De ti Miami viviré eternamente agradecido

 

https://cubanuestraeu8.files.wordpress.com/2011/05/miami.jpgMiami: Foto: Carlos M. Estefanía

 

 

Por Enrique A. Meitín

Una vez en Miami y pasados todos los trámites legales pertinentes, por los que transitan los “balseros” recién llegados mi tío, único familiar radicado en Estados Unidos y al que no conocía prácticamente, pues lo había dejado de ver cuando apenas tenía diez años me brindó de inmediato todas las comodidades y ayudas necesarias. Claro está por un corto y obligado tiempo, como hacen la mayoría de los parientes aquí en “tierras de libertad” cuando reciben a un familiar procedente de Cuba, que aunque lo comienzan a ayudar con dinero y le dan alberge de muy buena fe, dicha ayuda constituye de hecho un cambio radical en su nivel de vida y de relaciones, por lo cual al pariente transcurrido un mes, a lo sumo dos, o tal vez antes se le induce a seguir su camino, a independizarse, pues comienza a constituir ya una carga familiar.

De hecho me establecí provisionalmente en la residencia de mi “desconocido” tío, contando con algún dinerito extra para lo que quisiera hacer “… para que yo pudiera establecerme y darme algunos gustos… por algo se había “sacrificado” y pasado mucho tiempo lejos de su familia”. Fueron esas sus palabras y una forma, a su juicio de retribuir su falta de dedicación hacia su sobrino mientras permanecí en Cuba. Al mismo tiempo desde un principio me orientó… más bien me “sermoneó” sobre los pormenores de la vida que a partir de entonces debería afrontar…

Si bien ese tipo de advertencia inicial no es lo frecuente con lo que se topa todo cubano recién llegado, que en cambio le precede la ilusión de que en Miami el dinero está al alcance de la mano, como si en vez de frutos sus árboles dieran dólares, y que todos aquí tienen casa y auto propio —esto último más bien por necesidad que por bienestar y en el caso de la casa… con el tiempo supe que no eres tú el propietario sino el Banco, por quince o treinta años. Sin embargo como todos fui llevado de inmediato a recorrer los sitios de interés de la ciudad, donde desayuné como un buey y luego sin hambre alguna me atarugué con el almuerzo —por supuesto para no alterar el ritual del recién llegado con un suculento bistec en compañía de una manifestación inacabable de papas fritas—, en un típico restaurante de la ciudad… tal vez “El Versalles”, o “Islas Canarias”, en La “Pequeña Habana”, especializados en comida cubana…

Después, pasada ya la euforia de los primeros días por ambas partes, como todos y siendo receptivo a los consejos de mi tío, saqué mi licencia de conducción y consideré necesario aprender o perfeccionar el inglés, así como gestionar la rivalidad de mis títulos obtenidos en Cuba como profesional. Lo primero, cosa habitual, ya que sin licencia de conducción no se puede vivir aquí… sin auto es imposible trasladarse de un lugar a otro debido a la pérdida de tiempo, dada por la inoperancia del transporte urbano…

El resto, como siempre, serían relegados a un segundo plano, no por ser menos necesarios, pero en la mayoría de los casos dejado al tiempo, por meses, años y quizás por nunca, para después comprender el graso error que se comete. En ocasiones, muchos de los nuestros, han esgrimido causas como que, el trabajo y el horario y costo del estudio no compaginan; para que tal sacrificio, si donde quiera se habla español; cual era la ventaja de costear una reválida, si el exilio no lo “admite”, o cuando lo hace, lo hace a regañadientes, al decir que los que se han preparado en Cuba son unos mediocres e incapaces como profesionales.

Además al parecer, para la sociedad estadounidense en sentido general, más vale un hombre de acción o de “éxito”—como mi tío, que pese a su nivel de escolaridad, logro hacerse de algún dinero y escalar una buena posición—, que uno titulado. De hecho acudí al College, a fin de perfeccionar el idioma que ya había estudiado en Cuba, donde me demoré menos “que un merengue en la puerta de un Colegio”. Pero en fin logré a duras penas comunicarme en inglés —mientras en la calle mantuve el español… y sobre todo a gritos— para convertirme en esa especie de “bilingüe”, que hablamos mal los dos idiomas… pero en fin aceptado en la sociedad miamense… no norteamericana.

Debo contarles también, para que la conozcan, que a mi llegada a Miami, esta ciudad, mi segunda casa, era abundante en bares, prostíbulos y discotecas a todo lo largo y ancho de la misma, sobre todo a orillas del canal de Okeechobee. Lugares que absorbían a los jóvenes “red-necks” quienes poco a poco se vieron desplazados por muchachos y muchachas hispanos, en su mayoría cubanos, que invadían dichos “tugurios” los fines de semana. Allí se les identificaban bailando “salsa”, cansados, sudorosos pero alegres y sobre todo libres, mezclando sus meneos de cintura con saltos incoherentes que confundían a los pocos “anglos” que aun frecuentaban dichos sitios. Tras las blusas escotadas y las caderas de las jóvenes que vibraban como maracas, y la “guapería” del cubano típico, se hacía notar la aroma de la “yerba” y del “perico”, cuyo consumo los alejaban del laboral acontecer diario, no menos de la nostalgia mientras los embobecían y por supuesto los arrinconaban a la adicción.

