Testimonio de Julito Prado


Mi barrio de La Habana, donde pasé: infancia, adolescencia y juventud.

París, 4 de agosto de 2010.

Querida Ofelia,

Te envío el interesante testimonio de Julito. Nos conocimos hace ya más de treinta años y hemos tenido la oportunidad de compartir junto a nuestras respectivas familias en París,  Londres y  Miami. Deseo demostrar- como si fuese necesario- que contrariamente  a lo que proclama la propaganda castrista, tan repetida por  los “tontos útiles” que pululan por  estas tierras del Viejo Mundo, el exilio y la emigración cubanos compuesto por  cientos de miles de cubanos incluye en su seno a personas que pertenecieron a todas los estratos sociales sociales, grupos étnicos, religiones e ideas políticas que han existido en nuestra Patria antes  y después de la llegada al poder de los tristemente célebres hermanos Castro el 1° de enero de 1959.

Julito-“Tu  deseo de saber  cómo logré «ser libre» porta el germen de la ambigüedad porque …¿somos verdaderamente «libres» si en la realidad no podemos – por las razones que se saben- ir cuando nos plazca a la tierra que nos vio nacer?  Dejando tal «previa» a buen recaudo te explicaré como llegué a Francia a principio de la década de los ochenta.

Siempre he pensado, y esto es una manera reaccionaria de razonar,  que no fue práctico para mí tener poco más de 15 años  el 1ro. de enero de 1959 .  No había tenido la edad para participar en el combate de parte del pueblo cubano contra el régimen autocrático de Fulgencio Batista, no había concluido aún el bachillerato y estaba lastrado como tantísimos otros por un desconocimiento casi absoluto del contexto del mundo  de la postguerra  y subsecuente Guerra Fría  en plena mitad del siglo pasado. No obstante, no estaba cegado y eso lo debo a mi padre, y también a algunos de  mis profesores. Había sido testigo  cercano de hechos capitales como los asaltos a Radio Reloj y al Palacio Presidencial, sin olvidar la también fallida acción contra el matancero Cuartel Goicuría. La Sierra Maestra y las lomas del Escambray estaban  totalmente fuera de mi ámbito. En aquellos tiempos tan particulares  y difíciles, mis padres vieron rodar por el piso buena parte de sus proyectos. Así se llegó al enero de marras  bajo una precaria situación que pivoteaba alrededor del único sueldo que entraba en casa, el de mamá. Ella era maestra de una escuela  pública  y a mi padre lo habían cesanteado por razones de política politiquera  a principios de 1958,  de su magnífico puesto en el Ministerio de  Hacienda,  al tiempo que  la práctica privada  de su  bufete  no aportaba prácticamente  nada.

Mientras que los jóvenes y los no tan jóvenes combatían o resistían como podían  al batistato, mi padre debió intervenir gracias a sus muchas relaciones  en favor de más de uno de los que habían ido a parar a los calabozos de Batista. Un día, en Matanzas, vi horrorizado las espaldas laceradas por el bicho‘e buey de dos de mis primos mayores,  quienes  al día siguiente  partieron  hacia Milwakee.  Paralelamente en la  escuela privada donde estudié durante once años, había  varios  «grandes» que estaban en el “ajo”. Entre  ellos  algunos desaparecieron  de las aulas y   posteriormente se supo que habían partido dos a Miami como exiliados, otro a la Sierra Maestra. Todos, incluyo a  mis dos primos,  reaparecieron como tenientes rebeldes  de la clandestinidad  a mediados de enero del 1959. Durante las mismas semanas se  decía que Santiago de Cuba sería en lo adelante la capital cubana y proliferaban unas inéditas pintadas de “Cuba Federal”.  También se repetía  que todos los exámenes realizados durante el curso anterior serían anulados obedeciendo a una especie de  gesto solidario  con los  estudiantes que habían luchado contra el régimen de Batista… la  típica manía cubana de «las bolas.»

