Cuestionando la Salud Pública Bajo Una Dictadura

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Por:  Prof. Rolando Alum (1)

A pesar de la incontrovertible evidencia sobre las fallas del sistema de salud pública en Cuba, seguimos viendo escritos que desinforman acerca de la realidad en la isla.  Por ejemplo, la revista científica estadounidense Science de 30 de abril de 2010 publicó un pequeño artículo en el que se alaban los apócrifos logros de la medicina cubana a partir de 1959. (2) Entre otras cosas, el escrito arguye que, a pesar del boicot comercial de EE.UU. contra el ya super-longevo régimen de los fraternos Castro, sus supuestos avances con relación a los índices de salud de la población “son admirables.”  Pero los autores fallan al aceptar sin cuestionar (grave error básico en las ciencias) las estadísticas y el discurso propagandístico de La Habana.

Los hermanos Fidel y Raúl Castro llegaron al poder en 1959 con un innegable apoyo popular.  Esa popularidad se fue desvaneciendo al ellos convertir al país en una sociedad inmensamente más cerrada, militarizada, corrupta, y subdesarrollada de lo que era antes.  Los presuntos logros en la salud pública son una de las poquísimas excusas que les queda para justificar su rígido régimen de más de medio siglo.

Con el objetivo de comprender mejor cómo funcionan en la práctica los servicios médicos allá nos referimos al reciente libro de la colega antropóloga Katherine Hirschfeld, Health Politics and Revolution in Cuba Since 1898. (3) Es lamentable que el reporte publicado en Science lo ignore; pero en dicho volumen se encuentran las respuestas a los argumentos sin validez (que por cierto, no son nada novedosos) que exponen los autores del artículo. (4)

Atraída precisamente por los proclamados resultados en la salubridad, Hirschfeld fue a vivir Cuba a mediados de los años 90.  Allí devino en otra intelectual extranjera más cuyo idealismo ingenuo se desvaneció.  La joven estadounidense experimentó en carne propia las condiciones de estilo orwelliano de la Cuba de hoy, sobretodo al contraer la fiebre del dengue.  Pero, como las autoridades habían declarado (con fines de propaganda) que esa enfermedad de origen africano había sido “erradicada,” lo irónico fue que ella no podía ser diagnosticada y recibir tratamiento médico adecuado.

La autora fue internada en un hospital de Santiago de Cuba en donde tuvo otra experiencia surrealista de estilo kafkiano.  Ella encontró el centro médico militarizado (como lo son casi todas las instituciones allá), antihigiénico, sobre-poblado de pacientes, sub-equipado, y atendido por escasos facultativos (nunca fue examinada por un médico).

La otra paradoja es que, como norma, Cuba envía personal médico “de exceso” –a cambio de dólares y petróleo– a la Venezuela del excéntrico ex-golpista Hugo Chávez (ahora convertido en “socialista del Siglo XXI”).  A manera de paréntesis, notemos que muchos de los profesionales cubanos aprovechan la oportunidad para desertar allí, pasando luego a otros países.

Hirschfeld concluye que el sistema de salud post1959 sí llegó, con el tiempo, a los rincones más apartados del país.  Pero, confirmando los testimonios por décadas de numerosos observadores, así como de los ya millones de exilados, este relativo acometimiento acarrea un caro precio político-opresivo.  La antropóloga describe cómo la estructura médico-social forma parte del complicado aparato represivo de control socio-legal.  Todo personal médico es considerado un “soldado revolucionario” cuya lealtad debe ser hacia el estado, no a sus pacientes.  Incluso, parte del currículo universitario conlleva el aprender a espiar a sus propios pacientes, como nos lo relatan médicos cubanos recién emigrados.

De todos modos, Cuba está lejos de ser el paraíso médico que se pinta en Science.  Hirschfeld clasifica los servicios médicos cubanos en tres estratos “sin dudas desiguales,” lo que representa una especie de apartheid socio-médico segregacionista.

