Testimonio de Hugo A. Castaño

Hugo Castaño y Eva Rodríguez en El Gran Cañón

París, 4 de octubre de 2010.
Mi querida Ofelia,
Entre los recuerdos más bellos de mi infancia quedarán hasta el final de mi tiempo el de Eva Rodríguez y su inolvidable madre Fermina, compañeras de mis juegos, mis fiestas y paseos. Cuando nos mudamos a San Cristóbal de La Habana iba todos los domingos a visitar el gran apartamento de la calle Consulado, allá llegando al Malecón. A partir de 1960 se fueron yendo todos los hijos y por último Fermina y Antonio. Durante años pasé por aquella calle y siempre miraba con gran nostalgia hacia el balcón. Me encontré con Eva y Hugo veinte años después en el Hotel Paris Hilton. ¡Fue un gran encuentro! Recordamos los años compartidos en el terruño camajuanense y la boda a la cual yo asistí. Después, en cada viaje a Miami nos hemos visto en el bellísimo apartamento de propiedad horizontal de Miami Beach, junto al Fontainebleau Hilton y hemos ido juntos a pasear, a teatros y a restaurantes. Le pedí a Hugo, al que considero todo un caballero, que me diera su testimonio sobre su salida de Cuba, él me lo envió y aquí te lo hago llegar.
Hugo A. Castaño-“mi niñez transcurrió muy tranquilamente en mi ciudad natal de Cienfuegos, entre mi padre español que poseía una bodega y mi madre cubana que pasaba el día entero con sus clientas a las que vendía telas y hacía vestidos. La recuerdo siempre “pegada” a la máquina de coser.
Gracias al incansable trabajo de ambos, lograron comprar dos casas que alquilaban, pensando en tener una entrada fija de dinero durante la vejez.
Cuando tenía doce años, nació Jesús, mi segundo y único hermano. Yo ayudaba a mi padre en la distribución de leche de las seis y media hasta las ocho de la mañana. Después iba a ayudar a mi padrino Ángel Carus en su bar: El Bar Telégrafos, que en aquella época se consideraba como el mejor de la ciudad, ya que tenía hasta aire acondicionado, lo cual entonces era símbolo de lujo.
Mi padrino estaba enfermo de las piernas a causa de la circulación, por tal motivo pidió a mi padre que permitiera que yo lo fuera a ayudar, haciéndome cargo de la caja contadora cuando él cada noche, después de la cena se iba al Casino Español en un taxi a jugar a las cartas con sus amigos. Había varias chicas meseras que acostumbraban a “salir” con los clientes cuando el bar cerraba, por tal motivo mi madre estaba muy preocupada. Mi padrino me decía que un día yo sería el dueño del bar, pues tenía plena confianza en mí. Me regalaba dinero con frecuencia y recuerdo cuando me pagó mi primer traje hecho a la medida.
Mi padre no veía mal que trabajara por la mañana en la distribución de la leche y por las tardes en el bar, siempre que siguiera en el Instituto. Incluso, con sólo quince años en aquella época, me encargaba de cobrar los alquileres.
Lógicamente mis estudios se iban a pique, por eso, gracias a mi tío materno que trabajaba en el Central Soledad, a donde tanto me gustaba ir, pues me fascinaban las grandes máquinas, pude conocer a un señor graduado en la Escuela Técnica Industrial. Logré obtener una de las treinta becas destinadas a jóvenes de la provincia de Las Villas, después de lograr pasar los exámenes de oposiciones en Santa Clara.
El primer gran cambio que se produjo en mi vida fue en 1953 cuando mi madre me acompañó a La Habana;, para ingresar en La Escuela Técnica Industrial. Recuerdo al jefe de disciplina, el Sr. Antonio Morera, el cual nos mostró a los nuevos alumnos -ya pelados al coco y uniformados-, un árbol muy grande en la entrada principal de a escuela. Nos dijo: “¡en este lugar hay que dejar los cojones, pues en esta escuela sólo yo los tengo!”
Acostumbrado a vivir en Cienfuegos con tanta libertad, me sentía preso en la escuela. Tuve una bronca cuando me tiraron orine mientras estaba en el w.c. Un oficial – al que llamábamos « bigote »- me preguntó mi nombre y le dije Pedro Infante, lo cual anotó en su cuadernito. Pero cuando éste descubrió la burla me dejó sin pase por una semana.