A la euforia inicial sobrevino para mí  en muy pocos, pero verdaderamente en poquísimos meses,  la desilusión y la inquietud.  Que así fuera lo  debo en primer lugar a mi Padre pero  diría que  en mayor medida al profesor que nos impartía  por entonces Química I y II.  Se trataba de un catalán que  –había sido teniente coronel del ejército republicano español hasta la debacle en la Barcelona de 1939. En la desbandada posterior al «no pasaran» -que sí pasaron, por cierto- fue a parar a Perpiñán luego de atravesar  penosamente  los nevados Pirineos con mujer e hijo de meses. A continuación fue acogido como a tantos otros  por el México de Lázaro Cárdenas. Pero ya en 1943 vivía en La Habana.  Hombre de ideas de izquierda si uno había,  ya no pensaba igual en 1959 que en 1939 y portaba la «experiencia  del poder» -para utilizar la formula de Marcelino Domingo- y el sufrimiento de una guerra fratricida bajo la férula de un extremismo sectario como raramente  jamás fue vista en otros escenarios.  Poco se ha reflexionado, menos se ha difundido – aquí los historiadores tendrán un día tela por donde cortar si los archivos no son escamoteados-  acerca de la influencia de parte del exilio republicano español en las luchas contra Batista, en la toma del poder por Fidel Castro y en el vertebrar  un  incipiente poder hegemónico fidelista.  Mi profesor «sabía.»  Como más allá del aula, era visita de su casa por mi amistad con su hijo, tuve tiempo sobrado de beber de lo que él había vivido, incluso más que su propio hijo.

Los años 1960 y 1961 fueron en Cuba de una violencia inédita en lo político y sobre todo en lo social.  Cuando en abril de 1961 se produjo el desembarco en Bahía de Cochinos, con el desenlace que se sabe, concluyó el período durante el cual los que se marchaban de la isla lo hacían pensando que retornarían unos seis  meses más tarde. Pensaban   que los americanos resolverían el Caso Cuba, porque “no iban a tolerar un régimen comunista a 180 kms, de sus costas”.  Todos aquellos ingenuos ignoraban que las cartas estaban marcadas y que un período de eterna complacencia y tolerancia para con el castrismo y su Líder Máximo acababa de comenzar.  La llamada Crisis de los Mísiles de Octubre 1962 no haría sino confirmar tal aserto.  Mientras que esto ocurría,  la sociedad seguía  militarizándose. Los códigos de comportamiento cambiaron y la doble moral del ciudadano cubano hizo eclosión con el oportunismo y la cobardía como referencias  absolutas. Pero la vida no es como el arte, no admite clasificaciones, no tiene géneros. Sobrevino la división en el seno de las familias y con los CDR (comités de defensa de la Revolución), –nefasto logro del fidelismo- el Estado enemigo pudo penetrar por efracción en  nuestros hogares. Fueron muchas las familias divididas por la infamia política. Las consecuencias que ello conllevaba para el joven de 18 años que era yo entonces, sólo puede valorarla quien las haya sufrido en carne propia.

Vista actual de la escalinata de la Universidad de La Habana, alrededor de la cual transcurrieron muchos años de mi vida antes de mi salida hacia Francia en 1981. Nótese el local cerrado de la antigua Librería Alma Mater en la cual trabajé dos años antes de su cierre definitivo.

Por su parte la  Universidad no abrió totalmente sus puertas  porque el naciente Estado totalitario había decidido conectar  la sectaria Reforma Universitaria con la instrumentación de nuevos planes de estudios, conformes  con la doctrina marxista. La autonomía universitaria desapareció conjuntamente con la secular hegemonía de los consejos de escuelas, sobre toda modificación de los cursos a impartir. La dictadura había llegado para quedarse y era indispensable eliminar de las universidades todo posible fermento de rebeldía.  Se instituyó el examen de ingreso sobre criterios políticos y las escuelas  hacia las que yo  hubiera deseado orientarme, las de  Derecho y de  Ciencias Comerciales, no abrieron matrículas  de primer año en aquel período.