El primero es para la jerarquía oficial privilegiada, así como para ciertos extranjeros (los huéspedes gubernamentales gratuitos y los “turistas de la medicina” que pagan con los “malditos” pero codiciados dólares, o sus convertibles “chavitos”).  Esa clase superior de servicios –en donde no escasea nada y a la cual el ciudadano común no tiene acceso– es la que tanto celebran ciertas personalidades extranjeras que se convierten en portavoces del gobierno al repetir sin cuestionar las consignas oficialistas.

La segunda categoría –de inferior calidad– es para la población común, los “de a pie.”  A diferencia de lo que difunde el discurso oficialista, los servicios médicos no son un derecho, sino un privilegio condicional otorgado por la élite política.  El pueblo tiene que demostrar gratitud eterna a esa cúspide directriz, tal como ocurría con casi todos los aspectos cotidianos bajo la tiranía de los hermanos Rafael y Héctor Trujillo en República Dominicana [1930-61] y en la Rumanía del autócrata comunista Nicolae Ceauşescu [1965-89]. (5)

En efecto, análogo a los tiempos de Trujillo y Ceauşescu en sus respectivos países, nadie gana ni merece nada en Cuba por sus propios méritos.  Todo –desde un simple empleo hasta el acceso a la educación universitaria y los servicios de salud– tiene que ser percibido como producto de la “magnanimidad” paternalista de la cúpula dirigente.  Simbólicamente todo es propiedad del Máximo Líder (traducción literal de Führer) y sus herederos políticos.  Es más, tal parece que el inventario de las pertenencias de la alta dirigencia comprende también a personas: desde atletas y artistas, hasta intelectuales y científicos, incluyendo en especial a todo profesional médico. (6)

Al igual que bajo el trujillato y la tiranía de Ceauşescu, los Castro han creado –con toda intención– un clientelismo para todos los servicios dependiente del omnipotente  estado.  El sistema médico oficial, además, funciona en coordinación con los Comités de Vigilancia (la versión cubana de los “caliés,” los espías de barrio trujillistas), por lo que los marginados y disidentes políticos confrontan una grave desventaja médica.

Eso se comprobó de nuevo hace semanas cuando se presentaron en las salas de emergencia habaneras varias “Damas de Blanco.”  Ellas habían marchado pacíficamente por unas pocas calles pidiendo la liberación de presos políticos, que incluye médicos disidentes (algunos de los cuales son afro-cubanos).  Las Damas fueron víctimas de golpizas propinadas por las “brigadas de respuesta rápida” que constituyen la exégesis castrista de los Tonton Macoutes del Haití bajo la dinastía déspota de Papa y Baby Duvalier [1956-86].  Pero, según los recién llegados a quienes hemos entrevistado, a los médicos que accedieron a atender a las Damas se les prohibió indicar en sus informes la causa legítima de los traumas de las pacientes.

El tercer estrato de cuidado médico, el más popular, lo constituye una vasta red informal a la que el cubano común y corriente recurre al no poder depender del sistema oficial.  Hirschfeld describe cómo es típico que profesionales de la medicina ejerzan de forma clandestina a cambio de efectivo o de pagos en especie (por ej., comestibles y/o medicamentos y enseres domésticos, ya sean malversados de agencias estatales o enviados por exilados).  Esa red fantasma –un subgénero del mercado negro– está ligada al “sociolismo,” en mofa al socialismo oficial.  O séase, acceso a ese nivel subterráneo de servicios médicos depende del amiguismo y de los recursos que uno pueda agenciarse para, como se dice allá, “resolver” (esto es, a corto plazo).

Los datos de Hirschfeld confirman que un sinnúmero de servicios en Cuba sobreviven a cuenta de los envíos caritativos de los cubanos en diáspora a través del mundo.  Lo insólito es que el Exilio donante –que tácitamente subvenciona esos servicios– es blanco constante de ataques histriónicos y llenos de inquina perversa por parte del régimen y de sus más estridentes partidarios en el extranjero (ej., insultos etnocéntricos tales como “la mafia…histérica…de Miami,” etc.).

