CRUCERO POR UCRANIA

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Alexandra

París, 1 de marzo de 2013.

Querida Ofelia:

Llevo un mes en casa reposándome de la operación de la rodilla, ya puedo caminar normalmente y el lunes comienzo la fisioterapia. Todo este tiempo lo he dedicado a leer, escuchar música y escribir  crónicas a partir de los apuntes que se habían ido acumulando, sobre todo las que se refieren a museos y exposiciones de arte. Pero como hoy comienzan las dos semanas de vacaciones de invierno – y éste sí que está siendo un verdadero invierno con temperaturas negativas y nevadas sobre La Ciudad Luz-, he decidido escribirte sobre el Crucero por Ucrania que hicimos durante doce días en el verano pasado y después te narraré el Crucero por los Emiratos Árabes Unidos y el Sultanato de Omán que hicimos durante las Navidades.

Volamos de París a Odessa en un avión de la compañía LOT, lo cual fue una agradable sorpresa, pues los asientos eran anchos y había espacio suficiente para mis largas piernas (recordé la pesadilla de los asientos “ortopédicos” en vuelos de  Air Canada, Aeroflot y American Airlines); además las azafatas fueron muy agradables y la cena de calidad. Las únicas azafatas que he encontrado antipáticas son las de la compañía Aeroflot. Recuerdo que en el vuelo de Moscú a París hace unos años le pregunté a una, si ellas habían cometido algún delito por el cual las habían condenado a trabajar como azafatas en Aeroflot.

Del aeropuerto de Odessa nos llevaron inmediatamente al puerto, al barco fluvial Dnieper Princess. Fue construido en la R.F.A. en 1988 con una decoración muy austera, no hay ni un sólo toque de refinamiento, lujo o buen gusto. Tiene cuatro puentes (¡sin elevadores!), 129 metros de largo por 17 de ancho. Los 145 camarotes tienen ventanas que dan a un pasillo exterior y poseen lavabo, taza y una ducha que sale de la pared del lavabo, por lo cual te duchas mientras el agua cae sobre el lavabo y la taza. Hay una pequeña sala vetusta -como casi todo el barco-, que sirve para conferencias sobre la historia de Ucrania, etc. y en un televisor pasaban películas a partir de DVD en ruso con subtítulos en ucraniano. Sólo uno de los turistas me confesó que le gustaba ir a ver esas películas, aunque él no dominaba  ninguna de las dos lenguas.

Había una especie de apartheid turístico. En el Restaurante Kiev teníamos que desayunar, almorzar y cenar en puestos fijos asignados por la organización del barco, todos los occidentales: españoles, italianos, estadounidenses, franceses, etc. Mientras que en el Restaurante Yalta – situado a dos pisos de diferencia- estaba    reservado a los rusos.  ¿Habrá terminado la Guerra Fría? Tuvimos la suerte de compartir la mesa con una encantadora pareja de franceses provenientes del sur de Francia. Los dos puentes superiores estaban reservados a los turistas rusos y los dos inferiores a los occidentales. Incluso las excursiones tenían horarios diferentes, es decir, que no coincidimos jamás en el barco o en los lugares visitados.  ¿No te parece extraño?

En cada excursión, teníamos una guía acompañante fija -que viajaba en el barco- la que se mantenía siempre como “Ángel de la Guarda” detrás del grupo, mientras que la guía local iba al frente explicándonos. A las guías acompañantes parece que les habían prohibido sonreír, eran: frías, distantes, secas, psicorrígidas, parecía como si les molestara que les hicieran preguntas. En cierto momento en Kiev le hice una pregunta a la guía de los españoles y ésta me respondió que se lo preguntara a mi guía de francés.

Nuestra guía rusa de Sebastopol se llamaba Tatiana, nos aseguró que se vivía mucho mejor en Ucrania cuando formaba parte de la Unión Soviética que ahora que es independiente. Su madre es pediatra retirada y como su retiro no le alcanza para vivir, tiene que vender artesanías en un mercado.

Alexandra (también rusa), era nuestro “Ángel de la Guarda” en todas las excursiones, nos afirmó lo mismo que Tatiana. Nos hablaba “villas y castillas” sobre las ventajas que tenía el pueblo de Ucrania durante la época del comunismo, admiraba a Lenin y nos mostraba sus monumentos con gran orgullo. Incluso al pasar por uno de los tantos horribles barrios de viviendas populares (tipo Alamar), construidos por Nikita Khrouchtchev, que consistían en una sola habitación por familia con baño y cocina colectivos (como en los solares habaneros), ella nos decía que Stalin había hecho muchos mejores alojamientos y comenzaba a exaltar al tristemente célebre dictador, al hombre que deportó y provocó la muerte a más de 20 millones de seres humanos.

El sentido de hospitalidad, acogida y educación del barco se salva sólo por cuatro personas: Yaroslav, joven agradable, con gran sentido del humor,  responsable de la programación y excursiones para el grupo francés ; Julia, la bella y simpática chica que trabaja en la boutique de souvenirs; Alexandra, nuestra encantadora camarera del restaurante que posee los ojos y la sonrisa más hermosos vistos en Ucrania y María (Macha), bella y cultísima joven que trabaja como camarera limpiando los camarotes. Esta última habla un español de gran calidad, pues vivió varios años en Montevideo.

En el espectáculo de la última noche a bordo en el puerto turístico de Kiev, Macha interpretó la celebérrima canción de la gran Whitney Houston, I will always love you, ganándose una gran ovación por parte de los turistas. Algo parecido ocurrió cuando Julie interpretó el tema del filme Titanic, hecho famoso por Céline Dion, My heart will go on.

En todos los museos e iglesias se encuentran las antipáticas y agresivas “babouchkas”, mujeres que pasan de los sesenta años, por lo general gruesas y que lo único que les falta es un látigo en la mano para darte un latigazo si te pasas un centímetro del lugar donde debes pararte o si hablas. Si te alejas unos metros del grupo para ver otra obra de arte u otro altar en una iglesia, ella te cae atrás y como perro pastor, te ordena que regreses al grupo. Si se comportan así con los turistas, no puedo imaginarme cómo serán las que trabajan en las cárceles imponiendo la disciplina a las prisioneras.

A veces te encuentras a las “babuchkas” en las esquinas de los semáforos con carteles donde está escrito: “Alquilo una habitación en mi casa”. Creo que para los  masoquistas sería una buena opción.

Cuando entras a una tienda, por lo general las empleadas son jóvenes muy maquilladas y calzan zapatos de tacones de una altura casi suicidaría; están “pegadas” al teléfono celular y no te hacen caso. Si te detienes frente a ellas con la intención de hacer una pregunta, te puedes cansar de esperar, pues continúan conversando como si no existieras.

Se ven muchos coches de lujo así como inmuebles y mansiones recién construidos, pero de un gusto lejano al occidental. Pertenecen a la nueva oligarquía capitalista, que no es más que la antigua oligarquía roja reciclada en “hombres de negocios”. ¿Ocurrirá lo mismo en Cuba?

Bueno, en mi próxima carta comenzaré a contarte sobre lo que visitamos en ese bello país lleno de historia y con gran riqueza cultural, durante el crucero.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares de la Vieja Europa,

Félix José Hernández.

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