Decidido a huir, mis padres me “emanciparon” legalmente ante notario porque la ley así lo estipulaba. A continuación un  charlatán me hizo perder un tiempo precioso, al prometernos una visa venezolana que jamás existió.  Cuando opté por   pivotear mi  vía hacia  Los Estados Unidos de América  -primavera de  1962 – la espera se había incrementado, porque fue el momento en que numerosas  personas solicitaban   lo que ya por entonces se llamaba “la salida definitiva del país”.  A esa altura, y no diez meses antes,  debí recomenzar desde cero y ni siquiera una vigencia del antiguo Ministerio de Gobernación que había pagado  a mediados de 1961, me servía para viajar.  Conservo en mis archivos ese precioso documento.  Como a partir del 22 de Octubre de 1962, los tres vuelos diarios entre La Habana y Miami fueron suspendidos definitivamente  me quedé en un  limbo una vez más  en mi empeño de huir de la isla.  Vinieron a continuación  tres años de infructuosas gestiones buscando una visa de México jamás obtenida. Hubo otros fracasos alrededor de intentos que no describiré aquí, porque pueden  considerarse comprometedores, hasta que surgió la llamada “disposición para varones entre 15 y 27 años” que  a  partir del  éxodo masivo de Camarioca, en el verano de 1965, impedía a esa categoría de ciudadanos la emigración legal.  Al encontrarme en  tal  franja de edad, sólo podía  esperar a junio de 1970 para cumplir   los ansiados 27 años.  Ese cumpleaños, sin que yo ni nadie lo supiéramos  coincidió casi con otra “ley” del Ministerio del Interior castrista que se conoce como “el cierre del 31 de Mayo de 1970” (también “nuevas disposiciones emigratorias”), merced a las cuales las restricciones inmigratorias fueron llevados a extremos en lo adelante legales, pero sometidos a la arbitrariedad y, valga la redundancia.  Mi solicitud de salida de Cuba fue denegada y a partir de entonces  tuve que trabajar  para subsistir –y también para obviar otra exquisitez castrista denominada “la ley contra la vagancia”-  como peón en un  lúgubre depósito de materiales de construcción, no obstante mi formación. Pasé ese periodo en medio de grandes dificultades y como ya había sido expulsado por motivos políticos de la Universidad de la Habana, era una persona “negativa” y totalmente “fichada” en todos los controles policíacos del aparato represivo.

A partir de 1970 era prácticamente imposible salir legalmente de Cuba a menos que las autoridades  necesitaran la vivienda o el automóvil del solicitante; caprichos así. Al no tener familiares directos en el exterior, no quedaba otra alternativa que hacer enroque o intentar una fuga clandestina.  También estaba fuera de mis posibilidades el viajar allende los mares como miembro de una delegación gubernamental de cualquier tipo. Ni para eso ni para tener empleos en los que mostrar ardor revolucionario y militancia sin falla  era elegible. Los códigos del sistema seguían siendo los mismos. Y corriendo el tiempo  llegaron un buen día   los sucesos de la  Embajada del Perú y el subsecuente éxodo del Mariel. Desconfié erróneamente  de  la validez de lo primero. Sin  embargo  fui  “reclamado” por más de seis embarcaciones que fueron a  buscarme al que se convertiría en puerto famoso.  Sólo que, borrando y censurando  las listas de los solicitados, el  siempre original Ministerio del Interior  cubano me suplantó por enfermos mentales y patibularios delincuentes, hoy instalados en “Yankeelandia”, sumados a  ese enorme contingente de emigrantes económicos  -que no exiliados-  que hacen cada vez que pueden el viaje a Cuba cargados de dinero y de regalos.  Fue en ese contexto que el gobierno de Francia ofreció entrada legal a 500 cubanos. Dos de esas visas fueron para mi esposa y para mí, de suerte que llegamos a París  a comenzar una nueva vida, provistos de residencia legal y de un permiso de trabajo.

En los 30 años transcurridos desde entonces a la fecha hemos vivido integrados a esta sociedad francesa  donde nació nuestro hijo, que hoy día  ya  trabaja después de haber completado su formación universitaria en una de las mejores instituciones del país. Mirando por encima del hombro hacia atrás  no podemos ni imaginar cuál hubiera podido ser  nuestra propia vida ni el estado de un país como Cuba hoy día, si “el general” Batista  no hubiera interrumpido en 1952 el ritmo constitucional (imperfecto, pero osamos pretender  que en vías de mejorar progresivamente), que dando traspiés,  había comenzado en la isla allá por el 1902.  Mucho más difícil es intentar comprender qué habría ocurrido en nuestro país si todos los que huimos del castrismo hubiésemos  adoptado la vía de la resistencia,  al menos pasiva, pero resistencia al fin,  de quien como mi padre –que jamás renovó su pasaporte después de 1959- proclamaron, predicando con el ejemplo, aquel sonoro: “Yo no me voy, los que tienen que irse son Ellos.” Durante algún tiempo no lo comprendí, pero hace mucho que le di la razón.  Concluyo recordando que este  último ejercicio retórico quasi inútil hace pensar en la lapidaria frase de Azorín: ‘la vida sólo se vive una vez.’ Parco y preciso.”

