La Ceiba y El Templete

El Templete. Lugar donde se cree se fundó la Villa de San Cristóbal de La Habana y se celebró la primera Misa el 16 de Noviembre de 1519. Foto:Galería de japs11f63

Por Enrique A. Meitín

Mi niñez al lado de mi hermano la recuerdo como extraordinaria, nunca tuve un compañero más leal e ingenioso en mis juegos, en primeros sitios de esparcimiento, que no fueron otros que  las ciudadelas de “Mi Habana Vieja”, sus calles empedradas, sus paseos y sus plazas coloniales, donde patinábamos, encaramados en aquellos “trastos” de patines, y de cómo jugábamos a la pelota, yo de pelotero y él “el mejor” —como cariñosamente nombraba a mi hermano—, siempre de manager… dirigiendo.

Cierto día cuando paseábamos por los parques de la ciudad me aseguró que le habían contado que meando la ofrenda que le ponían a un santo, se quitaba el “amarre” o el “embrujo”. No sé de dónde lo saco él, supongo que de su imaginación tan prolífera, pero lo cierto era que cuando veíamos al pie de una “ceiba” —árbol “sagrado” de Cuba donde se dejaban los “embrujos”, u ofrendas de santería—, unos cuantos “kilos prietos” (nombre que le dábamos a los centavos), amarrados con una cinta roja, de inmediato “el mejor” se abría la “portañuela” del pantalón, sacaba su “pito” de niño y meaba los “kilos”, para después desatar el embrujo, botar la cinta roja y echarse el dinero en el bolsillo. De más está decirles que de allí nos encaminábamos a la bodega más cercana para adquirir y degustar algunos dulces o caramelos hasta que se agotaba la fortuna adquirida, para de nuevo continuar nuestro paseo en busca de otra “ceiba”… y darle otra “meadita”.

En una ocasión, no recuerdo cuándo y mucho menos dónde o en que parque de los tantos de “Mi Habana Vieja”… creo que tal vez por allá por Jesús María —barrio populoso de la ciudad—, vivía allí un mulato, niño como nosotros, que le decíamos “Rafles”, en plena alusión a un personaje de novelas que robaba a diestra y siniestra. Este se las daba de guapo y no dejaba de repetir la frase de: “…que se comía el azúcar cruda y el agua sin mascar”. Recuerdo que mi hermano lo retó diciéndole que si él era tan guapo, porque no se paseaba a las doce de la noche por “La Ceiba” de “El Templete”, le daba algunas vueltas a la derecha y según la tradición un duende no tardaría en aparecer, para en premio a su valor concederle el deseo que le pidiera…

Debo explicarles, antes de pasar a relatarle lo acontecido aquella noche, que en los límites del naciente caserío de San Cristóbal de La Habana, que a la postre se convertiría en el primer centro urbano de Cuba… o mejor ya para todos “Mi Habana Vieja”  hubo de construirse en 1828, localizado en una pequeña plaza enmarcadas entre las calles Tacón, Obispo, Baratillo y O’Reilly, e inspirado arquitectónicamente en su homónimo de la ciudad vasca de Guernica, un pequeño templo de estilo neoclásico, que se denominó “El Templete”, renovado por varias generaciones de habaneros y teniendo como fondo la bahía y como frente, “La Plaza de Armas”, de la cual hablaremos en su momento.

Dicha construcción, considerada como una de las obras que mayor influencia ha ejercido en el desarrollo de la arquitectura cubana, se llevó a cabo, en el mismo corazón del barrio antiguo junto a una “Ceiba”, que dicho por los historiadores… a los que me sumo… marca el sitio, donde se celebró el 16 de noviembre de 1519 la primera misa católica y el primer cabildo, con motivo de la fundación de aquella primera villa española en Cuba, y que como marca la tradición, que se remonta a la etapa en que fuimos colonia de España, los habaneros celebramos dicho acontecimiento al toque de una “rumba de cajón”, dando tres vueltas en torno al árbol de “La Ceiba” y pidiendo tres deseos.

