Fonso el de Jarubí

El autor de niño con el caballo Lucero.

Una de mis experiencias inolvidables en la niñez me ocurrió con Fonso, personaje conocido por los pobladores de Jarubí sin excepción. Su estatura era mediana, de treinta y tantos años; atraía mi atención, la fortaleza física de este guajiro natural, la cual se podía apreciar por su torso fornido al descubierto, solo usaba pantalones remangados hasta las rodillas, amarrados por debajo del ombligo con un pedazo de soga manila; descalzo por años, sus pies se habían deformado, a tal punto, de caminar leguas sin daño alguno; las manos eran gruesas, con dedos en forma de garras. Sus rasgos faciales eran una mezcla de felino con reptil, ojos verdes, piel sumamente curtida por el sol, dientes grandes, y decían que relucientes; exhibía dificultades al hablar en las pocas ocasiones que lo escuché, con un vocabulario reducido debido a su déficit mental. Realmente su nombre era Alfonso, pero al preguntarle cómo se llamaba, él contestaba “Fonso”. Andaba siempre cabizbajo, ensimismado; sin amigos, mantenía una conducta evasiva; la mirada recelosa, denotaba el resultado de burlas de las que era blanco. La gente lo consideraba un pobre infeliz, se aprovechaban de su ignorancia e inocencia. En muchas situaciones fui testigo de cómo se reían de él, gritándole que estaba loco y haciéndole maldades de mal gusto. Una de ellas ocurrió durante la celebración de los carnavales del pueblo; se reunieron unos jóvenes y le dieron ron hasta emborracharlo, después otro, disfrazado de mujer se puso a enamorarlo y él quedó prendado, al día siguiente ya sobrio, andaba en busca de la supuesta novia, para risa de todos. A pesar de ello, nunca supe de manifestación agresiva en él.
No le conocí familia, nadie supo explicarme su procedencia, era como si hubiera aparecido de la nada; dormía donde le sorprendiera la noche, se alimentaba de frutas y de alguna, que otra comida, que le dieran a cambio de duras labores que realizaba en el campo, cortando leña, haciendo carbón vegetal, sacando agua de pozo. De apetito voraz, le vi comerse una mano de plátanos verdes llamados tarro de buey, con cáscara y todo, una docena de huevos crudos criollos, así como un inmenso melón “colorao” con sus semillas. Después se bebía casi media cántara de leche de vaca, sin apenas respirar. Su estómago era un gran saco de proporciones incalculables. Era capaz de derribar a un torete joven al suelo, con uno de sus piñazos en la frente del animal, dejándolo tonto por un rato.
Los días de lluvia eran una fiesta para él, pues solía correr por la carretera, soltando gritos de alegría y carcajadas estrepitosas; ante la mirada y asombro de espectadores se ponía a competir con los carros y la ruta de la guagua Santiago-Habana que pasaban, desafiándolos en velocidad. Por todo ello, no dejaba de ser un personaje pintoresco y popular en aquel pueblo. Para mi les puedo asegurar, Fonso representaba algo salvaje, visto por vez primera, con mezcla de temor y curiosidad. En ocasiones se acercaba a la casa de mis abuelos por la ventana de la cocina, a engullir de un tirón el platillo de dulce casero ofrecido por mi abuela; yo lo observaba y él, a mí, sin mediar palabras, con el gesto de ladear las cabezas intercambiábamos un saludo y se marchaba a trabajar.
Mi padre me había obsequiado un hermoso potro color oro con una mancha blanca en su frente en forma de rombo, de ahí su nombre “Lucero”, muy parecido al que había tenido en su juventud; yo acostumbraba en las mañanas a cabalgar hasta el rio “Cantarranas” para darle agua de beber a Lucero. Una mañana, en exceso calurosa de aquel verano, decidí además de abrevar a Lucero y aprovechando la soledad del rio darme un chapuzón para refrescarme, no era la primera vez que lo hacía; sin pensarlo dos veces ya estaba en el agua, después de quitarme la ropa y dejarla al borde del rio, escondida entre yerbas junto al caballo. Disfrutaba de mi baño en aguas frescas, nadando en un recodo del rio en forma de pozeta de gran profundidad, cuando de repente, me sentí halado por una corriente en remolino hacia el fondo con gran fuerza, traté de vencerla en varios intentos, pero mis energías mermaban y la desesperación me invadía; fueron muchos los pensamientos en mi mente…mis padres, mis hermanos, mis abuelos y su responsabilidad de cuidarme. En los ríos existen corrientes en forma de remolinos provocados por manantiales subterráneos, eso fue lo que me ocurrió. Cuando casi vi mis esperanzas de vida perdidas, sentí un gran tirón hacia arriba, unas manos poderosas en forma de garras me sostenían por mi cintura y me lanzaban de una vez, fuera del agua, al borde del rio. En segundos reaccioné, me vino el alma al cuerpo y para mi asombro, pude reconocer, aunque estaba de espalda, la figura robusta de aquel guajiro solitario, saliendo por el otro borde del rio, sin emitir palabra ni mirarme a la cara. Por mucho que lo llamé: ¡Fonso! ¡Fonso! , él continuó su camino por el trillo que ladeaba el rio. Yo regresé a casa de mis abuelos, aún con los efectos del susto, pero contento de estar vivo, gracias a la acción de mi salvador. De lo sucedido, no hice comentarios; a la mañana siguiente Fonso se acercó a la ventana de la cocina en espera de los dulces de mi abuela, intercambiamos el habitual saludo con el movimiento ladeando las cabezas, pero en esta oportunidad pude apreciar sus relucientes dientes, al regalarme una amplia y hermosa sonrisa.

Rolando Lorié (copy right-2012)

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