RECUERDOS, RECUERDOS…

 El Cristo de la Catedral de San Isidro. Madrid.

El Cristo de la Catedral de San Isidro. Madrid.

París, 18 de enero de 2014.

Recordada Ofelia:

Hemingway dijo que París era una fiesta, pero creo que no se trata del pretérito, sino también del presente y del futuro, ¿Por qué lo afirmo? Pues, simplemente porque en esta ciudad siempre hay algo que festejar. Recuerdo en el verano del 2000 el encuentro final de la Copa de Europa de fútbol entre Italia y Francia. Nosotros le íbamos a Italia, pusimos hasta la bandera italiana en la terraza de nuestra casa. Al mismo tiempo varias veces comentábamos el partido por teléfono con amigos italianos de Nápoles, Milán, Como y Florencia. Faltaban 12 segundos en las prolongaciones y en ese momento Francia hizo un gol, lo que empató 1 a 1. Siguió el juego y Francia hizo un segundo gol dándole la victoria. A nosotros nos cayó un jarro de agua fría encima. Sin embargo aquí la alegría fue generalizada. Decenas de miles de personas salieron a las calles para cantar victoria, mientras que durante el encuentro la tele transmitía imágenes desde un helicóptero y las calles estaban completamente vacías, eran rarísimos los coches hasta en la animadísima Avenue des Champs Elysées. Y como a río revuelto ganancia de pescadores, bandas de delincuentes se aprovecharon y saquearon 19 tiendas de lujo de esa famosa avenida ante la impotencia de la policía, ocupada por tanta algarabía y tanta fiesta.

También recuerdo cuando fuimos al Stade de France, ese gigantesco estadio construido para el Mundial de Fútbol, es una especie de enorme platillo volador posado a sólo diez kms. al norte de la capital. Fuimos a ver el show de Tina Turner. El escenario de ciencia ficción estaba en un extremo del terreno, todo color aluminio, una especie de cohete con pasarelas, se abría, se cerraba, se movía en todos los sentidos. La Turner cantó sus viejos éxitos y otros nuevos, en cierto momento un brazo de metal la agarró delicadamente y la llevó a unos 50 metros sobre el público. Según la prensa éramos más de cien mil personas. Nosotros estábamos en la tribuna de honor, pues fuimos invitados por Solange, esta chica que yo conocí en la capital de la Perla de las Antillas recién nacida, hija de una profesora amiga mía, una belleza tropical intemporal, que ahora vive en Suiza.

Solange era una de las tres bailarinas que bailaban con Tina durante todo el espectáculo. Fue escogida entre 137 chicas que se presentaron al casting en New York. Yo al verla bailar me sentí muy orgulloso, como en cada ocasión en que veo que algún cubanito triunfa en este mundo capitalista donde sólo el talento cuenta y no la “integración revolucionaria”. Ya habían pasado por 69 ciudades y al día siguiente se iban a Londres y terminarían la gira en San Francisco, de nuevo en los EE.UU.

Al final del espectáculo Tina presentó a cada músico y a las bailarinas, sus rostros iban apareciendo en las tres pantallas gigantes que bordeaban el escenario. Al llegar el turno de Solange, la Turner dijo que era francesa, lo que lógicamente alzó un gran aplauso en el público galo. Al final la esperamos, y nos fuimos con esta chica de apenas 21 años a “souper” a un restaurante. Nos dijo que ya habían actuado en Miami, donde también la presentaron como francesa. Hay que decir que Solange tiene la doble nacionalidad cubano francesa.

Cuando la Turner salió al escenario con sus infinitas piernas, en lo alto de unos zapatos de tacones de altura vertiginosa (¿Cómo logrará bailar con ellos?), con una minifalda negra como sólo ella sabe llevar, parecía que un ciclón pasaba por el estadio. Desbordaba de energía a pesar de sus más de 60 años. Durante dos horas cantó, bailó, animó, hizo chistes, llenó el gigantesco escenario.