…por supuesto que “Rafles” no tardó en aceptar la provocación de mi hermano, alegando en su alarde habitual, que eso no era nada para él, que había pasado por pruebas peores. Yo por mi parte que no atinaba a comprender que se tramaba “el mejor”… más tarde me explicaría, que su objetivo no era otro que des caracterizarlo —en el mejor decir popular cubano “chotearlo”—, delante de todos los “mataperros” del vecindario.

Para esto reunió a algunos de ellos en el sitio indicado de antemano, que no era otro que el famoso “Templete” donde se encontraba la no menos famosa “Ceiba”, lugar de por si desolado y tenebroso en horas de la noche. Una hora antes de la cita después de explicarme lo que se proponía, me indicó cuál sería mi contribución al espectáculo que tendría lugar y me ayudó a “treparme” al árbol “sagrado” de Cuba… que por supuesto tenía al pie algunos hatijos de santería… mientras él iba por “Rafles” y por algunos amigos, para que juntos todos disfrutáramos del acto heroico de aquel bravucón.

Treparme a los árboles lo había aprendido en el campo en casa de unos primos por Güira de Melena y no me resultaba difícil, protegido por el follaje y la oscuridad de la noche permanecería instalado encima de la “Ceiba”, colgando hacia abajo y fuertemente agarrado a una de sus ramas, utilizando una mano y los dos pies… mi rostro había sido embadurnado previamente con un tizón de carbón y me había vestido con un pantalón y una camisa, ambos negros, a medida de camuflaje. En esa posición y mientras mi corazón latía acelerado en el pecho por la emoción, permanecí a la espera de que “Rafles” pasara por debajo contoneándose en su “guapería” dándole a la “Ceiba” de “El Templete”, las dos vueltas indicadas por mi hermano.

En el momento en que “Rafles” optó por evocar la presencia del duende, yo me incliné hacia abajo y le “espanté” poderosa galleta en la mejilla, sin que este viera ni se imaginara siquiera de donde procedía el bofetón y ante la risa de todos los allí congregados. Debo agregar que por un largo período de tiempo nuestro querido “Rafles”, no pasó siquiera cerca del “Templete”, mucho menos alrededor de su “Ceiba”… en realidad, y esto fue lo mejor y lo positivo de aquel hecho… su guapería desapareció por completo y para siempre…

Como pueden imaginarse, este no sería ni el primero ni el último de los sucesos acaecidos en torno a ese emblemático lugar de “Mi Habana Vieja”… fue solo un caso. “La Ceiba” en cuestión, que resultaba ser la más cercana a nuestro domicilio hubo de convertirse en receptáculo de nuestras atrevidas y frecuentes acciones “meatorias” sobre las ofrendas santeras, que nos permitía obtener algunos “kilos”, los que de inmediato convertíamos en golosinas.

No sé si les aclaré que alrededor del conjunto que conformaba el templo y su ceiba se alzaba una cerca de hormigón y balaustrada de lanzas de hierro que impedían la entrada al recinto que solo se abría al público en días señalados. —en tiempos de mi niñez no existía ningún guardia de seguridad en el local, solo un guarda parques frente a “El Templete”… en la Plaza de Armas, y en horas diurnas— Mientras que el acceso al templo lo impedía a su vez una pesada puerta de roble siempre cerrada mediante una cadena con su respectivo candado… de esos enormes candados, que salen en las películas viejas… tan viejas como mi Habana.

Curiosos por saber que encerraba aquel templo, mi hermano y yo decidimos averiguarlo por nosotros mismos puesto que habíamos escuchado decir que en su interior existía cosas de la época de la colonia… esperamos a que cayera la noche y para tener acceso al lugar nos hicimos acompañar de “Vitico” que con sus escasos diez años despuntaba ya por ser un excelente “cerrajero”. Nuestro amigo, utilizando un pedazo de alambre de “perchero” con la punta aplastada a golpe de martillo no había candado que se le resistiera… debo destacar, que pasado algún tiempo… en plena adolescencia, debido a sus habilidades manuales en el arte de abrir puertas, “Vitico” fue a parar a la cárcel, a cumplir una condena por asalto a la propiedad privada y robo con fuerza.