Sería mentir si negara que estuviera allí en más de una ocasión para mostrar mi “cubanía” mientras viví en la “Ciudad del Sol”, ciudad llamada civilizada, de sabihondos, dicharachos, y alguna que otra pandilla y drogas… y sobre todo de nosotros, sus “dueños”… los cubanos. Ya que todos de una forma o de otra disfrutamos de sus alegrías y tristezas, de sus añoranzas y perspectivas, de sus ritos y costumbres, de sus sudores y excitaciones… todos nosotros, junto a otros jóvenes, que preferiamos la alegre y desenfrenada diversión a la obligada y monótona dedicación a superarnos.

Ciudad más que civilizada por una parte con luces de neón —la mayoría en South Beach— de “libertinaje”, de cubaneo y chabacanería por otra, donde muchos de nosotros recién llegados, soñamos con cambiar de inmediato nuestro “transportation” por un carro japonés de último modelo, en el que podamos simultanear la conducción del mismo con el más novedoso celular de la más sofisticada tecnología a expensas de accidentes y autoridades. Donde es más difícil encontrarse a un ciego en una esquina, esperando la benevolencia de alguien que lo ayude a cruzar la calle, que a un “homeless” norteamericano, o un veterano de las tantas guerras pidiendo limosnas en plena calle… pocas veces a un hispano…

Pese a tantas diversiones por doquier, algo hizo en un principio que no me divirtiera como el resto de los cubanos que como yo llegamos ya maduros al suelo norteamericano. Mi manera de apreciar la diversión era otra, mucho más simple y popular. Mi distracción no era la de los tragos en bares y Go-go, para “vacilar” a las mujeres desnudas y no poderlas tocar ni conversar siquiera con ellas; no la de hablar “mierda” con los “socios” tras un sorbo del “café cubano” en los portales de el Restaurant “Versailles”; no la de postrarse ante la televisión edulcorada, sensacionalista y un tanto mentirosa, después de llegar del trabajo y “arrimarte” a una cerveza. Sino tal vez aquella que nos esperaba una vez que salíamos de laborar o de estudiar, para deambular errantes por las calles de nuestra Habana Vieja, sin destino fijo, pero deteniéndonos en cada esquina para conversar con la gente, aun sin conocerla… aunque todos los cubanos de una forma o de otra nos conocemos.

Hablar de cualquier cosa, de pelota, por supuesto de mujeres o “cagándonos” en la madre de Fidel y de la situación en que vivimos, sin que nada pase ni cambie… para luego meternos en el cine, en un teatro, siempre a un precio al alcance de cualquier bolsillo, no como aquí que es un lujo para los trabajadores, que tenemos que enajenarnos en las casas tras el alquiler de una película, o si tenemos el contacto adecuado, comprar discos “quemados” de películas recién estrenadas… más baratas por supuesto…

Al llegar nos enfrentamos… para bien o para mal, a una nueva realidad a una nueva costumbre, donde solo se vive para trabajar, pagar “billes” y comprar, comprar sin descanso, aunque no necesitemos la mayoría de las cosas que adquirimos para vivir decentemente, pero quizás por añoranza también y lo incluyo… claro está, porque nunca tuvimos nada… y para qué, para endeudarnos después y coger crédito, para más tarde volver a comprar, y otra vez endeudarnos, perder el crédito para cerrar el círculo, así es como funciona, cuando se debe y bastante entonces eres persona, eres considerado que eres… mejor dicho que debes, por lo tanto existes…

Tanto allí en nuestras viviendas donde desvivimos como en los sitios de trabajo, en su mayoría “factorías” casi construidas “al por mayor”, sin ninguna preocupación por su estética, donde hombres y sobre todo mujeres se trituran entre sí, padeciendo las insumables horas de trabajo pagadas al salario mínimo… lugar donde hacemos de la ridiculez y el alarde o tal vez el invento y donde también nos reunimos a “hablar”, compartimos lo pasado y por ende la añoranza sale a flote. Juntos allí… en nuestras diatribas siempre lo que se considera de uno se extraña, no hay comparaciones por muy malas que estas sean, siempre resulta ganador lo de uno… la mayoría de nosotros seguimos añorando nuestras amistades, nuestras “pequeñas cosas”. Por eso existe el café cubano, el sándwiches cubano, el pan cubano… incluso la “mierda” cubana, que por ser nuestra para muchos, huele diferente… donde en resumen, todos nos convertimos en una raza indefinida, incomprendida y aunque laboriosa, sobre todo autosuficiente e ingobernable…

No hay nada fuera de la Patria que pueda servir de consuelo al desterrado que se queda con las raíces al aire. Sin ello no hay futuro posible… solo nuestro presente y nuestro futuro lo centramos en nuestro pasado. A pesar de todo las tradiciones y costumbres permanecen firmes en el exilio; las comunidades vuelven a reunirse, la lengua y la religión siguen vivas. De la misma manera que las tradiciones permanecen el deseo de volver se va consumiendo poco a poco con el de cursar del tiempo y de la realidad aplastante. No obstante necesitamos que permanezcan vivas… al menos aquella esperanza con la que nos gusta engañarnos día tras día, pero que sabemos que nunca será llevada a la práctica.