Mis tres años pasados en la escuela no fueron muy felices, pasé momentos de amargura y llegué a detestar a algunas personas, sin embargo, hoy día, más de medio siglo después, siento un gran cariño por ella. Allí conocí a grandes amigos que no puedo olvidar. Algunos conspiraron (y murieron), por amor a Cuba y gracias a las ideas que nos inculcaron nuestras familias y algunos profesores.
Terminé en 1956 con el título de Técnico en mecánica industrial. Comencé a trabajar en la refinería de la Esso Standard y vivía en una casa de huéspedes situada en Infanta esquina a San Miguel, en Centro Habana. Al fallecer mi padre, mi madre vendió todo lo que poseíamos en Cienfuegos y vino a vivir a la capital con mi hermano Jay y conmigo. Pasamos momentos muy felices juntos.
Comencé a conspirar contra el régimen de Fulgencio Batista junto a viejos compañeros de clases de la Escuela Técnica Industrial. Entré a formar parte del sindicato y como nunca fui muy valiente que se diga, mi misión consistía en recoger fondos para el M-26-7 que los empleados me entregaban el día de pago. Hacía llegar el dinero a Pastorita Núñez por medio de un compañero de trabajo que me aseguraba que se lo entregaba en manos propias.
La zona caliente era Regla, de allí salió el que puso la bomba que provocó el gran incendio en los tanques de almacenamiento y también el grupo que secuestró la estatua de la Virgen de Regla de la iglesia. La policía mató a varios jóvenes a causa de esas acciones.
Yo trabajaba y al mismo tiempo estudiaba el último año en la Escuela de Artes y Oficios, para poder ingresar en la universidad, pero como tenía que dedicar mucho tiempo a las actividades sindicales y políticas, me iba muy mal en los estudios.
Fue entonces cuando conocí en casa de unos amigos a Eva Rodríguez, la que sería la mujer de mi vida. Me invitó a la Fiesta de Quince de su hermana menor y pasé toda la noche bailando con ella. Junto a su hermana Ada, Eva era muy activa en la Iglesia Presbiteriana de la calle Salud en Centro Habana.
Comencé a visitar su casa en donde sus maravillosos padres Antonio Rodríguez y Fermina Díaz me recibieron como si fuera un hijo más. Pedí su mano y, aunque me pusieron dos días de visita a la semana, yo iba casi todas las noches. Los tres hermanos de Eva simpatizaban con Fidel Castro.
A finales de1958, Pedro Rodríguez, un gran amigo, compañero de la Escuela Técnica y de la Esso, fue asesinado junto al médico que lo trasladaba herido en su carro al hospital, por la guardia rural. Lo habían cogido dándole candela a un cañaveral.
Rafael Orejón, otro ex alumno de la Escuela Técnica fue también asesinado por un guardia de seguridad en Moa, Oriente. Muchos de mis amigos fueron encarcelados o pasaron muchos problemas con las fuerzas represivas del régimen, teniendo que esconderse hasta que por fin el tirano huyó.
El 1° de enero de 1959 me llamaron por teléfono muy temprano para darme la buena noticia, me sentí muy feliz y me fui inmediatamente para la refinería de petróleo. Habían reemplazado la bandera de los EE.UU. por la del M-26-7.
Los guardias jurados no tenían armas y estaban retenidos. Yo cada vez que pude opinar dije que no estaba bien retenerlos, pues no habían sido acusados de nada mal hecho.
Pasé todo el día con los compañeros de trabajo recorriendo las instalaciones y noté como ya había tres grupos formados: los jóvenes el Movimiento 26 de Julio, los viejos comunistas y los oportunistas , estos últimos se aprendieron muy bien el eslogan: no me digas lo que hiciste, dime lo que estás haciendo”.
Había mucha gente armada sin ninguna preparación para llevar armas .A mí me dieron una pistola calibre 38. Las jefaturas de policías estaban llenas de detenidos. Aldo Vera tomó el control de nuestra refinería.
Las grandes empresas y las familias ricas, al cabo de algunas semanas comenzaron a regalar tractores y arados para la Reforma Agraria. Poco a poco los viejos comunistas comenzaron a infiltrarse en los sindicatos y todas las esferas del poder civil y militar. Nos fuimos quedando sin crudo para refinar, como también en la Shell y la Texaco. La nuestra pasó a llamarse Refinería Ñico López. De ella expulsaron al personal técnico americano, pero dejaron al grupo de ingenieros cubanos, de los cuales casi todos habían estudiado en los EE.UU. y por tal motivo simpatizaban con los americanos.
