Carta de Marta desde New York

Mi modesto hogar de la Calle Soledad N° 507 en Centro Habana. Cuando mis padres vivían en él no había rejas en la puerta ni en las ventanas. Se mantenía abierto de par en par para que entraran: la amistad, el amor, el sol y el fresco. Los tiestos con flores en las ventanas, le daban el aspecto de oasis de Libertad -siempre con alguien de visita-, en una ciudad encadenada por el régimen.

 
Carta de Marta desde New York
 
París, 25 de septiembre de 2010.
 
Querida Ofelia,
 
te escribo sólo unas  pocas líneas para enviarte la carta de mi recordada amiga Marta, que me acaba de llegar desde los EE.UU. y en la cual me escribe sobre ti, mi padre y nuestro hogar habanero.
 
La pondré como prólogo a mi noveno libro de crónicas: “Cartas de Félix José a Ofelia”, que será editado en Tenerife por el Taller-Escuela de A.F.I.Sc. eu’93.
 
Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,
 
Félix José.
 

 
 
New York, 25 de septiembre de 2010.
Querido Félix:
Ya que de cartas se trata, hagamos uso del género para complacer a un amigo, entrañable como pocos, tanto como ha sido, a través de muchos años, toda su familia, tan entrañable como Ofelia, y como Amado.
Tuve la infinita suerte de conocerlos a los dos. Infinita, porque desde entonces y para siempre me siento agradecida de haber disfrutado de su presencia. Me atraían a aquella casa de Soledad no sólo la luz y el afecto que fluían tan espontáneamente de mi eterno amigo Juan Alberto, la cortesía y amabilidad de su hermano Félix, sino, muy en particular, la acogida siempre tan especial que se dispensaba allí al visitante, sin importar su número ni indagar primero la razón de su presencia. Los rostros de Ofelia y Amado se iluminaban con sólo vernos aparecer y atravesar el umbral de su puerta. Nos hacían sentirnos verdaderos reyes y reinas felices en su trono de amor.  Aún siento el calor de las tardes a la puesta del sol, de las flores que creaba la magia de aquellas manos, del abrazo que acercaba a aquel pecho capaz de acogernos a todos como a hijos, del  apretón de manos tierno de aquel padre grande de todos. Y me pregunto: ¿Por qué los dejamos?
Como Félix, tuve la experiencia de separarme de mis seres queridos y dejarlos en circunstancias similares a las que describe Juan Alberto en la presentación del libro Entrañable Ofelia, es decir, sin posibilidades de conocer otro mundo. Mi experiencia primera tuvo viaje de regreso; la segunda, no.
Y se desata un ansia inacabable de convertirnos en pasaporte, trámite de aeropuerto, papel de aduana, compañero de viaje, avión, paisaje aéreo, aeropuerto, idioma extraño, encantador o no; gente distinta, clima, maletas, cielo, aire, fragancia, uso, alimento, cualquier cosa… que transmita fielmente lo que resulta inalcanzable, dolorosamente inalcanzable, para los que más queremos en este mundo, para aquellos a los que también debemos, en primerísimo lugar, esa realización personal, ese disfrute de lo nuevo, del mundo, del universo por el que lucharon para nosotros, que, paradójica y tristemente, aunque con todo el orgullo del mundo, sólo pueden ver a través de nosotros.
Puedo decir entonces que entiendo a Félix perfectamente y no sólo gracias a la letra y la descripción, sino al ansia infinita de los desterrados del corazón, de quienes lo llevan a todas partes sin tenerlo consigo, porque en algún lugar, por allá atrás, se quedó el de verdad, no el que late para que sigamos vivos, sino el que está lleno de nosotros.
Y me pregunto muchas veces si cada uno de los que emigra se ha preguntado si no cambiaría el mundo por un corazón lleno de un amor más grande que el mundo, como el que da una madre, un padre. ¿Puede haber un mundo mayor que el amor del corazón de un padre? Es el único capaz de llenar todo vacío. El vacío causado por toda nuestra tragedia, el que nunca nos ha permitido ser del todo felices.
Agradezcámosle a Félix, en nombre de los que se quedan, de los que sufren prohibiciones y represión, cobardía y abuso, pobreza, su afán de comunicador, de transmisor de visiones, sensaciones, conocimiento, análisis, reflexiones; de puente entre razas, culturas, idiosincrasias; su afán, en fin, de conectar a seres humanos de todos los confines con su espíritu universal de hoy, ayer y mañana.
Marta.
 
