Experiencias milicianas

Enrique Meitin

La manera de actuar de muchos jóvenes que arrastrados conscientes o inconscientemente al enfrentamiento con sus hermanos por una causa que se creía entonces justa, se le debe en parte al poder de la propaganda castrista sobre la juventud cubana de entonces… ¡Qué poder el que ha tenido hasta hoy! Sin olvidar que fue la generación de los primeros que llegaron al “exilio”, los causantes de que sus nosotros al llegar a la edad adulta nos encontráramos con el comunismo ya instaurado en Cuba… nosotros nacimos en él, o éramos muy jóvenes “cuando llego el comandante y mando a parar”.
No obstante mi respeto y honor a aquellos cubanos que desde un inicio enfrentaron o combatieron con las armas a la tiranía aun a riesgo de su propia vida o de permanecer encarcelados por muchos años. Honor a ese compañero de Colegio vilmente asesinado por un “sarampionado” aspirante a comunista, un miliciano consciente… muy diferente al inconsciente personaje de este cuento, quien vivió en carne propia experiencias imborrables…
…fue en aquellos primeros meses de la década en cuestión cuando, por haber nacido en una cuna humilde o por las mas disimiles razones exacerbadas por la propaganda castrista, que enarbolaba como único y “Gran Enemigo” de Cuba al “imperialismo” y causante de todos los males —no de los logros—, de aquella sociedad pre-revolucionaria, se incorporó a la “defensa” de la Revolución … tras el periodo de entrenamiento de quince días realizado en el campamento de “La Chorrera” en La Habana, se hizo miliciano y con orgullo recibió su “boina verde olivo”, que reconocía su nueva condición.
…una vez integrado en un batallón de combate fue trasladado a la “Sierra del Escambray”, en la antigua provincia cubana de Las Villas, donde participaría en la llamada posteriormente “primera limpia”… ya que habría más de una… su Batallón fue designado a cubrir una amplia zona con el propósito de que los “alzados” (como se les llamabas a los grupos que se oponían a las medidas de la Revolución y la instauración de nuevo sistema), arrinconados por el Ejército Rebelde no pudiera escapar fuera del cerco ni abastecerse de comida… se nos ubicó en una finca privada, de cuyos dueños se sospechaba que colaboraban con los primeros.
La familia de estos, las de las fincas aledañas, sus arrendatarios, así como la inmensa mayoría de los campesinos del lugar eran simpatizantes de los “alzados”, a quienes apoyaban, escondían y no delataban de su presencia, ante las tropas y “milicianos” del gobierno.
De inmediato me di perfecta cuenta —en contradicción a lo que tanto cacareaba la radio y la prensa ya al servicio del régimen proclamaba y afirmado por nuestros superiores de manera continua—, que la simpatía de los “guajiros” no estaba a favor de la causa que nosotros los milicianos defendíamos, o al menos creíamos defender… la realidad allí, en el campo villaclareño era muy, pero que muy distinta… la confusión y la duda comenzaron a realizar su labor en mi mente adolescente
—Ortega, mande una escuadra de su pelotón a desalojar el bohío… que me saquen todo lo que hay dentro… busquen armas o municiones… y me traes al viejo de mierda ese. Gritó el Teniente Vargas al sargento jefe del 3er Pelotón donde de mi compañía…
… fornido, de buen porte y cierta apariencia militar al estilo de los viejos oficiales castrenses, el mencionado Teniente siempre con sus botas bien lustradas, pese al estado de los caminos en la zona, todos llenos de tierra… Más tarde me enteraría que por su “labor” en la provincia con el Ejército Rebelde, había sido recientemente ascendido de sargento a teniente… como de seguro tal vez lo lograría luego a capitán después de la “limpia” y mas alto aun después, por la sucinta explicación de que… la mierda flota..
—El resto del personal me lo ubica alrededor del bohío. Continuaba ordenando … aproximadamente a unos cincuenta metro, en dirección del “trillo” que va a las lomas… que se oculten bien, por si vienen “alzados”… que estén separados unos de otros… mas o menos diez metros, y que estén listos para el combate… cuando los ubique repórtese… ¿Está claro?
