¡ADIÓS KIEV!

Kiev, vista desde nuestro camarote del
barco anclado en el río Dniéper.

Kiev, vista desde nuestro camarote del
barco anclado en el río Dniéper.

París, 10 de marzo de 2013.

Recordada Ofelia:

Hoy se conmemoran 61 años de aquel 10 de marzo de 1952 en el que Fulgencio Batista dio el Golpe de Estado. Así comenzó a “sembrar los vientos que trajeron la tormenta” que ya dura más de medio siglo.

Con esta carta terminaré de contarte nuestro viaje del verano pasado por ese bello país que es Ucrania.

Pasamos el día visitando iglesias y monumentos. Sólo te daré los datos principales de algunas, pues todas son bellísimas, reconstruidas con amor por excelentes: ebanistas, pintores, arquitectos, escultores, jardineros, etc. Es una lástima que en ellas las antipáticas babuchkas impongan el orden por medio de un autoritarismo digno de las cárceles.

El Monasterio de San Miguel de las Cúpulas de Oro, es azul con cúpulas doradas como bien señala su nombre. Fue terminado de construir en el 2011, ya que había sido dinamitado por orden de Stalin en 1937.

La Iglesia de San Andrés, (1754) fue construida por el arquitecto italiano Bartolomeo Rastrelli, el mismo que construyó el Palacio de Invierno en San Petersburgo. La iglesia tiene cinco cúpulas bellísimas. Todo su interior es de colores rojo púrpura y oro.

La Catedral de Santa Sofía es la más antigua iglesia de Kiev. Fue erigida por Iaroslav el Sabio en el 1036. Desde el 1990 forma parte del Patrimonio de la Humanidad. Tiene cinco naves y 19 cúpulas. Su fachada es barroca, pero el interior es bizantino con extraordinarios mosaicos del siglo XI. La belleza de los frescos está a la altura de los de las catedrales más famosas del mundo. En la nave lateral se encuentra el precioso sarcófago que conserva los restos de Iaroslav el Sabio. El medio del jardín se encuentra La Puerta de Oro, que es lo único que queda de la antigua muralla que rodeaba la ciudad construida por Iaroslav en el siglo XI para protegerla de los mongoles.

Visitamos El Museo de los Tesoros Históricos, cuya riqueza es extraordinaria, pues sus vitrinas de cristal blindadas muestran cientos de objetos de oro con piedras preciosas, tesoros de diferentes dinastías, objetos religiosos, de decoración, vajillas, etc. Un verdadero tesoro fabuloso. En cada sala vigila una babuchka. Yo ingenuamente, como en las primeras salas habían demasiados turistas, decidí avanzar e ir a ver las últimas salas, para después regresar a ver las primeras (como acostumbro hacer en las muestras de arte en París), pero sucedió algo muy especial. Al llegar a la última sala, cuando fui a regresar a la penúltima, la babuchka me bloqueó la salida parándose frente a mí con las manos en la cintura y ordenándome salir con gesto brusco y mirada de carcelera. No me quedó más remedio que salir y me quedé sin ver las primeras salas.

Visitamos Las Catacumbas, que forman un verdadero laberinto muy estrecho, más que en el interior de las pirámides egipcias. No se lo recomiendo a nadie, pues hay que bajar obligatoriamente con una vela encendida en la mano (allí no hay electricidad). Las personas se desplazan tan cerca unas de otras, que basta que un vestido se encienda para que cientos de personas mueran en su interior movidas por el pánico, debido al sentimiento de claustrofobia que inspiran los estrechísimos y oscuros pasillos. Le dije a la guía que yo tenía una linterna de pilas en mi bolsa, pero me respondió que estaba prohibido utilizarla a pesar de que prácticamente no se veía nada.

Algo curioso ocurrió al salir de Las Catacumbas. Estábamos al pie de la colina y para salir del monasterio tendríamos que subir unos 800 metros hasta la puerta del mismo frente a la cual nos esperaba nuestro ómnibus. Le pedí a la guía que le preguntara a uno de los taxistas que estaban aparcados allí cuánto cobraba por ese trayecto. Ella fue, le preguntó y nos dijo : “tres euros”. Pero cuando fuimos a subir al taxi, ella volvió a hablar con el taxista, éste comenzó a reírse y entonces ella se dirigió a nosotros y nos dijo: “disculpen, él se equivocó, son seis euros”. Yo acepté callado la estafa, pues como mi rodilla derecha no estaba aún operada no quería complicarme la vida. ¿Qué te parece?

La guía nos mostró el monumento a los soldados soviéticos en la calle Vitchnoy Slavy. Sin embargo “olvidó” mostrarnos otro monumento que se alza a sólo unos cien metros de ése; el construido por Viktor Iouchtchenko dedicado a los más de cuatro millones de ucranianos que murieron de hambre, provocada por la colectivización forzada ordenada por Stalin entre 1932 y 1933. En el mármol están grabadas las terribles palabras de Lenin: “Debemos resolver el problema cosaco exterminándolos completamente, todos sus bienes y propiedades serán confiscados”.

