueblo y de tanta gente sin saber las volvería a ver ni cómo ni dónde. Una noche estábamos sentados en el portal de mi abuela Aurelia, en Leoncio Vidal 98, y vi bajar a Cozón con Yayo, eran casi las diez de la noche y ya el tren de Sagua había pasado hacia Caibarién. Yayo entró a despedirse de mi abuela Aurelia pues se iba ya para siempre. Nunca supe exactamente cuándo se fueron Deysi,  Vitea y sus niños. Un día de junio al regresar a mi “aldea”, encontré la casa de Monga más vacía. Allí estaba mi amiga con Toña, balancéandose junto a su cigarrillo, contándome que los demás se habían ido. Un suspiro profundo sacudió el rostro de Toña cuajado de arrugas, se puso de pie y me trajo, como siempre, una tacita de café de bienvenida, del que le habían traído de Remedios. ¿Cómo olvidar la amabilidad de estos gestos en medio de la humildad y la decencia más profundas?

Los ojitos de Toña recuperaban su brillo de antaño al verme regresar cada mes de junio apenas cerraban las aulas en La Habana. Y entonces comenzaba Monga a interrogarme, literalmente, sobre “qué estaba haciendo” y “qué estaba estudiando”. Monga disfrutaba en carne propia todo lo que le contaba. Su interés por saberlo todo iba creciendo día a día. Recuerdo una noche a Esther Policart, en presencia de su madre y su hermano Jaime, explicando unos versículos del Apocalipsis de San Juan a mi prima Aurelita y a ella en su casa situada entre el Cine Teatro Muñiz y el  Super Bar – un verdadero oasis de helados hechos con frutas frescas. ¡Qué curioso, las tres estaban vestidas de verde, sobre todo Esther, que lucía aquel color en todo su vestido, en cambio, Aurelita y Monga vestían dos faldas verdes con sus blusas blancas! No sé si fue coincidencia o la mano de Dios diciéndoles que a pesar de todo lo que sucediera, siempre había que tener esperanza! Años más tarde me llegó la noticia de que los Policart habían logrado salir de Cuba con rumbo a Panamá.

Monga adoraba el cine, prácticamente no había película, ya fuera de Hollywood o de la nueva presencia de Sovexportfilm en las pantallas cubanas que no hubiera visto en los cines Muñiz y Rotella, no había matinée dominical en que no estuviera. Delia y Sofía, las Parras, allá en el cine Rotella junto a la excavación, sabían perfectamente que Monga no podía vivir sin el cine, y ya Aurelita, ella y yo entrábamos noche por noche gratis, sentándonos en las últimas filas a la izquierda, apenas se entraba en la sala.

Fue un alma libre que no soportaba imposiciones de ningún tipo. Su entusiasmo innato y contagioso no conocía ni cuerdas, ni alambres de púas ni fronteras imaginarias por insalvables que parecieran; nació libre y luchó a capa y espada por vivir a su manera. Un día le traduje la letra de la bellísima canción My Way[4] y  me dijo: ¡Esa soy yo!  No había carnaval de agosto en que no  bajara con nosotros disfrazada como “mascarita” desde la glorieta del parque hasta el final de la “trocha” llegando a la línea del tren en el barrio de San José, casi hasta Tercera del Oeste. En “algo” lográbamos llegar a Patio Club, o con los zapatos en la mano para salvar el fango del tramo final del camino hasta Piscina Club. Con ella fuimos a las parrandas de todos los pueblos cercanos de la comarca, encontráramos lo que encontráramos para ir, pues lo importante era eso: ir, ver las fiestas de Remedios, de Vueltas y de Caibarién. Fue cómplice de nuestras aventuras, la inseparable, la incansable, la que corrió con nosotros “pidiendo botella” tras los camiones de “Recursos Hidráulicos” para lograr llegar hasta la playa de Caibarién. Fue con quien tomábamos por asalto los trenes “lecheros” de Sagua a Caibarién, siempre buscando el mar, los espacios libres, y si no lo lográbamos entonces nos bastaba el agua cristalina del río Camajuaní al cual bajábamos por el “palmar de la coja”, o en la famosa Poza del Níspero, más allá de la casa de Milagros. Sólo el Gran Antonio Cabrera, con una vida consagrada a la tradición parrandera, podía comprender su pasión por “nuestras carrozas”.  La casa de los trabajos de Los Chivos situada en la antigua escogida, jamás habría subsistido sin Monga y su carisma durante los durísimos años del llamado Período Especial en Tiempos de Paz de los años 90. Era ella la que no tenía hora para terminar de trabajar, de pintar, de inventar con nada de nada, de recortar y montar bambalinas.