Por eso te digo que Hemingway tenía razón. Era un hombre que sabía vivir. Durante la liberación de París en 1944, mientras que los franceses y las tropas de los EE.UU. ocupaban los lugares estratégicos de la ciudad, él “liberó” el bar del Hotel Ritz, uno de los más lujosos del mundo. Además era un hombre que tenía buen gusto. Visité varias veces su casa en La Habana y también la de Key West, en ambas se nota ese gusto por las cosas verdaderas, no hay nada superfluo, nada de nuevo rico. Son casas llenas de ventanas, abiertas completamente al jardín, donde el aire circula, con recuerdos y… libros por todas partes. Casas donde da gusto vivir, inundadas por el verdor y la brisa. Hay hamacas, sillones, sombreros de paja, gatos, etc.

Pero bueno si te sigo contando mis anécdotas, mis aventuras o mis nostalgias en este exilio parisino (el exilio aún en el mejor de los casos es una pena muy difícil de soportar), el día en que te vea no tendré muchas cosas de que hablar contigo.

Cada semana recibo e-mails o mensajes por Facebook o Skype de amigos o familiares desde: Cuba, Puerto Rico, México, Venezuela, EE.UU. , República Dominicana, España, Italia, Suiza, Canadá, etc. ¿Cómo lograr contestarles a todos? Me es imposible, me haría falta una secretaria.

Con lo que me gusta a mí recibir cartas. Mi madre me contaba que un día viviendo allá en aquel pueblito villaclareño que se llama Camajuaní. El cartero pasó y dejó una carta a una señora que vivía enfrente, a Concha Portal, y como a nosotros no, yo empecé a llorar y quería que me compraran una carta; tendría unos 6 ó 7 años.

Concha era una buena mujer. Yo iba a su casa todas las tardes a ver los muñe por la tele. Éramos unos cuantos fiñes, los que nos sentábamos en el piso frente a la pantalla. La hija de ella que se llamaba Mercedita y siempre estaba vestida con encajes, lazos y vuelos (como las niñas de La Edad de Oro), se sentaba en un sillón, que para mí, visto desde el piso, era una especie de trono. Detrás del televisor había una pared donde eran expuestas las fotos de Mercedita, una por cada cumpleaños apagando las velitas: una verdadera colección. Sus cumpleaños le quedaban bien, yo siempre llevaba de regalo a todos una caja de talco marca Burbujas, Tres Flores o Maja, o una caja de tres jabones Maderas de Oriente, Heno de Pravia o Maja. No sé lo que se regalaría en San Cristóbal de La Habana, en mi terruño ésas eran las costumbres

Mercedita ponía los regalos sobre su cama. Lo que más me gustaba era la piñata, tirarse al piso a coger los caramelos, que eran de verdad, no como aquellos de azúcar prieta que regalaban de contra en la bodega de los Torres adonde yo iba a hacer los mandados.

Teníamos una vecina que me quería mucho y que se llamaba Digna, hacía honor a su nombre, ella tenía dos hijos: Teresita y José. En diciembre del 1958 Joseíto cometió el error de hacerse casquito por 33 pesos mensuales y lo enviaron a la Sierra Maestra. A partir de ese momento empezó Digna a rezar. Al triunfar la “gloriosa” revolución Joseíto estuvo preso unos meses.

Después cuando todo se puso muy rojo Joseíto trató de irse en una lancha por Caibarién, pero un “compañero” lo denunció y fue condenado a nueve años de cárcel, los cuales cumplió hasta el último día, pues era un plantado. Digna los pasó rezando sentada en un sillón al lado del postigo de la sala, pensando en aquel hijo detrás de las rejas en la tristemente célebre cárcel de Boniato.

Cada vez que yo iba a Camajuaní me la encontraba en su sillón como una Penélope cubana que tejía sueños de Libertad en su mente. Su marido Buxeda era todo un personaje, cuando yo era niño me regalaba por el día palomas o conejos blancos de ojos rojos, que yo metía en una jaula en el traspatio, pero que al amanecer habían desaparecido. Él me decía que las ratas se los habían comido. Yo ingenuamente debido a mi edad lo creía. Viví en Camajuaní hasta la edad de los 9 años. Me fui en febrero del 1959 para regresar sólo una vez al año de vacaciones.