En escritos anteriores (publicados en otros medios) comentábamos sobre los paralelos entre algunos dictadores pasados y presentes, tanto de la “derecha” como de la “izquierda” ideológica que ridículamente pretenden ser “á vie,” vitalicios. (7) Es habitual que sus respectivos apologistas acomodados en el extranjero encuentren pretextos que los justifiquen.  Los trujillistas se jactaban de que, resonante de Mussolini, Trujillo había institucionalizado el nacionalismo y “puesto al país en el mapa mundial.”  De  igual modo, la dictadura revolucionaria cubana –ahora con un toque de dinastía gerontocrática monárquica (pasándose el poder de envejeciente hermano a hermano)– arguye que ha transformado a ese país-isla en una “potencia médica mundial.”

Esa es la imagen que pretende presentar Science; y lo irónico es que esa revista es patrocinada por la Asociación Americana Para el Avance de la Ciencia (conocida como la AAAS, por sus siglas en inglés).  No obstante, un par de años atrás, Hirschfeld había desmoronado ese mito ya con cuidadosas estadísticas y observaciones vivenciales propias; pero de poco vale si Science no reconoce esas investigaciones.

Por cierto, debemos observar que aun así, en su estudio Hirschfeld quizá no le da  suficiente crédito a la Cuba de ayer.  La era republicana (1902-59) –aunque  imperfecta– alcanzó niveles socio-médicos muy altos en comparación con otras naciones, incluso europeas (como la propia España, la ex-metrópolis).

Efectivamente, en las cinco décadas y media que siguieron a la intervención estadounidense (1898-1902) que puso fin a la Guerra de Independencia (1895-98) Cuba estaba a la cabeza en muchos renglones socio-estadísticos.  Y aclaremos que eso se logró a pesar de la corrupción reinante a través de la república que culminó con la sangrienta dictadura de casi siete años de Fulgencio Batista (1952-59), que a su vez trajo como consecuencia la Revolución de 1959.

El limitado espacio no nos permite esbozar otros temas relacionados, como son:      a) la alta incidencia de abortos y la baja tasa de natalidad en la Cuba actual;  b) la desnutrición sin precedentes (insólito en una isla con recursos naturales agrícolas tan ricos);  c) la alarmante alta incidencia de depresión mental, correlacionada con el suicidio;  d) y el abuso de la psiquiatría como un arma de tipo fascista de cruel subyugación gubernamental (ej., el caso del escritor marxista afro-cubano, y ex-embajador en áfrica, Walterio Carbonell [1920-2008], internado en un hospital psiquiátrico después de servir una condena a trabajo forzado por diferir del régimen).(8)

No obstante, más tarde o más temprano, el mundo exterior llega a conocer verdaderamente sobre las vicisitudes de la vida diaria de un pueblo oprimido.  Por ejemplo, en Europa oriental se pudo verificar después de la caída del sistema comunista.

La también colega antropóloga Katherine Verdery resume en sus etnografías las odiseas del pueblo rumano bajo Ceauşescu.  Estas incluían: escasez,  racionamiento, colas, desnutrición, miedo, terror, represión, pesimismo, fatalismo, etc.  Todo eso –así como la manipulación y alteración de las estadísticas oficiales a favor del gobierno– es típico de lo que Verdery llama “las economías de la escasez” característica de los países con planificación centralizada [ver Nota 5].

Dichos factores, por supuesto, afectan también el ámbito de la salud pública,            sobretodo la salud mental de la población y la psique nacional (como se puede palpar en la actualidad entre los cubanos con su “doble moral” [ver Nota 8]).  En el caso de Rumanía, como lo narra Verdery, no fue hasta la Revolución de 1989 –que derrocó la hegemonía de Ceauşescu– que la realidad acerca de la opresión en nombre del socialismo rumano se conoció mejor en el exterior. (9)

Mientras tanto, recalquemos que el rol de todo científico legítimo es el de recolectar datos, y de analizarlos y reportarlos con la mayor objetividad posible.  En este aspecto, la profesora Hirschfeld se ha ganado un merecido respeto en su descripción del sistema médico castrista. (10) A diferencia de Hirschfeld, Science repite consignas oficialistas, en vez de emplear métodos empíricos, como se espera de académicos comprometidos con la búsqueda –y el avance— de la legitimidad científica.