—Si mi Teniente. Contestó el sargento miliciano, sin aclarar nada y raudo se dispuso a cumplir el mandato del oficial del Ejército Rebelde, que a la sazón era quien estaba al frente de la compañía…, ordenaba al resto de los milicianos.
—Tú. Dirigiéndose a mí… Martínez y Gervasio, saquen a esos cabrones de la casa… que tanto el viejo como sus hijos apoyan a los “alzados”. Vociferó el sargento Ortega,… mientras el resto del pelotón sin miramiento alguno saqueaba el bohío, en busca de algo que evidenciara un real apoyo de la familia.
Martínez y Gervasio encontraron dentro a un viejo montuno que parecía tener por lo menos unos setenta años que dijo llamarse Servando, mientras suplicaba que no le hiciesen nada a su familia… mientras una a mujer de cara vulgar pero con buen tipo, frunció el ceno al verme… ¿Hay alguien más ahí?. Grité, y de inmediato mi grito pareció perderse en un silencio completo en aquel humilde bohío…
…tres pares de ojos salidos de sus orbitas, correspondiente a igual número de críos —dos niños y una niña—, me observaron como si yo fuera el causante de otra guerra que recién comenzaba en el interior de su vivienda como continuación de la que al parecer había terminado fuera de su casa… nunca he podido olvidar la expresión de terror de los ojos de aquella niña, que a pesar de mirarme fijamente al igual que sus hermanos, tenía algo distinto… siempre mantuvo la calma, de la cual carecía el resto de la familia, y ante mis ojos su aparente fealdad se comenzó a transformar poco a poco en esa belleza femenina que precede a la adolescencia… me dirigí hacia la puerta antes de que ella (el) pudiese cuestionarse mis respuestas
Una vez que Martínez y Gervasio sacaron al guajiro, a su esposa y a sus tres hijos, llevaron al primero casi a rastras ante la presencia del Teniente, quien enseguida tomó a este por uno de sus brazos y lo obligó violentamente a sentarse en un “taburete” que había levantado del suelo y recostado contra la pared del bohío… mientras yo y otro de los milicianos que entramos primeramente en la vivienda, nos ubicábamos a ambos lados del prisionero… De pronto pensé en mi vida, allá en la Habana Vieja, y me dio mucha lástima lo que le estaban haciendo a esta familia, pues si a mí y a mi gente nos sacan de esa manera de la casa, yo no estaría muy contento que digamos, sobre lo que los milicianos estaban haciendo, y por supuesto defendiendo… cuando la voz del Teniente Vargas me hizo abandonar mis pensamientos
—Siéntese mi viejo, que quiero que me cuente algunas cositas. Comenzó el Tte. Vargas, al parecer “dulcemente” a interrogar, al nervioso anciano, para ir elevando el tono cuando le hacia las siguientes preguntas: ¿Dicen que su hijo esta “alzado”? Cuénteme… ¿Es eso verdad? ¿Donde está Eleuterio?
—Mi hijo está en el monte, trabajando. Respondió el tal Servando, con manifiesto orgullo. Está cortando leña… para hacer carbón…
— ¡Cabrón! Rectificó irónico Vargas… porque eso es lo que es… Sabemos que está en el monte…pero no coartando leña… leña es la que le vamos a dar a él y a los que están con él cuando lo cojamos… va a dejar de robar y asaltar a los guajiros… y de asesinar a gente inocente…
—Mi hijo no es ningún asesino. Contestó indignado el guajiro mientras trataba de levantarse de su asiento, lo cual fue impedido por el propio Vargas.
El anciano ya de nuevo en el “taburete” se quedó pensativo por un momento, meneo negativamente su cabeza y sin tener en cuenta el alcance que pudiesen tener sus palabras agregó valientemente… Mire señor oficial, estar en contra de ustedes los comunistas, no es ser asesino, es ser patriota… si yo tuviera menos edad, estuviera allí con los “alzados”, que son más cubanos que ustedes.