Una de las anécdotas más sabrosas de Buxeda es famosa. La pared que nos separaba era de madera y por lo tanto a veces había fisuras entre una tabla y otra y mi tía Julita durante el verano planchaba en el cuarto en sayuela y ajustadores. En una calurosísima tarde caribeña, ella sintió una discusión en la casa de al lado. Era nada menos que Digna había encontrado a Buxeda debajo de la cama mirando por una rendijita como mi tía planchaba. Al preguntarle lo que estaba haciendo respondió que se le había perdido un quilo prieto. Cuando Digna se agachó, pudo comprobar que Buxeda había hecho un huequito con una cuchilla en la tabla, el cual tapaba con un papelito. ¡Qué personaje!

Cuando Digna falleció con ella se fueron muchos bellos recuerdos, ella siempre era mi Ángel de la Guarda cuando me castigaban, me defendía y protegía. Cuando veo conejos blancos o palomas siempre viene a mi mente la figura simpática del viejo y ocurrente Buxeda.

Una amiga que vive en los EE.UU. está loca por venir a París pero su esposo es celoso y por lo tanto a pesar de más de 30 años de casados, le es imposible. Yo sugiero la solución del cinturón de castidad. En la época medieval eran de hierro con cadenas y candados, ahora deben de ser, en el caso de que existan, de plexiglás con código secreto como las tarjetas de crédito, quizás modulables, deben pesar pocos gramos. Esa sería una buena solución. ¿No crees?

Esta semana llegará una vieja amiga que vive en Puerto Rico, la pasaremos bien como siempre. Decía la canción que recordar es vivir: Crearemos nuevos lazos y nuevos recuerdo comunes.

Dimos la Fiesta de la Libertad, y como cada año, vinieron amigos desde Suiza, Italia y España, en total 64, incluyendo a : franceses, armenios, libaneses, portugueses, argentinos, tunecinos, canadienses y unos 12 cubanos, además de una buena veintena de amigos de nuestro hijo de la universidad. Fue en la residencia de la familia Bourgarel a la que ellos llaman “Le Potager” (El Huerto). En el jardín se montaron dos grandes tiendas de lonas verdes con sendas mesas largas bajo ellas. En una estaban los platos de entremeses, carnes, ensaladas, pan y quesos, etc., y en la otra el bar.

Todo comenzó a la una de la tarde con la llegada de mi colega Marianne (así se llama también a la Patria francesa), la cual haciendo honor a su nombre, se apareció con una gran bandera de Francia, la que colocamos, bajo los aplausos de los amigos, en lo alto de uno de los faroles del jardín. Como “Le Potager”, está en la Rue du 14 juillet, era otro símbolo, ya que esa es la fecha de la Fiesta Nacional, pues ese día se tomó la Bastille en el ya lejano 1789.

En el gran salón que da al jardín se bailaba con música cubana. Los cubanos hacían galas de destreza y de “savoir faire”, mientras que los franceses daban sus simpáticos saltitos. Había seis profesores de español y como todos han estado en Cuba, conocían el ambiente.

Terminó la fiesta, a la cual habíamos llamado pic-nic bailable, a las ocho de la noche. De allí nos fuimos doce a casa y nos seguimos divirtiendo en ésta, hasta las dos y media de la mañana. Asistió a la fiesta una pareja cubana, ella muy simpática, tienen una hija nacida aquí que es una chica finísima, educada, culta y bella, además de simpática, osea que tiene todo lo que tiene que tener para triunfar en esta sociedad occidental. La chica en cuestión, cumplió los 17 años y quiere ir a conocer la tierra natal de sus padres. Por ese motivo nuestra amiga la va a llevar a San Cristóbal de La Habana el mes próximo, ya que según ella, su hija tiene un lado ingenuo y todo lo que ha hecho por su educación a lo largo de tantos años, tanta escuela de monjas, tanta misa, se puede ir a pique si allí en tierra caliente caribeña se encuentra con un cubanazo jineterazo, que le pinte villas y castillas o le haga una zafra erótica. Así ella irá como : madre, chaperona y guardaespaldas -y de todo lo demás- a la vez.

De esa forma celebramos los 32 años de Libertad, y parece que fue ayer cuando tomamos el avión de Iberia (un Douglas DC-10), que venía de Panamá, en aquel aeropuerto con nombre de apóstol laico.