Un día de la década del sesenta supe que la intolerancia en que vivíamos había sido implacable con ella. No había espacio para alguien que no se comportara a tono con los “cánones establecidos” y terminaron por enviarla a una granja de Corralillo para su “rehabilitación”. Por suerte aquello duró poco tiempo y al regresar en el verano la volví a encontrar en su casa, impaciente porque le contara todo lo que podía sobre la vida en La Habana – que para ella era el universo imaginable –  y lo que yo hacía en la escuela. Llegó hasta mí la feliz noticia de que la Gracia de Dios la había premiado con el mayor de los regalos: nuestra amiga sería madre, y así fue. Cuando llegué a Camajuaní me apresuré a ir a conocer a Silvia, su más preciado tesoro. Había acabado de bañarla en su habitación. Me dijo textualmente: “¡Mira Juan, mira qué linda es mi niña!”. Recuerdo su ternura maternal al presentármela sobre su cama. En 1978 estuve por primera vez en Alemania y me vi en el museo Zwinger de Dresde ante la obra maestra de Rafael: la Madonna Sixtina, creada por el Maestro entre 1514 y 1515. Silvia era el tercer ángel que faltaba en aquella maravilla del arte universal.

Llegó 1980 y con él también un acontecimiento que sacudió la historia de Cuba en la segunda mitad del siglo XX: el éxodo masivo del puerto del Mariel. Miles y miles de personas salieron de Cuba hacia los Estados Unidos, y entre ellas, también se fue Silvia.

Camajuaní, Juan Alberto y Silvia

Monga y Toña se presentaron ante mí, nuevamente, sentadas en sus sillones entre un cigarrillo y otro, con una lágrima que no dejaba de cubrir sus rostros. Permanecí en silencio, sin preguntar nada. Monga me confesó que no quería para su niña “ni lo que ya había vivido, ni lo que había dejado de vivir”. Sus palabras eran y son la divisa de miles de personas desaparecidas o por desaparecer en el mar por más de medio siglo en el Estrecho de la Florida en cuanta cosa pueda flotar: el deseo de descubrir lo que no hemos podido ver con nuestros ojos, pensar con nuestros cerebros, oír con nuestros oídos y tocar con nuestras manos.

Llegaron los años del tercer milenio y con ellos el pasaje de nuestra amiga hacia la Casa del Señor. Nadie merece tanto dolor y mucho menos ella. Carli Catoira logró visitarla dos días antes de que sus días terminaran en La Loma. Antes de despedirse, le susurró al oído que siempre la habíamos querido mucho. Con ella se fue un ángel de la alegría. Un sueño me sigue en Europa: volver a vivir en La Loma los tiempos que dejamos atrás, aunque sé que las segundas versiones nunca fueron buenas y que es mejor guardar el recuerdo de como fue antes que defraudar el corazón y sus esperanzas.

LO INDESCIFRABLE

Ischia, 2009

La vida es  un devenir

indescifrable, incognoscible;

el tiempo, innombrable,

se lleva en su fugacidad

el espejismo de la vida

que en vano tratamos de atrapar.

Y al final aquí estamos, eso pensamos,

como allá estuvimos creyendo ser partícipes

de la gran imagen virtual, fugaz, total y mordaz,

que arrastra, implica, envuelve y compromete,

con su fuerza de huracán insaciable.

Todo lo pide a cambio en su voracidad inusitada,

pues todo se va en el tránsito de una existencia arrolladora.”

Querida Ofelia, así termina el homenaje de Juan Alberto a dos personas inolvidables que formaron parte de nuestras vidas en el terruño camajuanense. Te ruego que lo hagas a llegar a nuestros amigos y familiares de Camajuani que las conocieron.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

[1] Barrio del pueblo de Camajuaní en la provincia de Villa Clara, Cuba

[2] Rebautizado “José María Pérez” en los años sesenta en Cuba

[3] Período de 4 a 6 semanas en que todos los años las escuelas cubanas cierran para trasladarse a los campos a trabajar en la agricultura.

[4] My Way, una de las canciones más famosas de todos los tiempos, escrita y cantada en francés por Claude François, traducida al inglés por Paul Anka y popularizada en el mundo por Frank Sinatra.

Cuestionando la Salud Pública Bajo Una Dictadura

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Por:  Prof. Rolando Alum (1)

A pesar de la incontrovertible evidencia sobre las fallas del sistema de salud pública en Cuba, seguimos viendo escritos que desinforman acerca de la realidad en la isla.  Por ejemplo, la revista científica estadounidense Science de 30 de abril de 2010 publicó un pequeño artículo en el que se alaban los apócrifos logros de la medicina cubana a partir de 1959. (2) Entre otras cosas, el escrito arguye que, a pesar del boicot comercial de EE.UU. contra el ya super-longevo régimen de los fraternos Castro, sus supuestos avances con relación a los índices de salud de la población “son admirables.”  Pero los autores fallan al aceptar sin cuestionar (grave error básico en las ciencias) las estadísticas y el discurso propagandístico de La Habana.