Marta Ruiz, Licenciada, M.A. Reside en la ciudad de New York.

Recuerdos de Doña Carmen Llorente

París, 21 de septiembre de 2010.

Querida Ofelia,

En muchas cartas te he escrito sobre la bellísima familia fundada por Doña Carmen LLorente y Don Fernando Domenech. No quiero repetirme, sólo te recuerdo que los conocí en 1976 en Cuba, cuando el grupo de turistas del cual formaban parte, coincidió en el habanero Hotel Sevilla Biltmore con el de libreros italianos, del cual yo era el guía e intérprete. Allí nació una gran amistad, tan grande que la consideramos hogaño como nuestra familia española.

Ellos movieron cielo y tierra para ayudarnos a salir de Cuba cuando caímos en desgracia con el régimen en 1980 y al llegar libres el 21 de mayo de 1981 al aeropuerto madrileño de Barajas, allí estaban esperándonos. Desde ese momento y hasta las Navidades pasadas en su hogar, nos hemos encontrado muchas veces en Madrid o Valladolid.

Carmen y Fernando son profundamente humanos, han sabido transmitir a sus hijos su fe cristiana y el sentimiento de solidaridad hacia todo el que ellos saben que necesita ayuda material o una mano tendida.

Le pedí a Carmen que me contara cómo vivió algunos momentos dramáticos de la historia de España, que ella vivió como testigo: la Guerra Civil, la muerte de Franco y el intento de Golpe de Estado de Tejero.

Aquí te envío los recuerdos de esta madrileña de 80 años, que presenció la Guerra Civil española a los seis años de edad.

Doña Carmen Llorente:- “Nosotras, mis padres, mi hermana y yo vivíamos en las casas militares de la Calle Maudes.

Unos días antes de estallar la revolución, asesinaron a D. Joaquín Calvo Sotelo y ya con motivo de por donde tenía que pasar el féretro hubo un enfrentamiento entre militares, entonces adictos a la monarquía y republicanos. En estas circunstancias, llevaron a mi padre y varios militares a declarar por los incidentes, y como se reafirmaron en sus convicciones, les metieron en la cárcel. Al producirse el levantamiento posterior y quedar Madrid, tras una serie de enfrentamientos, en el bando republicano, ya no salieron de la cárcel, donde estuvo haciendo trabajos forzados, hasta el final de la guerra – les liberaron al tomar los nacionales Barcelona-.

Mi madre, mi abuela Blanca y nosotras, mi hermana Blanca y yo, quedamos en la Calle Maudes. A los pocos días de hacerse con la capital de España, los republicanos (entonces los llamábamos “rojos”), enviaron dos policías a buscar a mi madre para llevarla a comisaría; como en aquel tiempo los pocos coches que había estaban requisados para el frente, cualquier desplazamiento había que hacerlo en metro o autobús. Mi madre entonces había tenido un problema serio en la pierna y les dijo a los policías que no podía acompañarles andando; éstos entonces le dijeron que irían a buscar un coche pero que bajo ningún concepto se moviera de casa.