Aquellas últimas seis horas en el aeropuerto fueron de humillaciones, me negaron un vaso de agua en la cafetería para mi hijo de cuatro años, pues según la compañera camarera, allí no había agua para los gusanos. Tuve que esconderme en uno de los servicios, al distinguir a la eminencia gris de Cubatour entre el público, al compañero del Busto. Tuve que donar a la “heroica” revolución, los veinte pesos que llevaba en el bolsillo para comprar algo de beber o comer al niño en la cafetería, por si fuera necesario. Yo no sabía que los “gusanos” no tenían derecho a beber ni comer allí, aunque tuvieran apenas cuatro años, como el niño.

Pudimos subir al avión sólo después de los turistas, que iban con camisetas de los heroicos C.D.R. y con el rostro en rojo y negro del Doctor Guevara de la Serna. A bordo del mismo, el capitán anunció que los cubanos que habían tomado el avión en La Habana, podían tomar y comer todo lo que quisieran, pues Iberia invitaba.

Unos momentos antes de cerrar las puertas, subió a bordo la empleada de Iberia que nos había vendido los billetes en la agencia de La Rampa, cruzó la mirada con la mía y me dijo: ¡Suerte!

Fue la última palabra que escuché de un cubano antes de cruzar el Atlántico. Era el 21 de mayo del 1981. Cuando subimos la escalerilla, yo llevaba un pañuelo rojo, que conservo preciosamente, al momento de entrar en el avión, lo agité en señal de despedida y de aviso a mi padre y a mi cuñada Magdalena, que estaban en la terraza, de que habíamos pasado por todos los controles policíacos de los compañeros y que pronto seríamos Libres.

Aquel avión se demoraba en la pista y yo rezaba, aún no podía creer que me lograba escapar del Coma-Andante. Cuando al fin despegó, sentí que mi corazón latía fuertemente. Miré por la ventanilla y vi algunas palmeras, poco después un mar espléndidamente azul y seguidamente unas islas que imaginé serían las Lucayas. Poco después comenzó la proyección de una película, supe que había que alquilar el casco y como yo no tenía ni un centavo en los bolsillos, le di como respuesta al niño, quien me decía que la película no se oía, que era como las de Chaplin: silente. Él aceptó la respuesta, pero un español que estaba en el asiento delantero, se volvió hacia mí y me preguntó que si era cierto que los cubanos salían sin dinero de Cuba. Ante mi respuesta afirmativa, ese desconocido señor, alquiló el casco y se lo ofreció a mi hijo. Fue la primera de la interminable lista de gentilezas, que tendrían con nosotros los europeos no compañeros.

En el aeropuerto de Barajas estaban los primos de mi esposa : Papito, Milagros, Chicho y Mary, todos se le habían escapado apenas un año antes al Líder Máximo por medio de la Embajada del Perú y de allí a Madrid.

También habían ido a esperarnos los « gallegos » Fernando y Carmen, desde Valladolid, personas encantadoras. Nos fuimos todos al apartamento del barrio de Canillejas, barrio de ladrillos rojos. Fueron allí mis primeras : tiendas, bares, cafeterías, bodegas, carnicerías, quincallas, en fin ,volví a ver comercios, volví a ver a hombres con chaquetas y corbatas, a mujeres con carteras en lugar de jabas, todo era nuevo, el metro, los autobuses limpios, las personas que daban las gracias. Estuvimos una semana paseando por la capital de la Madre Patria, recorrimos : el Museo del Prado, las Descalzas Reales, la Gran Vía, la Puerta del Sol, la Calle de Cuchilleros, ese Corte Inglés con tanta ropa linda. Fue el choque de la Libertad y de la sociedad de consumo occidental.

Recuerdo como recé con toda mi alma a los pies del Cristo de la Catedral de San Isidro. Desde entonces, nunca dejo de ir a rezar ante él cuando visito Madrid.

Estuvimos en un gran parque de diversiones que se llamaba El Batán, que tanto me hacía acordar del Coney Island Park, de la playa de Marianao de mi infancia.