NOTAS

1. Antropólogo latinoamericanista, regente de DeVry University (New Jersey, EUA) <Rolandnj@Yahoo.com>.

2. Paul Drain & Michele Barry, “Fifty years of U.S. embargo; health outcomes and lessons;” Science (Vol. 328:572-73; April 30/10) — ambos autores afiliados a Stanford University, en California.

3. El libro de Hirschfeld fue publicado por Transaction Books (2008) [ver Notas 7, 9 y 10].

4. Por cierto, el boicot comercial –mal llamado “embargo” (que el gobierno cubano titula “el bloqueo”)– es un tema complejo.  Tal como apunta Hirschfeld, Cuba comercia con todos los todos países sin trabas; y desde hace años importa incluso de EE.UU. muchos renglones exentos (ej., precisamente productos médicos y comestibles).  Pero al menos por ahora, Cuba tiene que pagar en efectivo a los abastecedores  estadounidenses, mientras que puede hacer maniobras de crédito con el resto del mundo, excepto que –como es notorio– el Gobierno Revolucionario es mala paga y la deuda externa es insostenible.

5. Sobre Trujillo, vid. Lauren Derby, The Dictator’s Seduction; Politics and the Popular Imagination in the Era of Trujillo (Duke University Press, 2009) [ver Nota 7];  y en cuanto a Ceauşescu, vid. K. Verdery, What was Socialism and What Comes Next (Princeton University Press, 1996) [ver Nota 9].

6. Cuando la controversial Dra. Hilda Molina cayó en desgracia, Fidel Castro mismo dijo que la célebre  neurocirujana no se le permitiría salir de Cuba porque “su cerebro…le pertenecía a…la revolución.”  Eso es como decir que ella es –al menos metafóricamente– pertenencia suya como el “centro carismático de la nación” (si se me permite aplicar a F. Castro la etiqueta que Derby usó en referencia al absolutista dominicano R. Trujillo [ver  Notas 5 y 7]).  Gracias a las gestiones del matrimonio presidencial argentino Kirchner, a Molina se le permitió emigrar a la Argentina en el 2009.  Sus reveladoras memorias acaban de ser publicadas en Buenos Aires: Mi Verdad; de la Revoución Cubana al Desencanto (Planeta, 2010).  Para más información sobre este célebre caso, buscar en CubaNuestra Digital <www.cubanuestra.nu/>.

7. Por ej., R. Alum, “La seducción dictatorial;” EL CARIBE (Santo Domingo), Nov.14/09:17, en donde tomé como base el libro de la historiadora cultural Derby sobre el trujillato (citado en la Nota 5).  Véase también: R. & A. Alum, “Review-article of K. Hirschfeld, ‘Health, Politics & Revolution in Cuba’,” Cuban Affairs [Univ. of Miami], 3:3, 2008;  y “La Antropología Política de la Antropología Médica,” LA ILUSTRACIóN LIBERAL (Madrid), 40:86-98, 2009 [ver Nota 3].

8. A pesar de la manipulación gubernamental de las estadísticas, se sabe que Cuba tiene la tasa de suicidio más alta del continente, tal como lo describe José Azel en su magnífico reciente libro, Mañana in Cuba (University of Miami Press, 2010).  Quizá con más transcendencia política aún son los prisioneros y otros disidentes políticos que se declaran en huelga de hambre.

9. Aunque los antropólogos de todas partes del mundo son usualmente instados a deconstruir (en la terminología de Foucault) las dictaduras en general, las críticas al totalitarismo comunista son raras entre los antropólogos; Hirschfeld y Verdery representan dos excepciones encomiables.  Ellas siguen el llamado del famoso antropólogo funcionalista polaco-británico Bronislaw Malinowski (1884-1942) de impugnar –en toda situación– los principios del ideal cultural, contrastándolo con el comportamiento observable.  Por cierto, Verdery comienza su libro con una jocosa cita que define el socialismo que subyugó a los rumanos por décadas como “la ruta más larga y dolorosa del capitalismo al capitalismo” [ver Nota 5].

10. La politóloga australiana Elizabeth Kath ya completó su libro con un tema parecido al de Hirschfeld acerca de la salud en Cuba; y a pesar del título, llega a conclusiones similares; vid. Kath, Social Relations and the Cuban Health Miracle (Transaction Books, 2010).

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