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras del Viejo Mundo, de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Luis Ruiz, de las prisiones castristas a La Libertad francesa

El Gran Inquisidor. Luis Ruiz.

París, 29 de julio de 2010.

Querida Ofelia,

al igual que a otros amigos sinceros, le pedí a Luis Ruiz su testimonio sobre cómo logró ser Libre junto a su esposa e hijos. Pensaba que no lo obtendría, pues él es un hombre discreto, reservado, al que nunca he escuchado vanagloriarse o tratar de ser líder máximo como algunos personajes egocéntricos y megalómanos que rondan por estos lares. La pareja formada por Luis y Nilda, su encantadora esposa, son un ejemplo del mejor espíritu de cubanía, de esa idiosincrasia que nos formó y nos hizo como eran nuestros padres y abuelos. Tenemos que dar gracias a Dios por habernos salvado del homo novus cubensis mutans con que “soñó” el Ché.

Luis Ruiz: “Desde comienzos de la Revolución en 1959, con apenas trece años, me alisté en la AJR (Asociación de Jóvenes Rebeldes) y a mediados del año siguiente, junto a otros miles de jóvenes de todo el país me marché a la Sierra Maestra a pasar la llamada prueba de los “Cinco Picos”, que consistía en escalar cinco veces el pico Turquino, nuestro Everest nacional.

Pasé unos diez meses en la sierra, “subiendo y bajando picos”, y haciéndole la vida un poco imposible a los campesinos de la zona. Fui enviado más tarde a pasar una formación como artillero en la base Granma de Pinar del Río y posteriormente fui ubicado en una unidad de artillería durante tres años hasta mi desmovilización de las Fuerzas Armadas a finales de 1963. Me contrataron a principios de 1964 como dibujante en la revista Mella, el órgano de la AJR en aquel entonces.

Mi afición por el dibujo remonta a mi infancia. Como es lógico: Batman, Superman, Dick Tracy, The Spirit, Tarzán y tantos otros titanes de los cómics de aquella época me apasionaban. Pero también mis padres, familiares, amigos y profesores del colegio de Los Hermanos de La Salle, del Cerro, tuvieron mucho que ver para que mi sueño de llegar a ser dibujante profesional se materializara.

Ya como parte del equipo del Mella y ayudado por algunos artistas de talento y de gran experiencia como Virgilio Martínez, el creador del conocido personaje Pucho y del historietista español Juan José López (de regreso a su país, él crearía el célebre personaje Superlópez), logré ir alcanzando el nivel profesional necesario para poder desempeñarme en lo adelante como dibujante de prensa.

Un año después, como resultado de la fusión de la revista Mella con el diario La Tarde surgió el cotidiano Juventud Rebelde y su suplemento humorístico El Sable, ( más tarde el DDT), dirigido por Marcos Behmaras. Un semanario con pretensiones “críticas” –que realmente duraron muy poco- del que formé parte junto a otros caricaturistas como Virgilio, el gallego Posada, Juan Padrón, y Manuel entre otros, y en el que me mantuve trabajando, al mismo tiempo que colaboraba con otras publicaciones como el Caimán Barbudo, Prensa Latina, el Instituto del Libro, etc., hasta principios del año 69, cuando una nueva dirección de corte estalinista tomó las riendas del periódico y una parte del equipo decidió partir. Entre ellos yo.

Fue durante ese período en el que conocí a Nilda, mi bella y siempre solidaria esposa. En 1970, el año de “Los diez millones (no) van”, nació nuestro primer hijo, Corisco. Al año siguiente nos llegó el segundo, Marlon.

Fueron años convulsos. El plan mordaza ya se había instalado definitivamente y la “dictadura del proletariado,” continuaba, a golpe de hoz y de martillo, su obra de demolición nacional.