Pude captar el dolor moral que había provocado en el humilde anciano tal acusación. Aquel dolor —que aparentemente parecía compartir con él—, solo podía soportarse por el hecho de saberse al otro lado del sistema que aquel “verde-olivo” representaba, el haber contrariado al oficial lograba que aquella aparente derrota se convirtiera en una victoria sobre el ahora indignado oficial. La mejor respuesta del noble anciano en defensa, no tan solo de su hijo, sino de los principios que él y la familia defendía, frente al terror que implantaban en su propia casa, era la confianza en la justicia suprema. Por ende el rechazo a dejarse intimidar se hizo latente y ese humilde, débil y empobrecido anciano, ante mis ojos se hizo rico, fuerte y joven…
…mis pensamientos de solidaridad con aquel padre digno comenzaron de inmediato a desfilar por mi mente y a ordenar otros sentimientos. Recordé al mío cuando una vez nos dijo —a mí y a mi hermano—“… el dolor es un don… la humanidad no conocería el miedo, ni la piedad, sino conociera el dolor…no podría existir la humildad…el reconocimiento del dolor y del miedo en los demás despierta en nosotros la piedad, y en nuestra piedad reside nuestra humanidad”
De más está decirles que el oficial no pudo contenerse… fue mucho para él. Las palabras del anciano carentes de temor alguno, despertaron su enojo y sin pensarlo dos veces, levantó su brazo para darle una bofetada… fue entonces cuando yo lo detuve… por múltiples razones no lo podía permitir… y a partir de ahí comenzaría mi Odisea, pero al mismo tiempo también, mi toma de conciencia.
—Compañero Teniente, por favor discúlpeme. Mostrándome sensiblemente indignado por el proceder del oficial lo aparte cogido de la mano, ante el asombro del anciano y del resto de mis compañeros milicianos, y agregue… Yo creo que usted no debe hacer eso… yo no permitiré que golpee a nadie, menos a una persona mayor, que puede ser su abuelo…
Reflexionando ante mi intromisión, Vargas se desprendió de mi, se mantuvo en silencio por unos segundos y después de tragar en seco, me contestó entre dientes: “… tiene mucha razón soldado… gracias… trasladen a este señor a la Jefatura del Batallón —refiriéndose al guajiro—, para que lo interroguen, los que saben. Al decir esto último, me miro con absoluto desprecio mientras alzaba la voz para decir…Y usted miliciano incorpórese al resto del pelotón… monten en las carretas a toda la familia para que los lleven al “apeadero” del tren. Ante mi indecisión, pues me había quedado casi paralizado después de haber interrumpido el interrogatorio, al parecer ya algo más calmado Vargas concluyo… Cumpla miliciano que a su regreso ya hablaremos.
Una vez finalizado el desalojo de los campesinos, de despojar a una de las familia de sus escasas pertenencias, custodiar al prisionero, obligar a sus miembros a montar en carretas para conducirlas al tren, que según su teniente los trasladarían a otro sitio, fuera del cerco —no supo que era hacia otra provincia—, donde le darían comida, ropas y otro lugar donde vivir, mientras terminaba la “limpia”, fue entonces cuando me percate de lo que había hecho. Había enfrentado a un superior, y eso se pagaba caro, dado el caso de que me acusara por insubordinación. No me importaba, no sentía arrepentimiento alguno por mi proceder, por el contrario, estaba indignado por lo que quiso hacer el hijo de puta Teniente y estaba más que dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos.

Concluido el incidente y alejados los prisioneros, tal y como había dicho, Vargas me llamó para “ponerme en mi lugar”. Entre en el bohío, que se había convertido en la Jefatura de la compañía, me pare en atención y desde la puerta pedí permiso para dirigirme a él, tal y como establece la cortesía militar…
—Descanse, compañero miliciano… creo conocerte bien, eres de allá de regla o de la Habana Vieja… y que estás bajo las ordenes del sargento Ortega, ¿No? Comenzó diciendo el Teniente.
—De la Habana Vieja compañero Teniente, y el sargento Ortega es mi jefe inmediato. Ordene usted. Respondí…
—Sabe usted, soldado lo que ha hecho hace unos minutos… Si no es así, para que lo sepa… cometió un acto de insubordinación ante un prisionero… eso es una falta bastante grave… ¿No lo cree? Preguntó con prepotencia el oficial.