Los hermanos Fidel y Raúl Castro llegaron al poder en 1959 con un innegable apoyo popular.  Esa popularidad se fue desvaneciendo al ellos convertir al país en una sociedad inmensamente más cerrada, militarizada, corrupta, y subdesarrollada de lo que era antes.  Los presuntos logros en la salud pública son una de las poquísimas excusas que les queda para justificar su rígido régimen de más de medio siglo.

Con el objetivo de comprender mejor cómo funcionan en la práctica los servicios médicos allá nos referimos al reciente libro de la colega antropóloga Katherine Hirschfeld, Health Politics and Revolution in Cuba Since 1898. (3) Es lamentable que el reporte publicado en Science lo ignore; pero en dicho volumen se encuentran las respuestas a los argumentos sin validez (que por cierto, no son nada novedosos) que exponen los autores del artículo. (4)

Atraída precisamente por los proclamados resultados en la salubridad, Hirschfeld fue a vivir Cuba a mediados de los años 90.  Allí devino en otra intelectual extranjera más cuyo idealismo ingenuo se desvaneció.  La joven estadounidense experimentó en carne propia las condiciones de estilo orwelliano de la Cuba de hoy, sobretodo al contraer la fiebre del dengue.  Pero, como las autoridades habían declarado (con fines de propaganda) que esa enfermedad de origen africano había sido “erradicada,” lo irónico fue que ella no podía ser diagnosticada y recibir tratamiento médico adecuado.

La autora fue internada en un hospital de Santiago de Cuba en donde tuvo otra experiencia surrealista de estilo kafkiano.  Ella encontró el centro médico militarizado (como lo son casi todas las instituciones allá), antihigiénico, sobre-poblado de pacientes, sub-equipado, y atendido por escasos facultativos (nunca fue examinada por un médico).

La otra paradoja es que, como norma, Cuba envía personal médico “de exceso” –a cambio de dólares y petróleo– a la Venezuela del excéntrico ex-golpista Hugo Chávez (ahora convertido en “socialista del Siglo XXI”).  A manera de paréntesis, notemos que muchos de los profesionales cubanos aprovechan la oportunidad para desertar allí, pasando luego a otros países.

Hirschfeld concluye que el sistema de salud post1959 sí llegó, con el tiempo, a los rincones más apartados del país.  Pero, confirmando los testimonios por décadas de numerosos observadores, así como de los ya millones de exilados, este relativo acometimiento acarrea un caro precio político-opresivo.  La antropóloga describe cómo la estructura médico-social forma parte del complicado aparato represivo de control socio-legal.  Todo personal médico es considerado un “soldado revolucionario” cuya lealtad debe ser hacia el estado, no a sus pacientes.  Incluso, parte del currículo universitario conlleva el aprender a espiar a sus propios pacientes, como nos lo relatan médicos cubanos recién emigrados.

De todos modos, Cuba está lejos de ser el paraíso médico que se pinta en Science.  Hirschfeld clasifica los servicios médicos cubanos en tres estratos “sin dudas desiguales,” lo que representa una especie de apartheid socio-médico segregacionista.

El primero es para la jerarquía oficial privilegiada, así como para ciertos extranjeros (los huéspedes gubernamentales gratuitos y los “turistas de la medicina” que pagan con los “malditos” pero codiciados dólares, o sus convertibles “chavitos”).  Esa clase superior de servicios –en donde no escasea nada y a la cual el ciudadano común no tiene acceso– es la que tanto celebran ciertas personalidades extranjeras que se convierten en portavoces del gobierno al repetir sin cuestionar las consignas oficialistas.

La segunda categoría –de inferior calidad– es para la población común, los “de a pie.”  A diferencia de lo que difunde el discurso oficialista, los servicios médicos no son un derecho, sino un privilegio condicional otorgado por la élite política.  El pueblo tiene que demostrar gratitud eterna a esa cúspide directriz, tal como ocurría con casi todos los aspectos cotidianos bajo la tiranía de los hermanos Rafael y Héctor Trujillo en República Dominicana [1930-61] y en la Rumanía del autócrata comunista Nicolae Ceauşescu [1965-89]. (5)

En efecto, análogo a los tiempos de Trujillo y Ceauşescu en sus respectivos países, nadie gana ni merece nada en Cuba por sus propios méritos.  Todo –desde un simple empleo hasta el acceso a la educación universitaria y los servicios de salud– tiene que ser percibido como producto de la “magnanimidad” paternalista de la cúpula dirigente.  Simbólicamente todo es propiedad del Máximo Líder (traducción literal de Führer) y sus herederos políticos.  Es más, tal parece que el inventario de las pertenencias de la alta dirigencia comprende también a personas: desde atletas y artistas, hasta intelectuales y científicos, incluyendo en especial a todo profesional médico. (6)

Al igual que bajo el trujillato y la tiranía de Ceauşescu, los Castro han creado –con toda intención– un clientelismo para todos los servicios dependiente del omnipotente  estado.  El sistema médico oficial, además, funciona en coordinación con los Comités de Vigilancia (la versión cubana de los “caliés,” los espías de barrio trujillistas), por lo que los marginados y disidentes políticos confrontan una grave desventaja médica.