Estuvimos dos días en Valladolid y allí Fernando y Carmen nos presentaron a toda la bellísima familia, paseamos por la ciudad que está llena de monumentos y es interesantísima, antigua capital de España al fin: la Rosaleda, San Pablo, la Universidad, el Museo de la Escultura en madera policromada, plazas, iglesias, monumentos, la Casa de Colón, etc. Nos fuimos a cenar a un castillo medieval, el Torre Lobatón.

Después de una semana castiza, a pesar de la insistencia de los primos de mi esposa, seguimos rumbo a París. La llegada a la capital gala no fue en absoluto agradable. Llegamos a Orly, bajo la llovizna de mayo. Pero allí no había nadie esperándonos, pasamos la aduana y salimos a un gran salón, transcurrieron: una hora, dos, tres, cuatro y no pasaba nada. Mi esposa se puso a llorar. Una aeromoza se aproximó y nos preguntó en un perfecto castellano qué ocurría. Le expliqué que habíamos llegado desde hacía varias horas, que éramos refugiados políticos y que en La Habana el cónsul galo nos había dicho que alguien vendría a buscarnos, pero no sabíamos quién. Ella muy extrañada nos afirmó que en nuestro caso era la “Croix Rouge” o la organización “France Terre de Asile”, quienes se ocupaban de recibirnos. Nos dijo que esperásemos, la vi hacer varias llamadas por teléfono y regresó con el sacerdote de la capilla del aeropuerto. Este señor nos hizo llamar un taxi, nos envió a un hotel próximo (Le Senia) al aeropuerto, pagó él todo, incluso el desayuno del día siguiente y el taxi de regreso al aeropuerto.

Allí estaba el padre a las nueve de la mañana junto a la azafata, que aunque ese día no trabajaba, fue especialmente para traducirnos, pues el sacerdote no hablaba castellano. Nos dio una carta dirigida a “France Terre d’Asile”, nos montó en un taxi y la chica nos regaló 200 francos.

¿Cómo se llama esa chica? Cada vez que voy a ese aeropuerto trato de averiguar infructuosamente quién era ella, esa encantadora francesa que tan amablemente nos ayudó.

El taxi pasó por carreteras más modernas que las vistas en Madrid; entró en la ciudad y nos dejó en las oficinas de la organización francesa de ayuda a los refugiados, a dos pasos de la Opera, allí nos recibió una señora que nos brindó chocolate caliente con galletitas y regaló unas maquinitas a mi hijo. Se puso a llamar por teléfono y en un español más o menos comprensible nos explicó que iríamos a un “foyer”. Nos llamó un taxi y unos treinta minutos después estábamos en el “foyer”. Éste consistía en un inmueble de seis pisos, una especie de hotel de dos estrellas, en cuya planta baja había un gran comedor donde tendríamos las tres comidas diarias gratis. Además nos dieron un ticket y fuimos al vestuario, allí nos regalaron ropas y calzado.

Al día siguiente una señorita nos entrevistó, nos llevó al dispensario para el examen médico y para ponernos las vacunas. Después nos hizo un “dossier” y nos dijo que estábamos, en un “foyer” (hogar) de tránsito, que dentro de tres semanas seríamos enviados a otro “foyer” en una de las provincias francesas.

Al día siguiente fuimos a la misa en la capilla Saint Léon, que estaba a dos cuadras de allí, resulta que ese domingo había una fiesta en el jardín. Una señora se nos acercó y nos preguntó si éramos nuevos en el barrio, le dijimos que éramos refugiados. Esa señora se llamaba Geneviéve Bourgarel, esa noche cenamos a su casa. Ella y su esposo nos presentaron a sus amigos y a sus cinco hijos. Venía a menudo a buscarnos al “foyer”, para llevarnos a su casa.

Mientras tanto, nosotros salíamos después del desayuno para el centro de la ciudad y la visitábamos. Entramos a los grandes museos sin pagar, colándonos por alguna puerta. Durante tres semanas no pagamos en el metro, saltábamos por encima de los torniquetes y hacíamos pasar al niño por debajo de éstos. Descubrimos que en los grandes almacenes, daban muestras de: embutidos, galletitas, aceitunas, pasas, quesos y de muchas cosas más de comer, incluso de vinos. Así íbamos a «almorzar» gratis gracias a las muestras de: Le Printemps, BHV, Le Bon Marché, Marks Spencer, La Samaritaine y Galeries Lafayette.