—No, ese es su punto de vista, no el mío…Yo lo único que hice, fue defender los principios que me han inculcado. Respondí aparentemente calmado, pero manteniendo mí firme convicción en lo que estaba haciendo.
—Mira hijo, ya bastante estamos jodido con estar aquí… no se le puede permitir a ninguno de estos “culos de mierda” que atenten contra la Patria ayudando al enemigo… ¿Quiénes se creen que son?… además, ¿Quién se cree usted que es para meterse en lo que no le importa?… ¿Sabe que yo soy aquí el que manda? …. ¿Cree que puede interponerse en un interrogatorio con los prisioneros? Visiblemente enojado me disparó una tras otras sus preguntas.
—En realidad lo que hice fue impedir que usted cometiera un acto del cual pudiera arrepentirse después más tarde. Le contesté tratando de que recapacitara e inclinar la conversación a mi favor…Debería agradecérmelo en vez de censurármelo.
— ¡No jodas!, además tengo que aplaudirle su falta de respeto… y que le reconozca un mérito… ¡Manda cojones!… Expresó con ironía el Teniente. Lo que debía hacer es llevarlo a una corte militar.
—Proceda usted entonces, pero sepa el problema es mas suyo que mío. Esta vez el enojado era yo y en mi defensa agregué. Si quiere lléveme a una corte… hágalo, que allí diré que usted se dedica a darle golpes a los prisioneros, sin comprobar siquiera si es un colaborador o no… Sepa usted además compañero Teniente que no soy un militar, soy miliciano, y estoy aquí voluntariamente.
— ¿Voluntario de que cojones? Interrogó el Teniente ya fuera de sus cabales… lo que me incendio del todo por la forma descompuesta de expresarse aquel oficial… pero yo tenía que mantenerme calmado y decirle en su cara lo que pensaba de él.
— Se me olvidaba agregar que además insulta a sus subordinados. Lléveme si quiere, que allí diré todo eso, pero hoy aquí le diré algo mas… se que debo respetar su jerarquía militar y creo haberlo hecho… pero los cojones se los mete compañero Teniente… no le aguantó grosería a nadie, por muy oficial que sea…
—Veo que tienes agallas… vamos a ver si en el combate mantienes la misma “guapería”… allí es donde se prueban los guapos…
—No soy guapo, soy un hombre y a los hombres se le respeta. Le expresé sin tratando por todos los medios de no perder la calma y ponerme a su altura. Concluí diciéndole. Haga lo que usted quiera… yo sé defenderme… Permítame retirarme.
—Mira muchacho…Contestó el Teniente, hasta ese momento enfurecido, al parecer el tono de mis palabras sin alteración, lo hizo cambiar de aptitud. Déjame decirte una última cosa antes de que te marchas… porque todos ustedes los jóvenes de ahora, son unos equivocados… se es voluntario para el ingreso en las Milicias, después tienen que acatar las órdenes de sus superiores, y punto… Pensaré bien lo que voy a hacer contigo… retírese, yo lo llamaré de nuevo, cuando tenga una respuesta para su caso. Dio por concluida la conversación y de inmediato llamó al sargento, el cual apareció de súbito, pues había permanecido en el portal de la vivienda sin perderse nada de lo que ocurrido dentro… mostrándose ante mi sensiblemente indignado por el proceder de su Teniente.