Eso se comprobó de nuevo hace semanas cuando se presentaron en las salas de emergencia habaneras varias “Damas de Blanco.”  Ellas habían marchado pacíficamente por unas pocas calles pidiendo la liberación de presos políticos, que incluye médicos disidentes (algunos de los cuales son afro-cubanos).  Las Damas fueron víctimas de golpizas propinadas por las “brigadas de respuesta rápida” que constituyen la exégesis castrista de los Tonton Macoutes del Haití bajo la dinastía déspota de Papa y Baby Duvalier [1956-86].  Pero, según los recién llegados a quienes hemos entrevistado, a los médicos que accedieron a atender a las Damas se les prohibió indicar en sus informes la causa legítima de los traumas de las pacientes.

El tercer estrato de cuidado médico, el más popular, lo constituye una vasta red informal a la que el cubano común y corriente recurre al no poder depender del sistema oficial.  Hirschfeld describe cómo es típico que profesionales de la medicina ejerzan de forma clandestina a cambio de efectivo o de pagos en especie (por ej., comestibles y/o medicamentos y enseres domésticos, ya sean malversados de agencias estatales o enviados por exilados).  Esa red fantasma –un subgénero del mercado negro– está ligada al “sociolismo,” en mofa al socialismo oficial.  O séase, acceso a ese nivel subterráneo de servicios médicos depende del amiguismo y de los recursos que uno pueda agenciarse para, como se dice allá, “resolver” (esto es, a corto plazo).

Los datos de Hirschfeld confirman que un sinnúmero de servicios en Cuba sobreviven a cuenta de los envíos caritativos de los cubanos en diáspora a través del mundo.  Lo insólito es que el Exilio donante –que tácitamente subvenciona esos servicios– es blanco constante de ataques histriónicos y llenos de inquina perversa por parte del régimen y de sus más estridentes partidarios en el extranjero (ej., insultos etnocéntricos tales como “la mafia…histérica…de Miami,” etc.).

En escritos anteriores (publicados en otros medios) comentábamos sobre los paralelos entre algunos dictadores pasados y presentes, tanto de la “derecha” como de la “izquierda” ideológica que ridículamente pretenden ser “á vie,” vitalicios. (7) Es habitual que sus respectivos apologistas acomodados en el extranjero encuentren pretextos que los justifiquen.  Los trujillistas se jactaban de que, resonante de Mussolini, Trujillo había institucionalizado el nacionalismo y “puesto al país en el mapa mundial.”  De  igual modo, la dictadura revolucionaria cubana –ahora con un toque de dinastía gerontocrática monárquica (pasándose el poder de envejeciente hermano a hermano)– arguye que ha transformado a ese país-isla en una “potencia médica mundial.”

Esa es la imagen que pretende presentar Science; y lo irónico es que esa revista es patrocinada por la Asociación Americana Para el Avance de la Ciencia (conocida como la AAAS, por sus siglas en inglés).  No obstante, un par de años atrás, Hirschfeld había desmoronado ese mito ya con cuidadosas estadísticas y observaciones vivenciales propias; pero de poco vale si Science no reconoce esas investigaciones.

Por cierto, debemos observar que aun así, en su estudio Hirschfeld quizá no le da  suficiente crédito a la Cuba de ayer.  La era republicana (1902-59) –aunque  imperfecta– alcanzó niveles socio-médicos muy altos en comparación con otras naciones, incluso europeas (como la propia España, la ex-metrópolis).

Efectivamente, en las cinco décadas y media que siguieron a la intervención estadounidense (1898-1902) que puso fin a la Guerra de Independencia (1895-98) Cuba estaba a la cabeza en muchos renglones socio-estadísticos.  Y aclaremos que eso se logró a pesar de la corrupción reinante a través de la república que culminó con la sangrienta dictadura de casi siete años de Fulgencio Batista (1952-59), que a su vez trajo como consecuencia la Revolución de 1959.

El limitado espacio no nos permite esbozar otros temas relacionados, como son:      a) la alta incidencia de abortos y la baja tasa de natalidad en la Cuba actual;  b) la desnutrición sin precedentes (insólito en una isla con recursos naturales agrícolas tan ricos);  c) la alarmante alta incidencia de depresión mental, correlacionada con el suicidio;  d) y el abuso de la psiquiatría como un arma de tipo fascista de cruel subyugación gubernamental (ej., el caso del escritor marxista afro-cubano, y ex-embajador en áfrica, Walterio Carbonell [1920-2008], internado en un hospital psiquiátrico después de servir una condena a trabajo forzado por diferir del régimen).(8)

No obstante, más tarde o más temprano, el mundo exterior llega a conocer verdaderamente sobre las vicisitudes de la vida diaria de un pueblo oprimido.  Por ejemplo, en Europa oriental se pudo verificar después de la caída del sistema comunista.