El éxodo de Camarioca, la creación de los campos de concentración conocidos como las UMAP (Unidades militares de ayuda a la producción), el caso Padilla y por extensión la represión ya generalizada en toda la isla, sin olvidar la desastrosa “Ofensiva Revolucionaria,” que hundió el país en una escasez y miseria irreversible, fueron algunos de los acontecimientos más relevantes que jalonaron toda esa década y que me marcaron definitivamente. A partir de ahí decidí aislarme, aunque continué trabajando para algunas publicaciones ministeriales y como profesor de ilustración y dibujo en la Escuela de Diseño del Vedado.

Fue a mediados de los años setenta cuando comencé a realizar una serie de caricaturas con el objetivo de publicar un libro en Estados Unidos junto con José Vives, un amigo poeta que más tarde trabajaría como periodista en Radio Martí y un primo mío, escritor, Manuel Matías, quién luego continuaría su obra literaria en los EE.UU.

Otro amigo, Edmigio López Castillo, ex diplomático cubano se encargaría de sacar nuestros trabajos del país por vía diplomática a través de una tercera persona nombrada Isis Caballero.

Lamentablemente, Edmigio fue “servido” por esta buena señora y días después sería arrestado por la policía política en plena calle, en posesión de algunos documentos “comprometedores” de su propiedad y de un sobre con una veintena de mis dibujos.

La Jaula. Luis Ruiz.

Tres días después, el 28 de Marzo de 1980, la Seguridad del Estado desembarcó en mi casa. Luego de un minucioso registro que duró mas de dos horas, en presencia de mis dos hijos pequeños – mi esposa se encontraba en los funerales de su abuela esa mañana – de una pariente y de José Vives, que estaba de visita en casa en ese momento, fui arrestado, metido en uno de los carros policíacos, junto con varias cajas que contenían mis libros y dibujos, y de ahí a
… Villa Marista.

Una vez allí, el ritual de rigor: tuve que desnudarme, ponerme el clásico overol beige y me llevaron en dirección a las tapiadas. Me tocó la número trece. Una celda liliputiense, cuatro planchas de madera sostenidas por cadenas a la pared, una pequeña ventana sin vista al exterior y como toilettes, un hueco en el piso con una ducha encima y basta. Ese fue el hábitat que tuve que compartir con otros detenidos por espacio de dos meses, durante los cuales, como es lógico fui sometido a incesantes interrogatorios, amenazas de represalias contra mi familia y amigos, etc. Finalmente, y ante la evidencia de que mis dibujos, todos firmados, eran una prueba más que suficiente para encausarme. Decidieron enviarme para la prisión de la Cabaña.

Desde mi llegada fui confinado durante tres días en un minúsculo e inmundo calabozo con el piso cubierto de orine y de excrementos y poblado de cucarachas y de otros bichos. Mención especial para las ratas que me acompañaron durante esos tres días infernales.

Mi entrada en la prisión coincidió con el éxodo del Mariel. La Cabaña se convirtió en el centro de recepción para miles de presos comunes que llegaban de diferentes cárceles del país. Fueron “empaquetados” y enviados hacia los EE.UU. por esa vía. ¡Huelgan mis comentarios!

Sin palabras. Luis Ruiz.

Finalmente fui enviado con el resto de los presos políticos o los “contra” (léase contrarrevolucionarios) como nos llamaban los carceleros. Nuestra galera era la última del pasillo. Entre setenta y ochenta hombres permanecimos enlatados en esas mazmorras mal ventiladas y en condiciones higiénicas deplorables alrededor de un año. Fue un año también de conflicto con las autoridades del penal que trajo como consecuencia que una parte del grupo que nos negamos a aceptar ciertas reglas carcelarias fuéramos tapiados y privados de ciertos “beneficios” como la salida al patio y las visitas familiares durante varios meses.

Edmigio López, mi compañero de causa, Elizardo Sánchez, Raudel Rodríguez. y Eduardo Delgado. Esos dos jóvenes universitarios de gran valor personal, poco después serían condenados a muerte. Valladares hace referencia a ellos en su libro Contra toda Esperanza, fueron algunos de los que formaron parte de ese grupo, entre otros muchos compañeros de infortunio.

Estaba la Cabaña, la de los fusilamientos expeditivos, cuando mi compañero de causa

Edmigio López y yo fuimos juzgados por “propaganda enemiga” y condenados a ocho y seis años de prisión respectivamente. El caricaturista René de la Nuez y Juan Ayus, director

artístico de Juventud Rebelde, dos viejos conocidos, fueron llamados a testimoniar en mi contra, algo que hicieron sin escatimar ataques ideológicos.