—Ortega, sáqueme de aquí a este muchachito que me resulta un poco conflictivo. Le ordenó tan pronto rebasó la puerta… Sitúalo en la primera línea de combate… veremos si es guapo de verdad… para que se cujee en el combate, que vamos a tener que enfrentar a estos cabrones. Terminó diciéndole al sargento mientras se dirigía mí. Y tú, vamos a ver cómo te comportas muchachito. Y con ironía me expresó. A ver si allí defiendes con tanto arrojo los principios de la Revolución que dices practicar… vas a tenerme que demostrar que eres cumplidor de esos principios de lucha contra el enemigo del Pueblo… después veremos lo que hago contigo…
Cumpliendo la orden del Teniente, Ortega me mando a mí y a dos milicianos mas, Martínez y Gervasio —ambos de mi escuadra y que habían presenciado el debate completo—, a cavar unas trincheras alrededor del bohío de Servando, ubicándonos a los tres en la que estaba más cerca del trillo que comunicaba la vivienda con las lomas, por donde se pensaba que podían aparecer los “alzados”
Desde el inicio de la actividad en la Milicia, cada vez que coincidíamos los tres, o cuando estábamos cerca, como fue en esa trinchera, hablábamos de nuestra vida, del pasado y del futuro, casi nunca del presente… lo evitábamos. Un día Martínez, quien era un mulato de más de seis pies de estatura, mayor que yo, y trabajador de la construcción me confesó que se había incorporado a las Milicias para no perder su empleo en el Ministerio de esa rama, e incluso llegó a manifestarme que no le gustaba eso de estar “guerreando” con todo el mundo. Marcos —nombre de ese humilde trabajador que había sido criado como yo en el barrio de “Atares” en mi nunca olvidada Habana Vieja—, me recordaba en algo a mi padre, debido a su forma de hablar utilizando el “refranero español”.
El otro miliciano, Gervasio a pesar que solo tenía unos los cincuenta años, y que nosotros por fastidiarlo le decíamos “el abuelo” no era citadino como Martínez sino de origen campesino, nacido en Pinar del Río, pero vivía entonces en Regla —todos los hombres del Batallón vivíamos en Regla, Guanabacoa o La Habana Vieja. Cuando ingresó en las Milicias ya tenía experiencia como combatiente, pues participó en la lucha insurreccional contra Batista. Afirmaba que a él, al contrario de Marcos, si le gustaba el combate y pensaba una vez que terminara la “limpia” incorporarse al Ejército. En realidad los tres formamos un “trió” que nos preocupábamos entre sí por lo que pudiera ocurrirle a uno de nosotros. Es por ello que tanto Marcos como Gervasio que habían presenciado la discusión que yo había tenido con el Teniente, trataban de aconsejarme sobre lo que debería hacer, en caso de que el oficial tomara alguna represalia contra mí…
—Ese es un come mierda de los grandes. Expresó en una oportunidad Martínez, refiriéndose al Teniente, llevando la conversación a ese tema, una tarde, en que Vargas pasaba revista a los atrincherados, casi una semana después del incidente. Mira que pegarle al viejo ese… si es en mi barrio se lo comen vivo… hiciste bien en detenerlo y ponerlo en su sitio… alguien tenía que hacerlo… pero no por él. Pero no vamos a permitir que te envuelvan a ti… ¿Verdad Gervasio? Busco la aprobación del otro combatiente
—Por supuesto que no. Enfatizó el aludido y agregó dirigiéndose a mi… pero se te fue la mano amigo… a veces hay que aguantar lo que dicen los jefes, y después actuar… pedir un, y “pa’lante”…
— ¡No jodas!… que conducto reglamentario ni un carajo… no me fastidies compadre —interrumpió Marcos— lo que se merece ese cabrón, es que lo boten de aquí y lo manden a cortar caña. Y que se joda… que es bastante hijo de puta con la tropa…. Hiciste bien socio, y tú. Dirigiéndose nuevamente a Gervasio… tenías que ser de Pinar del Río… Regla al parecer no te ha enseñado nada… tú debes de ser de los que le echan cojones y se quedan así como así, y luego le dices… tenientito, por favor, me da un conducto militar reglamentario para ver al capitán, porque Vargas me echó cojones… ¡No jodas “mi’ambia”!.. ¿Quieres que el socio sea maricón o qué?… acuérdate que nosotros somos de la Habana Vieja y de la calle… ¡Bien hecho varón! Reafirmó Marcos de manera risueña, en el dialogo que se había transformado prácticamente en una discusión entre ambos antes de que yo me metiera…
—Yo se que cuento con el apoyo de ustedes…pero sigo pensando que hice bien, no me arrepiento… me da lo mismo este que haga lo que haga…como si me quieren licenciar y mandarme a casa… mejor, ya estoy harto de este mierda, de lo que le están haciendo a los guajiros… no quiero pensar que esto sea mandado por Fidel… quiero pensar que es Vargas el extremista… No creo que la Revolución permita esos abusos…
—Yo no sé qué pensar ya, con todo lo que he visto. Replicó Marcos.