La refinería se fue llenándose de rusos. Copiaban todos los planes manuales, desmontaban los equipos modernos y los enviaban hacia la U.R.S.S. Mientras tanto las muchedumbres gritaban por las calles: “si Fidel es comunista que me anoten en la lista”.
Mis amigos de la Escuela Técnica y de Artes y Oficios no escondíamos nuestro descontento y comenzamos a cooperar cada día menos. Miguel Ángel Espineira fue uno de mis más cercanos amigos, estudiamos juntos en las dos escuelas, nos hospedamos en la misma casa de huéspedes y trabajamos juntos en la Esso. Yo le decía que él era un poco músico, poeta y loco. Salvó la vida de milagro, pues logró salir de Cuba por medio de una embajada, dejando atrás a su esposa y a su niña de sólo unos meses de nacida. Gracias a él yo había conocido a José Antonio Echevarría (Manzanita) y a otros dirigentes de la F.E.U. Después del ataque al Palacio Presidencial y a Radio Reloj su vida corría peligro. Después de su regreso a Cuba de América del Sur se fue a vivir a Puerto Rico con su familia. Siempre que venía a Miami nos reuníamos y salíamos a cenar juntos. Hace unos quince años murió en un accidente de carretera aquí en la Florida.
El Pequín fue el primer tanquero con petróleo ruso que llegó a La Habana. Lo visité y me percaté de la enorme diferencia en cuanto a las condiciones de vida de los marinos a bordo que había observado en los petroleros que llegaban antes procedentes del Mundo Occidental.
Por otra parte, Eva comenzó a tener problemas en Cuban Air, la compañía para la que trabajaba, por no ir los domingos a cortar caña. Como siempre encontraba un pretexto para no ir, la trasladaron para El Consolidado de la Sal, oficina de nueva creación en la Avenida del Puerto.
Con ésto y una pelea mía con un comunista en la refinería, se selló nuestro futuro, pues comenzamos los planes para salir el país. Los comunistas plantearon que teníamos que ceder el Club de los empleados de la Esso que teníamos en Guanabo, para una supuesta Escuela de Diplomáticos. Un grupo del sindicato nos negamos a aceptar, entonces un comunista que nunca habíamos visto y que se declaró como alguien enviado por las instancias superiores “para que siguiéramos las pautas de la revolución”, nos acusó de “burgueses malcriados por los americanos”. Comencé a faltar a las reuniones sindicales hasta que Morua con un papel en las manos durante una reunión dijo que aquélla era mi carta de renuncia debido que mi madre estaba enferma, que yo me reincorporaría a las luchas sindicales cuando ella se restableciera.
Seguí trabajando y fingiendo una vida normal mientras preparaba todo para salir de Cuba: sacamos los pasaportes, solicitamos las visas a los EE.UU. , pero a mí la policía cubana comenzó a dificultarme la salida, no así a mi novia.
Mi suegro nos pidió que nos casáramos antes de irnos, por lo cual fuimos a ver al Reverendo Fernández Ceballos, pero éste se negó sin ninguna explicación, incluso amenazó a su pastor ayudante para que no nos casara. Este último le dijo a Eva que no se casara conmigo pues yo pronto tendría problemas.
Sin que Eva lo supiera fui a ver al Rev. Fernández Ceballos y le dije que yo sabía el motivo de su odio hacia mí, pues un influyente miembro de la iglesia había sido nombrado a un importante puesto del Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Le agregué que algún día él y todos a su alrededor serían tratados como ladrones, ya que la revolución iba por ese camino.
Tuve que ir a marchar durante tres semanas como miliciano, para no despertar sospechas mientras los trámites de salida el país avanzaban. Me hice el que me había torcido un tobillo y me asignaron a pelar papas en la cocina de La Cabaña y a ayudar en el comedor. Allí pude constatar la gran cantidad de extranjeros comunistas que había. A algunos de ellos los volví a ver sin que me reconocieran, cuando estuve de Luna de Miel en el Hotel Habana Riviera.
Nos íbamos aislando cada día más, muchos dejaron de hablarnos como antes, nos eludían. Un viejo comunista de apellido Trigoura regresó de cumplir su sueño dorado de militante comunista: ¡Había visitado la Unión Soviética! Me quería reclutar, me propuso que él podía hablar con su hija que trabajaba en la embajada soviética en La Habana para que me dieran una beca para ir a estudiar a ese país. Todo esto ocurría en 1961.