Fue también en la Cabaña donde vimos partir hacia las tapiadas de la conocida prisión El Combinado del Este a Rodolfo Alonso, Abilio González y a Emilio Reloba que habían sido condenados a muerte por incendiar un par de ómnibus vacíos en un paradero en la Habana, los dos primeros, y una casa de tabaco en Pinar del Río, el tercero. Meses después los tres serían asesinados en los fosos de esa misma prisión de la Cabaña.

Estaba en esa prisión cuando me llegó la noticia de la muerte de mi padre al que, gracias a Dios, pude ver antes de partir. Él jamás soportó a Fidel Castro.

Más tarde vendría nuestro traslado para el Combinado del Este, una prisión más moderna y funcional que la vetusta prisión de la Cabaña, pero tan brutal y deshumanizada como ésta y que además contaba con un equipo de renombrados carceleros como: Guanajay, Fidalgo, Caridad, los Tenientes Calzada, Evaristo, Mejías…El capitán Ferreiro y tantos otros profesionales que se divertían en aterrorizar, humillar y apalear a la población penal y en particular, a los presos comunes.

Afortunadamente durante todos esos años siempre pude contar con la presencia de mi esposa, mi madre, mis hermanos y mis hijos durante las visitas familiares al penal, algo muy importante en esas circunstancias.

En esta prisión estuve hasta mi liberación a finales de 1985. En esa misma época fui adoptado por Amnistía Internacional como prisionero de conciencia.

Finalmente pude regresar con los míos. El reencuentro con la familia y los pocos amigos que aún me quedaban fue emotivo. No así la readaptación. El hecho de no tener un empleo, salvo unos meses que pasé como peón en la construcción. Sin dinero, a pesar de los desvelos de mi mujer, que desde mi arresto trabajó en casa como costurera para poder salir adelante. Con dos hijos ya muy pronto en edad militar y el control policíaco permanente durante casi dos años, se convirtieron en razones más que suficientes para decidirnos a abandonar el país. Gracias a mi condición de ex preso político y a las gestiones de Amnistía Internacional y de algunos amigos en el exterior, logramos salir de Cuba con destino a Francia en septiembre de 1987.

En el Aeropuerto de Orly fuimos recibidos por representantes de France Terre d’Asile y por un grupo de cubanos, entre ellos dos buenos amigos, Lázaro Jordana y Salvador Blanco, ex prisioneros también. Vale decir que esa acogida y las muestras de amistad y de solidaridad que recibimos de la parte de todos esos cubanos fue una inyección de confianza que nos ayudó a preparar el despegue para comenzar una nueva vida.

Luis y Nilda Ruiz. París, 2010.

Y ese fue el caso. Luego de una estancia en Normandía aprendiendo los rudimentos del francés regresamos cerca de París en donde compartimos techo con Jordana y familia unos meses hasta que vinimos a instalarnos en Courbevoie, en región parisina. Durante ese tiempo mi esposa comenzó a trabajar en el Hotel Hilton, mis hijos se conectaron en la moda y en el dibujo animado y yo, luego de trabajar durante un tiempo para la publicidad y como dibujante de prensa decidí pasar al dibujo animado para dedicarme a la creación de personajes y de story- boards para diferentes estudios de animación, lo que me ha permitido trabajar a domicilio durante todos estos años y, a diferencia de Cuba donde yo
“pagué” por mis dibujos, aquí soy pagado por ellos.

Lamentablemente, estando acá falleció mi vieja. Por suerte que, un año antes de su muerte pudimos traerla de visita a París y se pasó un lindo mes con nosotros.

Hoy los muchachos están casados y tienen hijos. Uno vive en Miami y el otro en Barcelona y nos vemos regularmente. En cuanto a mi esposa y yo llevamos una vida normal: viajamos, vamos a restaurantes, a museos y exposiciones, frecuentamos a los amigos, paracticamos un poco de deporte, y de vez en cuando participamos en alguna actividad política: En fin, disfrutamos de la vida y de la oportunidad que nos proporcionó este País de Libertad al abrirnos sus puertas y al cual le estaremos eternamente agradecidos por ese gesto.”

Te ruego que, como de costumbre lo hagas circular entre familiares y amigos.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.