—A mí con estos abusos se me están quitando las ganas de ser militar…Nos estamos pareciendo a la Guardia Rural de Batista con los “desalojos” esos. Apuntó Gervasio.
—Bueno muchachos, la cosa es que él ha tenido tiempo de llamarme a contar, y no lo ha hecho… por eso todavía creo que es cosa de él… sabe que metió la pata hasta los huevos y le está dando largas al asunto a ver qué pasa… ¿Creen ustedes que él está arrepentido por lo que hizo?… ¿O tiene miedo? Pregunte buscando la opinión de mis compañeros.
— ¡Arrepentido!… ¡Miedo ese!, ¡No jodas!… lo que está esperando es que te maten en este cabrón hueco… no por gusto te puso aquí en la vanguardia… Te quiere joder a ti, y de refilón a tus socios, que fueron testigos de la mierda que quiso hacer, para que no quede nadie que pueda hablar de él… esa es la larga que está dando… ¡Pero ni pinga!… no nos van a joder. Exclamó afirmativamente Marcos.
—Tú crees que por eso estamos aquí, al frente. Interrogó iluso Gervasio.
—Porque entonces no puso una ametralladora de pie, peinando el camino, y nos mando a nosotros con solo tres fusiles. Continuó el moreno.
—Puedes que tengas razón, pero sigo creyendo que él sabe que falló, y quiere darle tiempo al tiempo… veremos qué pasa en los próximos días… si no me llama, yo soy el que lo va a llamar a él.
—Verdad que tu eres “cojonuo” “mi’ambia”. Se dirigió a mi Marcos usando un argot popular.
—Yo creo también que tu lo debes llamar… que te diga que es lo que hay… que no te la caliente más. Concluyó Gervasio.
En realidad no me llamó para nada. Así los días trascurrieron, incluso mis amigos se dieron cuenta, que tanto el sargento como Vargas, parecían haber olvidado el asunto y se mostraban mas afables, tratando incluso de congraciarse conmigo. Pasaron alrededor de dos semanas y ningún “alzado” bajó por el camino rumbo a la vivienda ocupada por la Milicia. Solo una compañía del Ejército Rebelde contactó con ellos trayendo varios prisioneros maniatados, que denotaban por su vestimenta ser guerrilleros.
En los días sucesivos pudimos apreciar como se les negaba agua y comida a los prisioneros, hasta tanto firmaran confesiones que oficiales de la Seguridad redactaban para ellos. De manera continua se les vejaba, incluso en ocasiones, se les torturaba sin juicio alguno. Vimos como soldados rebeldes, mandados por oficiales del Ejército, ante mi asombro , sumergían a los “alzados” prisioneros en el agua para sacarlos cuando ya casi se estaban ahogando, no pudiendo algunos de ellos superar la inmersión, muriendo ahogados.
Ante tales evidencias, los tres —sobre todo yo—, llegamos a la conclusión que eso era política del régimen y no de ciertos oficiales, como inocentement5e y engañados por la propaganda creíamos en un principio, y que impunemente cometían tales excesos, por lo que juramos que si regresaban vivos a La Habana, dejarían las Milicias, para siempre ya que no estaban de acuerdo con seguir apoyando al sistema en su política represiva.
Si bien a mediados de marzo, de ese año, la gran mayoría de los milicianos de la provincia de La Habana que llevaban varios meses en El Escambray, se les dio algunos días de pase para que visitaran a sus familias, para luego ser destinados a otros lugares ante el peligro de una agresión militar directa por parte de Estados Unidos, a mi Batallón no le cupo tal suerte, por el contrario nos mantuvimos en operaciones de control y traslado de prisioneros por un mes más, sorprendiéndonos en eso la invasión por “Bahía de Cochinos”, territorio entonces de la antigua Provincia de Las Villas.