Nada más marcharse los policías, mi madre y nosotras bajamos al piso de bajo donde vivía otro militar que había permanecido fiel a la República (Comandante Casado), y éste nos dijo que de ninguna manera le acompañáramos, porque el local a donde nos pensaban llevar era una “checa” (especie de recinto carcelario secreto y de extrema dureza, al estilo de los que luego existieron en los países del Este de Europa) y de allí no saldríamos. Mi abuela entonces se marchó a casa del embajador de Francia donde teníamos pedido un lugar por si soltaban a mi padre; ella les pidió este lugar para su hija que estaba en peligro y tenía dos niñas. El embajador aceptó, pero tenía que esperar a la mañana siguiente que viniera un chófer de la embajada a recogernos; creo que mi abuela se quiso poner de rodillas ante él por la urgencia de la situación – podían volver los policías esa misma noche –.

Ante la situación, el mismo embajador vino conduciendo el coche oficial con la bandera francesa. Allá nos metimos las cuatro desde la misma casa del comandante Casado. Mi madre no quiso subir a su casa a recoger nada por miedo a que regresaran. En la embajada de Francia (era el Liceo Francés), estuvimos un año junto con muchos refugiados a los que generosamente acogieron los franceses, aunque en condiciones muy precarias. Esta embajada fue una de las pocas que no invadieron los “rojos”, porque un familiar nuestro que estaba refugiado en la de Rumanía, no tuvo esa suerte y entraron a por ellos.

Yo de esa época recuerdo el miedo a los bombardeos y las ganas de “ver” la calle y los árboles, pero éramos muy pequeñas y no sentíamos la angustia que sentía mi madre (la situación de mi padre, en qué acabaría todo, quién ganaría aquella guerra, en fin, un montón de problemas).

Al año de estar allá, imagino que por medio de “sobornos” – no me dijeron nunca cómo ni a quién – salimos en un camión camino de Valencia, de allí a Toulouse, ya en Francia, y de allí a San Sebastián, donde vivía un hermano de mi madre. Descansamos unos días y salimos ya por territorio nacional a Palencia, donde vivía una hermana de mi madre. Allí estuvimos hasta que los “nacionales” liberaron Barcelona y vino mi padre a buscarnos.”

Hasta aquí, memorias de una Guerra Civil que duró tres años, visto por una niña madrileña.

“La dictadura de Franco, como todo el mundo sabe, duró 36 años, hasta su muerte el 20 de Noviembre de 1975. Esta fue comunicada a la población por televisión por el entonces presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro que le recordamos con voz temblorosa y ojos llorosos diciendo: “Españoles: Franco, ha muerto”.

El primer presidente de gobierno nombrado por el rey y luego refrendado en las primeras elecciones democráticas, fue Adolfo Suárez. Fue aquella una etapa para España complicada pero la recuerdo con muy buen talante y paz; la gente estaba preparada y ansiaba cambios en el país, salvo pequeños grupos violentos de partidarios del antiguo régimen, pero pudo más el ansia de libertad y democracia de la mayoría de los españoles.

Con Suárez en el poder, se legalizó el Partido Comunista (PCE); creo que fue un acto político necesario y muy bien pensado por el momento de la declaración: sucedió en Abril de 1977, en Semana Santa, con la gente de vacaciones y descansando y con la oposición de una parte importante del estamento militar, que consideraba su legalización una traición. Ello trajo consigo la llegada de muchos exiliados desde la Guerra Civil y sobre todo de Santiago Carrillo, cabeza del PCE y anatematizado por los simpatizantes del anterior régimen.

Me pides opinión o reacción de la entrada de Tejero en el Congreso de los Diputados y del fallido Golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981. Yo estaba viendo la televisión con alguno de mis hijos porque se estaba celebrando un debate de investidura cuando de pronto se armó un jaleo en la cámara y presenciamos la escena: el teniente coronel Tejero, pistola en mano y un grupo de guardias civiles disparando en todas las direcciones. A continuación, todos los diputados escondidos bajo sus asientos excepto las figuras de Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, que permanecieron sentados en sus escaños, y el teniente general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno y ministro de defensa, que hizo frente a los golpistas y permaneció de pie; en definitiva, algo bastante terrible y para olvidar o, mejor dicho, para “no olvidar”. Pienso que fue definitivo para que aquello fracasara la intervención del rey en la TV apoyando la democracia y condenando la acción golpista.