La también colega antropóloga Katherine Verdery resume en sus etnografías las odiseas del pueblo rumano bajo Ceauşescu.  Estas incluían: escasez,  racionamiento, colas, desnutrición, miedo, terror, represión, pesimismo, fatalismo, etc.  Todo eso –así como la manipulación y alteración de las estadísticas oficiales a favor del gobierno– es típico de lo que Verdery llama “las economías de la escasez” característica de los países con planificación centralizada [ver Nota 5].

Dichos factores, por supuesto, afectan también el ámbito de la salud pública,            sobretodo la salud mental de la población y la psique nacional (como se puede palpar en la actualidad entre los cubanos con su “doble moral” [ver Nota 8]).  En el caso de Rumanía, como lo narra Verdery, no fue hasta la Revolución de 1989 –que derrocó la hegemonía de Ceauşescu– que la realidad acerca de la opresión en nombre del socialismo rumano se conoció mejor en el exterior. (9)

Mientras tanto, recalquemos que el rol de todo científico legítimo es el de recolectar datos, y de analizarlos y reportarlos con la mayor objetividad posible.  En este aspecto, la profesora Hirschfeld se ha ganado un merecido respeto en su descripción del sistema médico castrista. (10) A diferencia de Hirschfeld, Science repite consignas oficialistas, en vez de emplear métodos empíricos, como se espera de académicos comprometidos con la búsqueda –y el avance— de la legitimidad científica.

NOTAS

1. Antropólogo latinoamericanista, regente de DeVry University (New Jersey, EUA) <Rolandnj@Yahoo.com>.

2. Paul Drain & Michele Barry, “Fifty years of U.S. embargo; health outcomes and lessons;” Science (Vol. 328:572-73; April 30/10) — ambos autores afiliados a Stanford University, en California.

3. El libro de Hirschfeld fue publicado por Transaction Books (2008) [ver Notas 7, 9 y 10].

4. Por cierto, el boicot comercial –mal llamado “embargo” (que el gobierno cubano titula “el bloqueo”)– es un tema complejo.  Tal como apunta Hirschfeld, Cuba comercia con todos los todos países sin trabas; y desde hace años importa incluso de EE.UU. muchos renglones exentos (ej., precisamente productos médicos y comestibles).  Pero al menos por ahora, Cuba tiene que pagar en efectivo a los abastecedores  estadounidenses, mientras que puede hacer maniobras de crédito con el resto del mundo, excepto que –como es notorio– el Gobierno Revolucionario es mala paga y la deuda externa es insostenible.

5. Sobre Trujillo, vid. Lauren Derby, The Dictator’s Seduction; Politics and the Popular Imagination in the Era of Trujillo (Duke University Press, 2009) [ver Nota 7];  y en cuanto a Ceauşescu, vid. K. Verdery, What was Socialism and What Comes Next (Princeton University Press, 1996) [ver Nota 9].

6. Cuando la controversial Dra. Hilda Molina cayó en desgracia, Fidel Castro mismo dijo que la célebre  neurocirujana no se le permitiría salir de Cuba porque “su cerebro…le pertenecía a…la revolución.”  Eso es como decir que ella es –al menos metafóricamente– pertenencia suya como el “centro carismático de la nación” (si se me permite aplicar a F. Castro la etiqueta que Derby usó en referencia al absolutista dominicano R. Trujillo [ver  Notas 5 y 7]).  Gracias a las gestiones del matrimonio presidencial argentino Kirchner, a Molina se le permitió emigrar a la Argentina en el 2009.  Sus reveladoras memorias acaban de ser publicadas en Buenos Aires: Mi Verdad; de la Revoución Cubana al Desencanto (Planeta, 2010).  Para más información sobre este célebre caso, buscar en CubaNuestra Digital <www.cubanuestra.nu/>.

7. Por ej., R. Alum, “La seducción dictatorial;” EL CARIBE (Santo Domingo), Nov.14/09:17, en donde tomé como base el libro de la historiadora cultural Derby sobre el trujillato (citado en la Nota 5).  Véase también: R. & A. Alum, “Review-article of K. Hirschfeld, ‘Health, Politics & Revolution in Cuba’,” Cuban Affairs [Univ. of Miami], 3:3, 2008;  y “La Antropología Política de la Antropología Médica,” LA ILUSTRACIóN LIBERAL (Madrid), 40:86-98, 2009 [ver Nota 3].

8. A pesar de la manipulación gubernamental de las estadísticas, se sabe que Cuba tiene la tasa de suicidio más alta del continente, tal como lo describe José Azel en su magnífico reciente libro, Mañana in Cuba (University of Miami Press, 2010).  Quizá con más transcendencia política aún son los prisioneros y otros disidentes políticos que se declaran en huelga de hambre.