De ahí fuimos trasladados en camiones hacia la zona de “Playa Larga”, por lo que ni él ni sus amigos pudieron llevar a cabo su licenciamiento, como habían acordado. “Bahía de Cochinos”, sería para mí no solo otro aspecto que eliminaría parea siempre la duda sobre las “bondades” del régimen que inconscientemente hasta ese momento había creído defender, sino la gota que desbordó la copa de mi aguante, cuando con mis propios ojos vería el vil asesinato de un conocido, ex alumno del Colegio en el cual había estudiado, quien formaba parte de los cubanos que venían a rescatar la soberanía y la libertad de nuestro pueblo.
Fue en la búsqueda de los sobrevivientes de la invasión, diseminado por la ciénaga, cuando me pareció ver a uno, detrás de los arbustos, tratando de pasar inadvertido ante nosotros, que nos acercábamos sigilosamente. Pude divisar a un hombre de camuflaje, como de mi edad, y sin que este pudiera percatarse de mi avance me encamine hacia él, lo encañone, con el propósito de hacerlo prisionero y le exigí que se rindiera…
— ¡Oye cubano!, será mejor que te rindas, ya hiciste demasiado… levanta las manos y sale poco a poco de donde está para que pueda verte bien. El joven patriota, indefenso, con las manos levantadas, salió de su escondrijo… Cuál fue mi alegría y mi sorpresa al mismo tiempo al reconocerlo…De inmediato ante la presencia del miliciano, que de inmediato lo reconoció…
— ¡Tú no eres Richard!, no jugaste con nosotros “pelota” en el Colegio, aunque creo que lo hiciste en el equipo de infantil. Le exprese al prisionero cuando pude ver bien su rostro, mientras bajaba mi arma y apuntaba hacia el suelo…
— ¡Qué barbaridad!… claro que me acuerdo de ti, tú eras lo máximo en el Colegio. Me contestó el prisionero, mientras el bajaba sus brazos, y se acercaba hacia mi tendiéndome su mano para saludarme… cuando en ese preciso instante, tronó una ráfaga de ametralladora que lanzó por los aires al joven invasor, para caer destrozado a un lado del arbusto, que hasta entonces lo había resguardado.
— ¡Cojones!, que hiciste “condenao”…se estaba rindiendo, estaba desarmado y lo mataste. Grité encolerizado….
—Te iba a atacar, no viste que bajo las manos, para buscar su arma… Me replicó el miliciano asesino, sorprendido por la crítica hacia lo que acababa de hacer y consternado por la defensa hacia el “invasor”…
— ¡Lo mataste… asesino!, ¡Lo mataste!.. Yo lo conocía, era un gran muchacho, y tú lo mataste. Mientras le decía esto, me lance sobre el miliciano, enroscándonos en una pelea casi a muerte, hasta que fuimos separados por otros de la escuadra miliciana, entre los que se encontraban mis amigos, Marcos y Gervasio, mientras el sargento raudo se acercaba a ver que había motivado los disparos lo que estaba ocurriendo.
— ¡Qué hacen, estúpidos! Gritó el sargento Ortega.
— Que este hijo de puta fusiló al jovencito ese, que estaba desarmado y que se había rendido ya. Le informe al sargento mostrando irrefrenable y colérico. Lo cosió a tiros. Dije y trate nuevamente de lanzarme sobre el miliciano que le había disparado a mi antiguo condiscípulo, siendo separado por Marcos. Sin poder contener mi ira volví a gritarle, esta vez utilizando la palabra que se merecía. ¡Asesino!…
—Si yo disparé. Afirmo el agresor, temblando como una hoja… no podía decirle si de miedo o de impotencia, pues para él lo que había hecho era un acto de heroicidad al ejecutar a un “invasor”. Como tú te sorprendiste porque lo conocías, no te diste cuenta de que él buscaba su arma para… te iba a disparar. Casi tartamudeando, trataba por todo los medios de disculparse… aunque no se mostraba muy seguro que debía hacerlo…
—Aquí no veo ningún arma. Aseguró Gervasio, después de haber recorrido el lugar donde yacía el joven invasor, visiblemente destrozado por la “ráfaga”…
—Bueno señores, sigamos con lo que estamos haciendo, un muerto más o menos de ellos, no es significativo… que se jodan, no vinieron a matar… pues no vamos a detenernos a pensar si estaba o no armado, lo cierto es que ya no está… ¿No es así?, y ustedes dejen ya la bronca o los mando a la Jefatura… ¿Está bien?…
—No no está bien sargento… Dije aguantando rabia que bullía dentro de mi…
—En realidad ese hombre no estaba armado. Insistió Marcos ante su oficial inmediato.