Mi esposo Fernando estaba en Madrid por trabajo y había ido acompañado por nuestro hijo Fernan. Estando allí se enteró del episodio por la radio del coche y se puso inmediatamente de camino a Valladolid ya que toda su obsesión era encontrarse con la familia y pasar el puerto de Guadarrama, que durante la Guerra Civil fue la divisoria entre las fuerzas de uno y otro bando contendiente y donde tuvieron lugar encarnizados enfrentamientos. Pues llegaron padre e hijo a casa y pudimos estar más tranquilos. Seguimos como es lógico pendientes del desarrollo de los acontecimientos hasta su definitiva resolución al día siguiente.

Otros recuerdos de aquella época son algunas canciones de la transición democrática, como una que se llamaba “Libertad” y cuyo estribillo era: “Libertad, libertad, sin ira libertad”. Otra canción muy bonita era la de un cantautor llamado José Antonio Labordeta y una de cuyas estrofas decía: “Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”. Posteriormente fue diputado por Aragón de un pequeño partido de izquierda y hoy, día 19 de Diciembre, han dado por la radio la noticia de su muerte.”

Mi padre tuvo la oportunidad de ser hospedado por Carmen y Fernando en su hogar de Valladolid cuando pudo ir a España hace unos veinte años. Fue recibido con gran simpatía por toda la familia Domenech Llorente. El siempre conservo un excelente recuerdo de aquellos días.

Hace unos días Carmen me preguntó por teléfono sobre las posibilidades que teníamos de poder volver a Cuba si regresaba la democracia. Creo que le puedo responder con un bello poema escrito en 1929 en New York por el gran Federico García Lorca:

Cuando llegue la luna llena

iré a Santiago de Cuba,

iré a Santiago,

en un coche de aguas negras.

Iré a Santiago.

Cantarán los techos de palmera.

Iré a Santiago.

Cuando la palma quiere ser, cigüeña

iré a Santiago.

Y cuando quiere ser medusa el plátano,

iré a Santiago.

Iré a Santiago

con la rubia cabeza de Fonseca.*

Iré a Santiago.

Y con la rosa de Romeo y Julieta*

iré a Santiago.

Mar de papel y plata de monedas.

Iré a Santiago

¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!

Iré a Santiago.

¡Oh cintura caliente y gota de madera!

Iré a Santiago.

¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!

Iré a Santiago.

Siempre he dicho que yo iría a Santiago

en un coche de agua negra (…)

*Marcas de puros habanos.

Doy gracias a Dios por haber podido conocer a la maravillosa familia Domenech Llorente, ella formará parte siempre de nuestros más bellos recuerdos de ese gran y querido país que es España.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

El testimonio de Fefita Betancourt

La Habana. Al centro la iglesia de Nuestra Señora del Carmen.

París, 11 de septiembre de 2010.

Mi querida Ofelia,

¿Te acuerdas de Fefita? Aquella dulce y simpática muchacha , cuya madre poseía una belleza criolla espectacular, que vivía a sólo a una manzana de nuestro hogar habanero. Yo la conocía de vista, pero en realidad comencé una bella amistad con ella hace más de cuarenta años, en la fiesta de quince años de Leti, la hija de tu inolvidable amiga Esther. Después Fefita se casó con un apuesto joven, amigo de mi padre y así se consolidó nuestra amistad de adolescentes.