…traspasar la balaustrada de lanzas de hierro fue fácil, ya que conocíamos la forma que empleaban los “santeros” para llevar sus ofrendas a los santos, las que depositaban al pie de “La Ceiba”. Bastaba levantar de su soporte inferior la lanza ubicada al lado de la columna de entrada a la derecha… inclinarla hacia un costado y por la abertura que quedaba entre la lanza y la piedra entrar al patio del conjunto. Por otra parte abrir el candado de la puerta no demoró más de un segundo en las manos expertas de “Vitico”… claro está que estuvo ayudado por el “aceleramiento” que le ocasionó un inesperado trueno que lo obligó a terminar más rápido de lo previsto.

…al terminar “Vitico” su labor, temeroso ante lo desconocido empujé una de las hojas, que giró perezosamente en sus gones. Un característico y acre olor a lugar cerrado nos hizo retroceder por unos segundos antes de decidirnos a entrar… yo más bien empujado por “el mejor”, mientras “Vitico”, debido a su marcado miedo a enfrentarse a posibles fantasmas se quedó junto a la puerta entrejuntas, aguardando por nosotros, expectante, con los ojos muy abiertos, que parecían salirse de sus órbitas. No voy a ocultar que yo —no sé si mi hermano también— sentía esa familiar sensación de miedo que hacía temblar mis infantiles rodillas, mientras unas frías gotas de sudor resbalaban por mi espalda.

Al momento de entrar la oscuridad era tal que no sabíamos si teníamos los ojos abiertos… de hecho el miedo que sentíamos que solo vinimos a percatamos de ello cuando la noche nos iluminó con la luz de un relámpago. No obstante a medida que nuestros ojos se fueron acostumbrando a la escasa iluminación… pues en honor a la verdad no había ninguna luz, salvo a la producida por los intermitentes relámpagos, pues la humilde linterna que nos habíamos agenciado, no alumbraba ni un “carajo”… pudimos avanzar despacio por aquel templo que parecía muerto y silencioso y ver a nuestro alrededor: escombros, piedras, hierros, utensilios rotos y aquel olor inconfundible de humedad y orines con los que fuimos recibidos.

…avancé despacio, paseando la mirada por las paredes de piedras sólidas. Cuando llegué al fondo de la estancia, en el lado opuesto a la entrada, lo único que alcancé a ver fue una pared que había sido revocada con yeso, salpicada con figuras de colores pálidos. Sin embargo varias figuras que al inicio resultaron imperceptibles para ambos, fueron apareciendo poco a poco ante nosotros. No podría afirmarle si era una o varias las pinturas, descoloridas, rota por pedazos y para el gusto de unos infantes incultos como éramos nosotros, muy mal logradas… en resumen no había nada que pudiera interesar a unos curiosos niños.

…al salir desilusionado de aquel lugar, los ojos nos dolían y estábamos hambrientos, así como ansiosos de retornar a casa para evadir el regaño de nuestra madre… pero si en aquel entonces nos sentimos defraudados al pasar el tiempo creo que valió la pena, en ese poco tiempo cuando el estrepito de un aguacero nocturno se hizo presente, aprendimos sin duda alguna la imperiosa necesidad de la restauración del pasado.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

Hoy de regreso a “Mi Habana Vieja”, después de muchos años y pagando en dólares la entrada a aquel conocido e histórico lugar llamado “El Templete” de tantos recuerdos y maldades de niños, pude apreciar que en aquella pequeña edificación a la que subrepticiamente habíamos penetrado cincuenta años atrás, mi hermano y yo… pues “Vitico” no llegó a entrar descubrimos la existencia de tres grandes pinturas del pintor francés Juan Bautista Vernay (1786-1833) y en una de sus paredes una tarja alegórica que reconoce a “Mi Habana Vieja” como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Allí al verme reunido con otros conciudadanos de “regreso” o turistas en general, amparados del sol tropical, a la sombra de la frondosa y añeja “Ceiba” de “El Templete” repasé todas esas cosas “típicas”, que han sido aprovechadas por el castrismo, no solo para el alegado rescate de nuestro pasado, sino más bien para el “atesoramiento” de recursos que exige hoy en día el turismo moderno programado por el Historiador de la Ciudad.

 

Marzo 2012

 

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Un pensamiento en “La Ceiba y El Templete

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