Una señora amabilísima venía a animar la sala de los niños del “foyer”, ella también y su familia se convertirían en grandes amigos: Cécile y Bernard Le Page. La farmacéutica de la esquina del hogar de refugiados, nos vio entrar en su farmacia y admirar los tetes, biberones y pampers, se acercó a nosotros y nos habló en castellano. Hogaño también es nuestra gran amiga Françoise Le Sage, mujer elegante, refinada y generosa.

Cuando mis padres vinieron en el verano de 1985, todos los recibieron en sus casas y les cubrieron de regalos y de simpatía. De aquella época conservo 25 casetes grabados, en los cuales mi difunta madre me cuenta anécdotas de toda la familia.

Así empezaba una nueva vida, aunque debo confesar que si bien la vida en mi cuadra, era infernal debido al control férreo del “heroico” Comité de Defensa de la Revolución Leopoldito Martínez y sus “heroicos” miembros vigilantes, los compañeros Down Fina (la que hablaba mirando al techo y girando los ojos de izquierda a derecha y viceversa, su hermano capitán, Arranz, su compañera esposa (no me atrevo a decir señora) , hijos, hijas, nietos y nietas, todos muy “heroicos” y sobre todo Ramón Vázquez, organizador de los mítines de repudió « heroicamente” revolucionarios. La vida a algunos cientos de metros de mi hogar habanero seguía más o menos igual, así logré pasar una semana en una cabaña del Hotel Kawama en Varadero con mi esposa e hijo y después durante una semana, ir cada día a almorzar a un restaurante diferente. No me atrevía a ir a cenar para no regresar de noche tarde a casa y levantar sospechas entre los “heroicos” vigilantes. Fuimos a : La Bodeguita del Medio, La Torre, Le Monseigneur, La Roca, El Cochinito, El Conejito, El 1830, etc.

Yo que había tratado de colarme en la Embajada de Perú en La Habana y que había llegado tarde, ya cuando habían cerrado el barrio. Yo que había hecho tantísimas gestiones en cuanto consulado occidental había en La Habana, yo que había tratado de irme por el puerto de Mariel, que había sido considerado como apestado por los compañeros, al fin lograba ser Libre, sin una perra en el bolsillo, como dicen en España, pero Libre, inmensamente L I B R E . Y me pregunto: ¿Cómo se puede vivir en la docilidad y hasta en la sumisión en la Perla de las Antillas?

En el consulado francés en La Habana, la secretaria del cónsul se llamaba Juanita y era la que entrevistaba a los “gusanos”. Después supe aquí gracias a un amigo cubano, que esta española estaba casada con un capitán del glorioso MINFAR. El mundo es pequeño.

Ya apestados, un día llegó un cable del padre de mi esposa que decía : “No se muevan de la casa. Voy a buscarlos. Tata”. Aquéllo nos llenó de esperanzas, podíamos escapar de los compañeros, pero finalmente éso no se logró. Cuando mi suegro llegó de New Jersey a Key West, no logró conseguir una lancha de acuerdo a sus posibilidades económicas.

Mi amiga Mayra nos hacía gestiones en Venezuela, mientras que Fernando y Carmen las hacían en España, pero nada resultaba satisfactorio. Nuestro cordón umbilical con el mundo era el teléfono de mis compadres Ñico y Cuca, desde cuya casa habíamos tirado un alambre por arriba de tres casas y que caía en el patio de la mía. Al extremo de la cual había una lata que contenía tres piedras. Cuando alguien nos llamaba por teléfono, ellos tiraban del alambre y la lata hacía ruido en mi patio. Entonces mi padre o yo lanzábamos un desgarrador grito a lo Tarzán, que se oía en toda la cuadra de : ¡Ya vooooyyy ! El que más se divertía con la lata era mi hijo, el que aplaudía a cada vez que ésta sonaba.

Ayer por la tarde fui al “foyer”, entré y me puse a recorrerlo. Hace treinta y tres años estaba lleno de : vietnamitas, laosianos, cambodianos, rumanos, búlgaros, checos, afganos, etc. Ahora hay muchos africanos. La visita me provocó un poco de nostalgia.