En 1980, mi esposa y yo fuimos expulsados de nuestros trabajos, humillados por el “glorioso” C.D.R. Leopoldito Martínez y sus tres líderes máximos: Fina Down, el viejo Arrans y Ramón Vázquez, tras el bochornoso mitin de repudio. Mi hijo de cuatro años fue expulsado del Círculo Infantil por “escoria”, etc. Fue entonces cuando Fefita me confió que estaba haciendo trámites en la Embajada de Francia para tratar de obtener una visa que le permitiera irse hacia ese país europeo. Se me ocurrió intentar lo mismo e ir al consulado francés en La Habana para llenar los formularios de solicitud de visas. Logré entrevistarme con el cónsul y… gracias a Dios, hoy gozo de la más total Libertad en la ciudad más bella y culta del mundo, en este gran país, del cual tengo el honor de ser ciudadano.

Le pedí a Fefita que me diera su testimonio. Aquí te lo envío.

Josefina Betancourt: “Yo no tengo nada importante que contar, con respecto a lo ya publicado por otras personas. Sin embargo deseo contribuir con un modesto granito de arena a tu próximo libro.

Mi salida de Cuba no tuvo una motivación propiamente política; nunca fui perseguida, contrariamente a tantísimos compatriotas. Sin embargo, había en mí, desde muy joven, un gran deseo de conocer el mundo, de ir más allá de las costas de la isla. Vivir solamente en ella, en mi isla, sin la posibilidad de salir y entrar libremente, me ahogaba, me deprimía. Sabía entonces que en lo adelante mis estudios superiores, mi vida privada, serían programados por un sistema, donde planes individuales no tenían lugar y así fue. Recuerdo que un día, en mi trayecto cotidiano entre la escuela donde estudiaba y mi casa, me percaté de que si a los quince años no tenía la posibilidad de soñar, de hacer planes, entonces no valdría la pena permanecer para siempre en mi país. A partir de aquel momento la idea, casi imposible entonces de partir, no me abandonó nunca.

Comencé estudios universitarios, que no pude terminar, con la gran preocupación de que me enrolaran en la U.J.C. (Unión de Jóvenes Comunistas) y más tarde en el P.C. (Partido Comunista). Fue ese el camino de muchos, que por temor a decir no, ante la proposición de un jefe, cayeron en tal trampa socio política, contra su voluntad. ¡La presión era tremenda! Yo pude, con entereza- modestia aparte-, escaparme de todo aquello. No me atreví a casarme por la iglesia, aunque era mi sueño. Casarme en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, allí donde había tomado la Primera Comunión muy discretamente por cierto, siempre lo deseé. En aquel momento, para ellos la religión era “el opio de los pueblos” y se estigmatizaba como muy ligada a la sociedad burguesa, “L’Ancien Régime” que el poder fustigó desde su llegada.

Tampoco había querido tener familia en Cuba. Sin la posibilidad de vivir independientemente, traer al mundo a un inocente en las condiciones de aquella sociedad , para hacerle vivir mi pesadilla, era cruel e irresponsable. Aunque mi esposo y yo no teníamos la más remota posibilidad de salir de allí, fuimos optimistas y decidimos esperar. La esperanza es lo último que se pierde.

En los años setenta, conocí a quien hoy es mi esposo. Él había conservado una relación casi familiar con su antigua profesora de francés, lo que hizo que estuviera ligado a través de ella a la cultura y a la comunidad francesa en La Habana. Fue así, que después de múltiples dificultades y gracias al apoyo de la familia de esta señora, logramos salir de Cuba e instalarnos en París. Por supuesto, los primeros tiempos fueron difíciles. Yo no hablaba francés y eso me marginó durante unos dos años en la nueva sociedad a la cual debía incorporarme. Muchos compatriotas que me leerán pasaron por ese proceso. Después de un curso intensivo de francés, en la Alianza Francesa de París, comencé a existir; podía intercambiar con los otros.

LA Habana. A la derecha la Manzana de Gómez.