9. Aunque los antropólogos de todas partes del mundo son usualmente instados a deconstruir (en la terminología de Foucault) las dictaduras en general, las críticas al totalitarismo comunista son raras entre los antropólogos; Hirschfeld y Verdery representan dos excepciones encomiables.  Ellas siguen el llamado del famoso antropólogo funcionalista polaco-británico Bronislaw Malinowski (1884-1942) de impugnar –en toda situación– los principios del ideal cultural, contrastándolo con el comportamiento observable.  Por cierto, Verdery comienza su libro con una jocosa cita que define el socialismo que subyugó a los rumanos por décadas como “la ruta más larga y dolorosa del capitalismo al capitalismo” [ver Nota 5].

10. La politóloga australiana Elizabeth Kath ya completó su libro con un tema parecido al de Hirschfeld acerca de la salud en Cuba; y a pesar del título, llega a conclusiones similares; vid. Kath, Social Relations and the Cuban Health Miracle (Transaction Books, 2010).

Las Memorias de Miguel García Delgado

Campamento de Columbia, La Habana, enero de 1959. De izquierda a derecha: Lázaro Artola, Armando Fleites, Fidel Castro, Eloy Gutiérrez Menoyo, Aurelio Nazario Sargent, Andres Nazario Sargent y Lázaro Asencio. Arrodillados: Roger Rodríguez, Genaro Arroyo y Miguel García Delgado.


París, 12 de julio de 2010.

Querida Ofelia,

hasta  finales de 1958 en nuestro terruño camajuanense, mis héroes habían sido: Superman, Batman, Tarzán, Zorro, etc. Pero con la llegada de los barbudos al pueblo, mis héroes se convirtieron en personas de carne y hueso: Ramiro y Miguel entre otros, sustituyeron a los anteriores.

El papel de Miguel en los EE.UU. por medio de la organización de pic-nic gigantes, de las fiestas de San José del 19 de marzo, como en nuestro lejano pueblo, las carrozas de sapos y chivos, las parrandas, la recopilación de la Memoria de los camajuanenses a través de su revista y del Club de Camajuaní y tantas actividades más que harían la lista demasiado larga, serán reconocidas por el que escriba la historia del exilio camajuanense, a lo largo de este último medio siglo. No tengo temor a equivocarme al afirmar que nadie como Miguel García Delgado ha hecho tanto por unir a los camajuanenses de la diáspora esparcidos por el mundo.

Siempre que hemos ido a Mami nos ha abierto las puertas de su casa y nos ha brindado generosamente su servicio de guía. Hasta mi nuera franco alemana cuando  Miguel nos llevó en su coche a pasar un día juntos en Key West, me dijo: “es un hombre profundamente humano.”

Gracias Miguel por tu amistad. Te pedí el testimonio de tu vida de revolucionario y aquí la reproduzco.

Miguel-“el 8 de febrero del año 1959 todos los guerrilleros que habían formado las fuerzas del Segundo Frente Nacional del Escambray depusimos las armas en Cienfuegos. Los primeros que las  entregamos  fuimos: Eliope Paz, yo, Beraldo Salas y Elio Balmaseda. Todos éramos de la guerrilla de los camajuanenses que dirigían los capitanes Beraldo Salas y Ramiro Lorenzo. Como Ramiro pasaba el mayor tiempo en la Comandancia que radicaba en casa de doña Rosa, lo sustituía Salas y el segundo era yo. Cuando Ramiro volvía,  su segundo era Eliope Paz. Al terminar de desmovilizarnos de la guerra, Eliope, Elio, Salas y yo decidimos  partir a  reunirnos con nuestras respectivas  familias.

La primera acción del movimiento 26 de julio en Camajuaní tuvo lugar en el mes de febrero de 1957. Me encontraba en la tabaquería de Eliope Paz, en La Habana, lugar que visitaba habitualmente, ya que Eliope era un conocido rebelde contra  el dictador Batista. Fui a participar en varias manifestaciones de estudiantes universitarios invitado por  Eliope.

Un día  me preguntó:

-Miguelito, ¿por qué en nuestro pueblo no se oyen actos de resistencia contra el tirano?

– Sabes que existe el movimiento 26 de Julio y toda tu familia pertenece a él.

– ¿Por qué no vamos allá  y hacemos un acto de protesta?

-Saldré para Camajuaní mañana mismo y hablaré con Carlos Gómez (que era el jefe del movimiento en Camajuaní).

Cuando hablé con Carlos, él estuvo de acuerdo y se lo hice saber a Eliope. Quedamos en que en marzo alrededor de las fiestas del 19 de marzo él viajaría a nuestro pueblo.