Poco antes de la boda pasamos un gran susto, pues cambiaron la moneda y aquello nos cogió con mucho efectivo, pero por suerte que con tanto apuro no pudieron tener mucho orden y así cambiamos en diferentes lugares, hasta mi hermano que era niño, nos ayudó a cambiar dinero. Nunca olvidaré a un matrimonio que Eva reconoció en la fila para cambiar, pues la señora había sido compañera de trabajo de ella. Llevaban un gran cartucho lleno de billetes, les dieron a cambio una pequeña parte de nuevos pesos y un recibo por el resto. Gastamos dinero comprando perfumes franceses caros, pues sabíamos que los podríamos revender después de que todo se normalizara.
Nos casamos el día 29 de octubre de 1961 en la iglesia de 21 y k en el Vedado. Yo estaba muy preocupado. Eva tenía todo listo, pero yo seguía sin visa. Nos fuimos a vivir al Hotel Deauville situado en Galiano y Malecón. Teníamos una bonita habitación y comíamos en el hotel. En esos últimos meses todas nuestras amistades se fueron convirtiendo en enemigos de la revolución. Eva seguía trabajando en el Consolidado de la Sal, sólo renunció cuando pidió oficialmente la salida del país. Después de abandonar nuestros trabajos vendimos todo que poseíamos, para ayudar a nuestras respectivas familias. Me acuerdo de que nos mandábamos telegramas al hotel para que no se extrañaran cuando nos llegara el que nos anunciaría que podíamos irnos del país.
Unos buenos cristianos amigos de la familia me procuraron papeles falsos identificándome como pastor de la iglesia protestante. De esa forma pudimos solicitar la salida por Pan American. Logramos volar hacia la Libertad en uno de los últimos vuelos para judíos y religiosos.

Eva Rodríguez, Pittsburgh, 1962.

Al llegar a Miami, nos enviaron para un el Hotel Tamiami, en el centro de la ciudad. Teníamos unos días de estancia gratis pagados por el refugio para cubanos. Como Eva tenía dos hermanas y un hermano en la ciudad se fue a vivir con ellos y yo, tonto que soy, como no me gustan las mentiras, quise aclarar todo ante las autoridades norteamericanas. Me presenté y declaré que mis papeles de pastor religioso eran falsos. Me metieron diez días preso en el antiguo aeropuerto de Opa-Locka donde me interrogaban todos los días Cuando les dije que cualquier agente castrista les podía engañar, un oficial de inmigración que era puertorriqueño me dijo: “amigo, cierra tu boca, sino tendrás más problemas”. Se lo agradecí y seguí su consejo. No les dije que habíamos sacado dólares de Cuba dentro de la mota de talco de Eva y los anillos de compromiso dentro de un jabón Palmolive.
Nosotros estamos agradecidos por muchas cosas a este gran país, donde encontramos la Libertad y tantas oportunidades, donde trabajando duro se puede tener casi todo.
Eva pudo seguir estudiando gracias a un préstamo para estudiantes que luego pagamos. Después de los muy difíciles dos primeros años, siempre he tenido buenos empleos en grandes compañías. Nuestros dos hijos tienen buenos trabajos. Mi hermano salió de Cuba con la Operación Pedro Pan, terminó el bachillerato en La Salle y después estudió en la FIU. Hoy día tiene un buen trabajo.
Para terminar creo que debo expresar mi admiración por los que se sacrificaron y perdieron sus vidas al tratar de alcanzar la Libertad. Pienso que en mi juventud actué como debía para que mi Patria fuera Libre. Extraño a mi amigo Pedro Rodríguez, el que murió combatiendo para no caer prisionero y ser torturado y así obligado a denunciar a los otros.
Hoy miro hacia mi querida Cuba y veo como la juventud es tratada como si fuera un rebaño de carneros. Recuerdo a las turbas por las calles de la Habana gritando: ¡Paredón, Paredón! Veo incluso como aquí, en este gran país, mucha gente no sabe valorizar la Libertad que posee ni como se logró.
Creo que moriré sin ver a mi Patria Libre. A veces me indigno al constatar como votan en la ONU algunos países ayudados por el que nos dio la Libertad: ¡muerden las manos del que les da el pan! Incluso me indigno al ver como los populistas y demagogos tratan de manipular a las minorías que forman parte del gran país en que vivimos. Bueno, es tiempo de terminar, te envío un gran abrazo desde Miami. Hugo.”
Con gran cariño desde La Ciudad Luz,
Félix José Hernández.

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