Tuve suerte, me hice bibliotecaria y documentalista en Francia, como lo había sido en la Secundaria Básica, de la Manzana de Gómez, en La Habana. A propósito y en un plano anecdótico, viene a mi mente aquella militante comunista que probablemente para demostrar su celo revolucionario, no me dejaba tranquila, denunciándome a la superioridad por mi supuesto diversionismo ideológico, nocivo a su juicio para el alumnado. Pecado absoluto: yo me vestía con ropa “de afuera” y no con los trapajos que vendían por la libreta de abastecimientos.

Recuperar en Francia mi profesión y ejercerla, me llenó de optimismo. Me ayudó mucho a incorporarme a la cultura francesa, pero en realidad mi verdadera aclimatación, mi plena integración social, se produjo a partir de 1985. Ese año nació mi hija, nuestra hija, que tanto habíamos añorado. Nuevos objetivos personales se perfilaban con firmeza: verla crecer dándole una buena educación y la mejor formación posible. Contrariamente a lo que me habían tratado de meter en la cabeza aquéllos-los alabarderos de la dictadura-, en mi isla, el sistema capitalista permitió ofrecerle excelentes estudios superiores a mi hija, hacerle descubrir el mundo y trasmitirle los valores en los que mis padres me habían educado.

Pasados los cinco años requeridos, solicité y obtuve la ciudadana francesa. Como tal, tenía derecho a votar en las elecciones. Cuando llegó el día de mi primera cita electoral, mis colegas de trabajo y amigos, al decirles que nunca había votado, pensaron que estaba bromeando. Cuando insistí, se burlaron de mí y me dijeron que no era posible. Tomé el tiempo necesario para explicarles a qué en Cuba le llaman elecciones. Con mucha dificultad, comprendieron, a regañadientes , que yo estaba hablando en serio. Esto ocurrió cuando tenía 32 años. Era la primera vez que elegía libremente a un candidato.

Si hago un balance mis de mis años de exilio, puedo afirmar, sin titubear, que han sido positivos: tengo una linda familia, y somos Libres.”

Con este testimonio de Fefita y los precedentes, quiero demostrar que los dos millones de cubanos que hemos logrado llegar a tierras de Libertad procedemos de todos los orígenes sociales, étnicos, religiosos y políticos de nuestra querida Patria. Desgraciadamente los tontos útiles por estos lares continúan a tratarnos a todos como “la mafia de Miami”. Otros supuestos “disientes” son tan intransigentes, soeces y come candelas que se dedican de esa forma a hacerle propaganda al régimen de los Castro. Por medio de difamaciones , tratan de dividir a los cubanos que soñamos con una Cuba Libre y Democrática, con todos y para el bien de todos, como escribió un verdadero gran hombre.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Reporte sobre la economía cubana realizado por la Embajada Española en la isla

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Embajada de España en Cuba

Los precios no funcionan como indicadores de los costes ni de las preferencias del consumidor: una parte importante del consumo de las familias lo proporciona el Estado a precios políticos, por lo que valorar dicho consumo es difícil (los costes salariales son determinados centralizadamente). Por otro lado, los márgenes de distribución de muchas empresas cubanas funcionan más como impuestos sobre el consumo que como retribución de la actividad empresarial. Una parte, no conocida, de los bienes se adquieren en tiendas en las que el pago se hace en pesos cubanos convertibles (CUCs) con un margen comercial que puede llegar al 270%, lo que hace difícil su compra a muchos ciudadanos cubanos excepto extranjeros, empleados de empresas extranjeras y familias que reciben remesas del exterior.

El régimen centralizado de precios, tanto en pesos cubanos (inferiores al coste) como en pesos convertibles con márgenes artificialmente elevados, propicia el funcionamiento de un abultado mercado  negro. A título de ejemplo, y de acuerdo con los datos de fuentes oficiales, las mejoras en el sistema de distribución de combustibles derivados del petróleo, hizo crecer los ingresos de las empresas distribuidoras en un 250%, lo que da idea de la importancia que adquirió la distribución a través de canales alternativos…

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