Yo sabía que Ramiro Lorenzo estaba también en nuestra posición contra la tiranía y lo fui a ver a casa de su tía, donde él vivía. Cuando toqué en  la puerta me recibió una joven que me deslumbró al instante. Ella sería el amor de mi vida y mi segunda esposa por 26 años.  Le conté a Ramiro lo que habíamos hablado con Carlos y  me dijo que buscara a otro para hacer juntos  el primer sabotaje en nuestro pueblo. Le dije también que el hermano de Benito Paz vendría desde La Habana y nosotros tres formaríamos el grupo.

Carlos  nos citó en la casa de Gerardito Paz y allí nos entregó dos bombas y nos dijo que las teníamos que poner en  el centro escolar  a las 8 en punto de la noche y la otra en el cine. Yo en mi vida había visto una bomba y la escondí bajo mi ropa. El objetivo no era herir o matar a alguien sino el hacer saber que existía un movimiento revolucionario en el pueblo,

Traté de ponerla  en escenario del cine pero no pude sacar las rejillas de la pared. Se acercaba la hora, miré a mi alrededor, a la  casa de la familia Palacio,  pensé que en un carro que allí había aparcado podría herir a alguien, tampoco en el restaurante del chino, entonces vi en la calle una pila de arena como de dos metros de altura, miré el reloj que Carlos me había dado y  faltaban unos minutos para la 8 de la noche; decidí que debajo de la pila de arena no le haría daño a nadie. La mecha era grande, la encendí y me fui caminando para el Café del Hotel Cosmopolita, me senté y pedí una cerveza. Por casualidad en la mesa contigua estaba el policía cuyo apodo era El Látigo Negro en una de sus borracheras. Casi inmediatamente  explotó la bomba y esa noche llovió arena sobre el mamoncillo y sus contornos.

Ramiro y Eliope trataron de darle candela al Centro Escolar pero la candela que ellos le dieron no prosperó y del centro nada más  que se quemaron  algunas cosas sin importancia.

Después de varios días Carlos  me dio la misma misión y fue un tremendo fracaso pues le di candela tres veces, primero en el Despalillo, seguí para la tienda de Las Tres Marías y tampoco explotó y por último fui al baño del Paradero de Trenes, la puse y tampoco explotó.  La volví a recoger y de ahí me fui a casa a dormir. Al  día siguiente la entregué a Carlos y él muy descontento me explicó: “cuando no funciona, olvídate de ella y déjala donde la pusiste.”

Acto seguido me dijo que el Movimiento provincial necesitaba voluntarios para una acción, Le afirmé que  podía contar conmigo. El día señalado se apareció Víctor Vázquez (Vitea). El cual dijo a Carlos que éramos  los únicos que se habían ofrecido para esa misión. Nos dio dinero para el pasaje y nos ordenó que teníamos que ir para Cienfuegos a la fábrica de hielos de la familia Aragonés. Allí estábamos reunidos unos cincuenta  jóvenes provenientes de todos los municipios de la provincia. Después de esperar unas dos horas, vino un hombre como de unos treinta años y exclamó: “pueden regresar a sus pueblos y muchas gracias por haber venido.”

Después  de transcurrido un tiempo, nos enteramos de que nos habían acuartelado en la fábrica de hielo para perpetrar un atentado contra Santiago Rey Perna,  Ministro de Gobernación que iba  frecuentemente a su pueblo para visitar a su familia.

En Camajuaní la policía y los cuerpos represivos cada vez que  suponían que los revolucionarios iban  a hacer algo, lo primero que hacían era lanzar una ola de represión contra  los más conocidos entre los que estaban contra el régimen de Batista. Primero era contra Raúl Hernández, Oberto Machado y Gilberto Sosa, después agregaron a la lista a Benito Paz, Jorge Piñón, Ramiro Lorenzo y otros muchos más. Por ese motivo, cada vez que el Movimiento 26 de Julio de Camajuaní tenía planeado algo, los primeros mencionados tenían que irse para otros pueblos y los segundos nos trasladábamos para La Habana.

Por ejemplo, Benito se hospedaba en casa de su hermano Eliope, Víctor Vázquez en casa de su hermana Hilda, Ramiro se trasladaba al apartamento que José Casanova (Cuqui) tenía en Regla, que por cierto era el lugar de reunión de los revolucionarios camajuanenses. Jorge Piñón  no tenía familiares en la capital, por lo cual se escondía en casa de mis tíos Eloy y Consuelo, que era mi casa en la Habana. Cuando disminuía la represión en nuestro pueblo, todos regresaban discretamente a seguir la lucha contra el tirano. Terminé por alzarme en las lomas del Escambray con un grupo de mis amigos, formando parte del Segundo Frente Nacional, donde permanecimos todo el año1958 hasta que triunfamos.

Camajuaní, fiestas de San José, 19 de marzo de 1959. El barbudo (Miguel García), liberando a la Patria (Ester Acosta).