—Lo cierto fue, que mató a un prisionero. Recalcó Gervasio, manifestando también su marcado malestar, por la acción cometida por dicho miliciano.
—Y que quieren ustedes que yo haga, que la muerte de uno de estos singaos acabe con mi tropa, tildando a uno de asesino y al otro de defensor de los mercenarios… ¿Es que tú lo conocías verdad? Aprovechó a decir Ortega, tratando de chantajearme como recordando los sucesos de semanas atrás en el Escambray… Voy a pensar que siempre estas defendiendo al enemigo…
—Eso es lo último que podía oír de usted sargento… ya sabía yo que lo del Escambray no se había olvidado del todo…siempre ustedes los extremistas se guardan algo.
—Bueno dejen eso ya. Interrumpió Gervasio, no para justificar las palabras del sargento, sino tratando que lo ocurrido no fuese a perjudicar a su amigo, y traer a colación las rencillas pasadas, después agregaría como conclusión…. que hay muchos mercenarios por la zona, y hay que detenerlos antes de que caiga la noche… dejen las rencillas, y celebremos la victoria… Aquella nefasta victoria sobre una guerra entre hermano que nunca debió tener lugar, victoria que como todos sabemos fue sobrevalorada por el régimen, más que manipulada para que pudiese ser celebrada por la mayoría de la población cubana engañada, quien vitoreo a los aguerridos milicianos, a su regreso a sus lugares de residencia —donde se incluían a aquellos que asesinaron a algunos que se habían rendido.
Singular fue la fiesta que hubo de celebrarse en la casa del Batallón de Milicias, frente al “Parque de la Mandarria”, del ultramarino pueblo de Regla, donde entre los asistente estuvo el mismito hermano del tirano, asistió Raúl Castro, para congratular y galardonar por su disciplina y heroísmo a los milicianos que según el “…heroicamente habían defendido la Patria”. Los hombres de este Batallón habían pasado del Escambray a “Bahía de Cochinos”, sin detenerse a refrescarse en sus hogares, donde había tomados más de cien prisioneros, y sufrido la pérdida mortal de cinco milicianos —tal vez sin conciencia como yo—, y otros veinte, que se encontraban recluidos en hospitales sanando las heridas que habían sufrido en el combate de “Playa Larga”.
Tan pronto regrese a la casa, tomado ya conciencia de cómo me habían manipulado, como a muchos jóvenes de mi generación, decidí no acudir más a los llamados del Batallón, mucho menos asistir a una fiesta que clamaba una victoria pírrica entre hermanos —después hube de enterarme que igual lo habían decidido y hecho Martínez y Gervasio—, donde repartieron medallas y diplomas. Cuando finalmente recibí, por correo, el diploma que certificaba mi participación en la “limpia”… resueltamente lo rompí con furia y lo quemé, tratando de arrojar de mí con esa acción, la soberbia que sentía, no solo por mí, sino por todos los jóvenes que como yo habían sido engañados, por ellos conscientemente, y yo inconsciente lo había permitido.
Sin importarme nada mandé al Estado Mayor de las FAR, aun departamento que se encargaba de la Milicias Máximo, mi carne de miliciano y una carta en que le comunicaba de mi renuncia y le manifestaba los motivos por lo cual tomaba dicha decisión, en términos que podían incluso tildarme como traidor y desertor…
Es por ello queridos compatriotas cubanos en el “exilio” el porqué digo con mucho orgullo, que a pesar que fui miliciano sin una real conciencia en los turbulentos sesenta. Dios nuestro Señor con una de la dolorosa prueba que pone en el camino de los humanos me hizo tomar el camino correcto… Por eso no temo hoy hablar de ese pasado… no tema usted tampoco si cree haber hecho lo correcto, como yo lo creo y lo sostengo…

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