En el Estadio Dynamo se alza un monumento a la memoria de los jugadores de fútbol que fueron asesinados por los alemanes en el campo de concentración de Babi-Yar. Esa página dramática del heroísmo de aquellos hombres, inspiró la película cuyo título en francés es “A nous la victoire”, interpretada entre otros por Sylvester Stallone y el mítico Pelé.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes ocupaban Kiev, organizaron una partida de fútbol entre los jugadores de Dynamo (débiles físicamente a causa del hambre) y un equipo de soldados alemanes al que llamaron Start. Al final del primer tiempo, los oficiales alemanes fueron a los vestuarios a intimidar a los ucranianos y les propusieron que se dejaran ganar, lo cual los del Dynamo no aceptaron. El partido fue interrumpido por el árbrito unos minutos antes del tiempo reglamentario, ya que el Dynamo estaba ganando 4 a 1, a pesar de que los alemanes habían puesto a nuevos jugadores alemanes. El Dynamo se vio obligado acto seguido a jugar contra un equipo húngaro, al cual también ganaron. Desesperados por la humillación recibida, los alemanes trajeron al estadio su mejor equipo: el Übermenschen Flakelf, al cual también venció el Dynamo. ¡Los alemanes decidieron arrestar a todos los jugadores y asesinarlos!

El monumento Rodina Mat (Madre de la Nación) representa a una guerrera de 66 metros de alto con la espada en mano. Se encuentra sobre una colina a orillas del Dnéper y forma parte del vetusto Museo de la Gran Guerra Patriótica, en donde se muestra todo el horror de la ocupación alemana. Objetos macabros como guantes hechos con piel humana, pueden da una idea a los turistas occidentales del drama espantoso que vivió la población de Kiev.

Dimos un paseo por la reproducción de un pueblo campesino en Pyrohovo, a doce kilómetros de Kiev.

Por la noche paseamos por el Dniéper en una gran lancha, parecida a las que dan paseos a los turistas en los grandes ríos como en París, Londres, Budapest, etc. A la ida hubo un aperitivo y al regreso asistimos a un espectáculo de música y danzas ucranianas. Tengo la impresión de que el marino que se encontraba a la entrada de la pequeña pasarela que fue colocada entre nuestro barco y la lancha, antes de trabajar con turistas, había transportado animales o prisioneros, pues su comportamiento era muy desagradable, un verdadero déspota. Resulta que de pronto se convirtió en barman y daba una copa de “champagne” ucraniano a cada turista a cambio de un billete. Le dije que mi esposa prefería una soda o un zumo, ante lo cual me miró con desprecio y tuvo un gesto agresivo con el brazo. El responsable de la programación del grupo francés que había observado la escena se acercó y me preguntó qué había pasado, le conté. Él le habló e inmediatamente el hombre trajo un vaso de zumo de naranjas, muy probablemente con un poco de ADN suyo.

Creo que en Ucrania no tienen aún la experiencia de cómo se debe tratar a los turistas. El personal que se ocupa de esos menesteres debería pasar por la Escuela de Lausanne en Suiza o por las tantas escuelas de turismo que hay en Europa Occidental. Pues con esos comportamientos dan una mal imagen; la cual por suerte para ellos es ponderada por la gran riqueza histórica, cultural y la belleza natural con que cuenta Ucrania.

Al día siguiente después del desayuno llegó el momento de las despedidas, de las encantadoras Alexandra (camarera del restaurante), Julia (empleada de la tienda de souvenirs del barco), Macha (camarera de la habitación) y de Yaroslav (el responsable de la programación del grupo francés), que fueron las únicas personas educadas y agradables que encontramos entre el personal aquel barco.

También nos despedimos de los simpáticos españoles, italianos y franceses con los cuales habíamos coincidido en la excursiones.

En el aeropuerto había confusión y desorganización. La empleada de la compañía Lot nos despachó muy amablemente las maletas y nos dio los billetes donde estaba señalada la puerta de salida como la B8, pero después de pasar por el control de aduanas no se veía ningún cartel que lo indicara. Nos dirigimos hacia una amplia cabina que indicaba con grandes letras Información. Allí una joven se encontraba hablando alegremente por un teléfono celular, se reía, se divertía, mientras detrás de nosotros la fila se alargaba. Al cabo de unos cinco minutos osé interrumpir su conversación y le pregunté si hablaba francés, español, italiano o inglés. Ella saltó como una fiera enjaulada hablando no sé si en ruso o ucraniano. Un señor que estaba detrás de mí me ayudó y le preguntó dónde estaba la puerta B8. Ella, inclinándose sobre mí como babuchka histérica y con mirada de desprecio infinito indicó con el brazo a la derecha y siguió imperturbable hablando por teléfono sin importarle un bledo las protestas de las personas que estaban en la fila para obtener informaciones.

Esa fue la última imagen que conservo de ese gran país que es Ucrania.

Pronto te comenzaré a contarte sobre el crucero que hicimos en diciembre por el Golfo Pérsico y el de Omán, visitando los Emiratos Árabes Unidos y El Sultanato de Omán en el barco Costa Atlántica. Fue la antítesis de este viaje que te acabo de contar.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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