Cuando nos dimos de baja del ejército Rebelde en la ciudad de Cienfuegos, los miembros del Segundo Frente nos dirigimos a nuestros pueblos. Cuando  llegué a Camajuaní había tremendos problemas por ocupar las distintas plazas de trabajo. Fue en ese momento en el que se me apareció en casa Carlos Martínez que era coordinador  de sabotajes del Movimiento 26 de julio al que yo siempre pertenecí. Me pidió que me pusiera al mando de la Policía Nacional Revolucionaria  y que restableciera el orden en  el pueblo. AL principio no acepté, pero por la insistencia de Eliope Paz y Carlos Gómez acepté, pero con la condición de serlo solamente por un mes. El comandante de la provincia vino a Camajuaní y me pidió que me quedara en ese puesto. Después  me trasladó para Placetas, que era la capitanía aduciendo que yo tenía que ocupar ese puesto  dado mi expediente revolucionario. Cuando proclamaron a la ciudad de Trinidad ciudad muerta con una huelga, el comandante me llamó y me dijo que el único que le podía ayudar era yo, ya que había esta alzado en esa zona  y hacia allí me envió.

¡Y empezó la infiltración comunista!

Estando en la capitanía de Trinidad un día a principio del 1960 me fue a ver el director de correos de la provincia de Las Villas y me dijo:

-Miguel tengo entendido que tú conoces a los rebeldes que se alzaron de en esa zona y necesito que me digas a quién puedo nombrar como administrador del correo de Trinidad, pero  tiene que pertenecer al Movimiento 26 de julio o al P.S.P. (Partido comunista).

– Eso aquí  no funciona- le afirmé- porque aquí el M-26-7  fue casi inexistente y los comunistas no lucharon contra Batista. Aquí la mayoría eran del D.R. o del Segundo Frente del Escambray.

-Del Segundo Frente no.

– Bueno búsquelo usted.

A los pocos días fue nombrado el nuevo administrador de correos. Era un conocido comunista de Trinidad.

En el mes de Octubre de 1960, al conocer la infiltración de los comunistas en todos los mandos municipales y militares, pedí mi baja de la Policía Nacional Revolucionaria, la cual se me concedió tres meses después. Ahí fue cuando empezó mi calvario, pues como ellos conocían que yo no era simpatizante de los comunistas, no me dieron trabajo y cada vez que había una movilización me iban a buscar y me encarcelaban. Fue esa la causa por la que intenté abandonar  clandestinamente mi país. Cuando en 1965 el presidente de los U.S.A, ofreció asilo a los cubanos que quisieran ir a vivir en tierras de Libertad, yo le escribí pidiéndolo el asilo político, el cual fue aceptado  y… pude viajar  a los EE.UU.

Llegué a Miami el 29 de Julio de 1966, me hospedé en un hotelito detrás del aeropuerto de Miami, al que los cubanos  llamábamos La Casa de La Libertad. Tenía terinta años y llegué con tres hijos de cinco, tres años y el más pequeño con sólo quince días de nacido. Yo no tenía oficio ni hablaba inglés. Me relocalizaron en un pueblo cerca de la ciudad de Boston en la península de Cape Corp.

Llegué a las cinco de la mañana y a las siete me pusieron a trabajar en una lavandería, vistiendo el mismo traje con el que hice el viaje desde Cuba. A las 5 p.m., cuando creía que regresaría a casa, mi cuñado me dijo que me tenía un part time. Yo no sabía lo que me quería decir, pero me llevó para un club y allí me puso a lavar platos hasta la una de la madrugada. Así fue todos los días hasta que en  diciembre de ese año 1966 mi mujer me dijo: ¡sácame de aquí o me vuelvo loca! Por esa razón vine a parar a Miami.

En Miami, trabajé en todo lo que se presentaba: como ayudante de camarero, pintor de brocha gorda, podador de árboles, camionero, repartidor de periódicos, limpié oficina y  aviones, fui sereno, trabajé en fábricas, puse antenas de t.v., taxista, etc.

Regresé a los taxis y me retiré a los 65 años de edad. Como en la imprenta aprendí el único oficio que tengo además de los conocimiento que adquirí en el giro de taxis, en el año 1990, ya  propietario de una imprenta, me dije: este es el momento de hacer el sueño de mi vida y me dediqué a editar una revista que hablara netamente de mi pueblo, de  Camajuaní. La sigo editando desde hace veinte años. Es la revista de todos los camajuanenses, los de aquí y los de allá, sin rencores hacia nadie.

Puedo decir sin temor a equivocarme que yo, sin estudios ni oficio alguno, he podido en esta gran Nación que son los U.S.A. poder criar a cuatro hijos,  y dos nietos, gozando de plena Libertad y sin tener que hacer algo indebido. ¡El sueño americano yo lo pude lograr! Es por eso que aunque no soy rico,  vivo decentemente en este gran país del cual poseo la ciudadanía. Y digo desde el fondo de mi corazón: God save América!”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.