El largo camino de Eyda hacia la Libertad

Eyda el día de sus Quince en La Habana.

El largo camino de Eyda hacia la Libertad

París, 5 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia,

ya has leído tres reseñas  mías sobre sendos libros escritos por esa gran dama cubana que es Eyda Machín. Su cultura, elegancia de espíritu, simpatía y distinción, la hacen una verdadera embajadora de la feminidad cubana en La Ciudad Luz. Aquí te envío el testimonio que nos escribió sobre cómo logró ser Libre.

Eyda-“Era apenas una niña cuando el frenesí revolucionario se apoderó de mi pobre isla. Parada en la terraza de mi apartamento frente al Malecón, vi desfilar las tropas del ejército revolucionario que hacía su entrada triunfal en La Habana. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Sin saber por qué, tuve el presentimiento que una desgracia se abatiría sobre mi pobre Patria.

No tuve que esperar mucho tiempo para comprobar que mi presentimiento no era infundado. A ojos vistas, la isla se transformaba en un territorio donde el odio, la violencia y la delación estaban a la orden del día. Familias enteras se destrozaban mutuamente: de un lado los adeptos a la Revolución, del otro los tenaces opositores a la creación de un Estado comunista. La pena de muerte fue decretada de inmediato. Los primeros fusilados fueron los miembros del antiguo régimen dictatorial. Las estaciones de televisión difundían los juicios públicos realizados por tribunales revolucionarios. Terrible reedición del circo romano y de las persecuciones de los primeros cristianos.

Ante aquella horda desenfrenada, una ráfaga de pánico estremeció la isla. En 1960 mi padre, abogado, decidió partir con su esposa y mis dos hermanitos. A pesar de su deseo que me fuera con ellos, la autorización fue denegada por las autoridades revolucionarias. Yo podía salir con mi padre y su familia, pero no así Mami, mi madre adoptiva, pues ella no formaba parte del núcleo familiar.

Mi decisión fue inmediata. Si Mami no podía partir, yo tampoco. Estaba lejos de imaginar que la cortina de hierro caería sobre la isla cautiva. Al llegar a los Estados Unidos, mi padre se apresuró en enviarnos una visa waver. La ruptura de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, a principios del 1961, fue el segundo obstáculo para lograr nuestro camino hacia la libertad. Existía otra solución. Mi hermano, residente en Venezuela desde hacía varios años, solicitó nuestra visa para ese país. Nos apresuramos en preparar los pasaportes. Cuando ya todo estaba listo, un tercer obstáculo apareció. La mayoría de los países latinoamericanos, entre ellos Venezuela, rompió relaciones con Cuba. Estábamos en el año 1962. Todas las pasarelas hacia la Libertad serían brutalmente cortadas. No había escapatoria. Estábamos irremediablemente condenadas a permanecer prisioneras.

Atrapada en esa locura colectiva   que se había apoderado de gran parte de la población, mi única idea, mi obsesión era huir. ¡Huir! Lejos de ese mundo en descomposición que se desmoronaba ante mis ojos. Lejos de esa guerra fratricida y aterradora que devoraba, a un ritmo desenfrenado, lo que quedaba de esa tierra. Lejos de ese mundo atiborrado de traidores. Lejos de esos discursos interminables y repetitivos eructados por el Amo.

Necesitaba urgentemente respirar un aire que no estuviera viciado por la desconfianza. ¿Cómo hacer para escapar de ese infierno? Todas las salidas estaban bloqueadas. Nadie podía salir legalmente de la isla. Una verdadera hemorragia humana había comenzado el éxodo, arriesgando la vida, atravesando por centenas el Estrecho de la Florida ya sea nadando, en neumáticos de automóviles o en embarcaciones improvisadas, en dirección de las costas de los Estados Unidos.

De repente, tuvo lugar un milagro. Algo inimaginable: la creación en 1965 de un puente aéreo entre Cuba y Estados Unidos, « El Puente de la Libertad ». Las compuertas de la represa se abrían ante mí. Un camino hacia mi añorada Libertad. El precio que tendría que pagar era el de partir sin nada, sin dinero, sin joyas, sin documentos. Sólo con un pasaporte sellado: Nulo. En mi corazón, los tesoros de mi primera vida, mis lecturas, mi música, mis amistades y mis recuerdos. Ese bendito día de un mes de abril de 1966 en que volaba hacia un nuevo mundo, lloré de alegría. Lloré de alegría de estar viva, de poder comenzar de nuevo de cero, de renacer.

Sin embargo, debía estar escrito que yo viviría bajo cielos diversos, en contacto con culturas y lenguas diferentes. Mi paso por ese primer país que me acogió con los brazos abiertos fue breve. Aún así, tengo que reconocer mi deuda pues  contribuyó a mi Libertad, a mi emancipación y guió mis primeros pasos de mujer adulta.

Venezuela fue la segunda etapa de mi largo vagabundeo. Cuando salí de Cuba tenía las manos y el corazón vacíos. Pude entonces reunirme con mi querido hermano, a quien no veía desde la edad de ocho años. Conocer a mis sobrinos y mi sobrina. Formar parte de una gran familia.

Obligada a dejar mi Patria sin documentos, por culpa de los dictámenes de la Revolución, nada atestaba la validez de mis estudios. Tuve que rehacer mi bachillerato para poder comenzar los estudios en la Universidad. Mis sacrificios no fueron inútiles. Obtuve un diploma de profesora de lenguas, de literatura y de traducción. Algunas semanas más tarde, enseñaba en esa misma universidad que me había acogido. Mi estancia en Venezuela, ese otro país a quien debo tanto, duró diez años.

Al llegar a París, por una temporada prevista por un año, ¿hubiera podido sospechar acaso que mi estancia sería por un tiempo indefinido? ¿Cómo adivinar que el encuentro con la ciudad de mis sueños de adolescente se transformaría en una pasarela entre el mundo y mi ser?, que en este nuevo país que me acogió en su seno echaría las anclas de mi navío?

Eyda en California, EE.UU. en 2009.

Eyda en California, EE.UU. en 2009.

El camino ha sido largo y doloroso. Sembrado de rosas y de espinas. Poco importa el precio que tengamos que pagar por la Libertad: Libertad de pensar, de crear, de amar, de disentir, de dudar. Si nos falta un solo átomo de los elementos que componen la Libertad, la vida pierde todo sentido.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz.

Te recuerdo con inmenso cariño y simpatía,

Félix José Hernández.

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4 pensamientos en “El largo camino de Eyda hacia la Libertad

  1. La historia que se repite en la inmensa mayoria de los exilados cubanos,nuestra patria cayo en las manos de un loco enfebrecido de poder,hay de los que vean su final,no querran recordarlo.

  2. Enternecedor este relato. Muestra de una gran sensibilidad. Sentí como si estuviera escuchando a Eyda frente a frente contar sus proezas para lograr sus sueños. “El cielo es el límite”

  3. Cada vez que te leo, siento una mezcla de sentimientos y sensaciones, angustia, miedo, admiración, rabia, ternura, en fin, creo que todas, y un deseo grande de volver a verte y poder hablar contigo, y recordar nuestros tiempos en la Universidad, tú, mi profesora, yo, tu alumna, además de amigas. Junto con M. Martín, quien se nos adelantó al encuentro con el Señor. En fin, te extraño

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