En esta magnífica tierra, a pesar de habernos recibidos y admitidos como sus hijos legítimos, mediante la acción humanitaria que nunca olvidaremos ni dejaremos de considerar como uno de los gestos más nobles y desinteresados de un país, en aras de lograr el bienestar y la seguridad de los ciudadanos de otro, nos sentimos frustrados… ya que la tierra del asilo por muy bendita que sea, no constituye en sí mismo la libertad esperada. La libertad quedó atrás, en nuestro pasado. Nadie resulta realmente libre fuera de su tierra. La tierra que nos acoge a pesar de su belleza externa y la nobleza de sus pobladores, es fea, dura, y ajena, sobre todo si es una tierra donde se habla una lengua diferente y es portadora de hábitos y costumbres difíciles de aceptar, no por ello imposible.

Volviendo a lo que encontré en la “Ciudad del Sol” a mi llegada puedo agregar que encontré pese a lo que pensaba con anterioridad y en contra de mi gusto una ciudad “incultural”, de acaso existir ese término, donde a pesar de que confluían en ella manifestaciones artísticas de todos los pueblos del subcontinente que se venían ya materializando en la música, la pintura, los gráficos, o en las construcciones, faltaba mucho aún para convertirse en un lugar cimero de la cultura estadounidense y mundial. En este plano, cada una de las representaciones de las culturas individuales de nuestros países se mantenían relativamente aisladas una de otra, prevaleciendo por sobre el resto, la mexicana —sobre todo en los canales televisivos hispanos— y la cubana, aunque en un principio de poca efectividad en el plano cultural, era aún incapaz de prevalecer sobre toda la comunidad latina en su conjunto, a pesar de sus valores y del nivel de sus componentes.

Es una ciudad atípica, e incomprendida por algunos —como es mi caso—, o como suelo llamarla “Guanabo bonito”, aunque en realidad la considero a la postre civilizada y modernizada a tenor de esta sociedad, la veo como lo que podía haber sido Cuba, de haber continuado bajo el desgobierno y la antidemocracia de Batista, floreciente en la superestructura y sujeta a cualquier tipo de vaivén en la economía nacional, cosa que no sólo critico —como todos nosotros los cubanos, que todo lo criticamos y creemos tener la única solución a cualquier tipo de problema—, sino que no constituye para nosotros, contrario al pensamiento de la primera generación del exilio a la que forma parte mi querido tío, el modelo a trasladar a la Isla una vez derrocada o finalizada la tiranía castrista.

Todos nosotros en Miami en mi humilde opinión vivimos en un mundo congelado en el tiempo, en el tiempo en que nos vinimos de allá. Tanto los que lo hicieron primero, como los recién llegados, tanto los ya viejos como los más jóvenes… la edad no importa. Aquí a escasas noventa millas de “nuestra tierra” nos hemos inventado otra Patria que decimos que es mejor que la otra, donde no se admite una opinión contraria a la ya conformada y establecida, en esta “ciudad particular”, donde la propaganda y las informaciones no tienen que ser necesariamente ciertas… eso no importa… y de donde se pretenden promover y dirigir la puesta en marcha de una sociedad democrática en Cuba…

Finalmente, a pesar de no comprender a mi ciudad en su diversidad, mucho menos verla desarrollada a plenitud como parte de Estados Unidos, y apreciarla como una ciudad genuinamente hispana —más bien cubana—, a despecho de los propios norteamericanos que aún quedan en su territorio, aunque en honor a la verdad más desarrollada política y económicamente que las nuestras, al estilo “gringo” por supuesto, pero con ese toque de subdesarrollo habitual que le damos nosotros los hispanos a todo lo nuestro… sea por ende ya latina por excelencia, con sus logros y defectos, constituye para mi, mi segunda patria, la que me acogió, la que me abrió sus puertas. Por todo ello considero el deber moral y el compromiso de ayudar a desarrollarla plenamente.

Sin duda alguna, independientemente de nuestra edad, de la generación a la que pertenezcamos, de la oleada migratoria en la que arribamos, de nuestras inclinaciones políticas y sociales, de nuestros niveles educacionales y económicos, todo cubano… digo absolutamente todos los cubanos, que a “tierras de libertad” hemos llegado tenemos la obligación moral y sentimental de respetarla e incluso más que eso: adorarla. Finalmente, a pesar de todo lo bueno o malo exclamo… ¡Gracias Miami por tu acogida!…y digo: “De ti Miami viviré eternamente agradecido”…

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