Allí en el “ foyer” conocimos a Ricardo, un joven uruguayo, que había sido profesor en Montevideo y que por no ser políticamente correcto para la policía uruguaya, lo confundieron con un tupamaro, lo llevaron a la cárcel, le dieron una pateadura y a Ricardo no le quedó más remedio que irse, él ,que no se había metido en nada. Pues bien, años después me encontraría con él en la universidad y volvimos a reanudar los lazos de amistad. Te cuento ésto como introducción a lo que sigue. Asistimos a la boda del hijo de una amiga común, en el elegante barrio parisino de Neuilly-sur- Seine, el pasado sábado, la boda del apuesto Pierre y la graciosa Carole.

Al momento de entrar en la iglesia escuchamos a un mendigo que con un fuerte dejo hispánico decía en francés :

-¡Señora, Señor, algo para comer, hace tres días que no como!

Era un gran contraste con el desfile elegante de tanta dama con sombrero, tanta seda, tantas flores, tanto coche Mercedes.

-¡Pedrito! –exclamó Ricardo.

-El mismo que viste y descalza. Perdona la descortesía, pero mi mano está profesionalmente sucia. Y vos estás tan limpito.

De la bella iglesia romana salían mientras tanto el Preludio en Si menor de Juan Sebastián Baçh y la voz del padre Roux que recibía a los novios. Seguidamente se escuchaba la lectura de la carta de San Pablo a los corintios; el salmo a la creación, el Aleluya, el evangelio de Jesús según San Juan (5,12-16). Y yo no sabía si era más interesante la ceremonia nupcial o la Commedia del Arte que tenía lugar en el umbral del templo.

El tal Pedrito explicó a mi amigo uruguayo que se dedicaba a pedir limosnas, en los barrios elegantes a la puerta de las iglesias. Pero cuando lo hacía en Montmartre o Saint-Germain, lugares en donde abundan los turistas, entonces recitaba poemas de Neruda, Machado, etc. Y los “progres” hispánicos sobre todo, le daban limosnas. Pero ese “trabajo” lo hacía de lunes a viernes durante ocho horas diarias, con las ventajas de : no tener patrón, no pagar impuestos, recibir las asignaciones económicas para los pobres y ser Libre como el viento.

Desde el interior de la iglesia se escuchaba el Canto de Aclamación, El Magnificat de Taizé y yo me asomé en el momento en que Pierre colocaba en el dedo de Carole, el anillo con un espléndido diamante.

Los novios leían La Priére de Soeur Emmanuelle, texto de una gran belleza espiritual. A continuación con una oreja escuchaba el espléndido Panis Angelicus de César Frank cantado por Jean-Charles de Saunier con su magnífica voz de tenor, y con la otra oreja trataba de captar algo de la conversación que se desarrollaba a apenas unos pasos de la entrada del templo en donde yo estaba precisamente.

Pedrito, que era refugiado político uruguayo, explicaba a su amigo de juventud, como los sábados y domingos se vestía impecablemente y se dedicaba a enamorar a turistas japonesas, haciéndose pasar por francés de pura cepa (de todas formas las niponas -según él- no saben diferenciar a un siciliano de un sueco) y así iba a grandes restaurantes invitado por sus amores asiáticos y pasaba los fines de semana en los grandes hoteles parisinos. Osea que Pedrito es, una especie de precursor del jineterismo latinoamericano en la Ciudad Luz.

Yo abandoné a la pareja de viejos amigos y me dediqué a seguir la ceremonia nupcial. Comenzaba la comunión y el coro cantaba « le veilleur » de Bach. A continuación se oyó la voz del tenor que cantaba espléndidamente el Ave María de Schubert. La ceremonia terminaba con la salida de los novios mientras el organista interpretaba la Toccata en Ré menor de Juan Sebastián Bach.

Los invitados se congregaban en la plaza, ametrallando con sus cámaras fotográficas y de vídeos a los felices novios. Mi amiga la condesa, lucía reluciente con sus traje gris Nina Ricci y su fastuoso sombrero fresa, mientras que el novio, sus hermanos y el padre de la novia vestían con jaquette gris, chalecos amarillos y sombreros de copa. Toda la iglesia había sido decorada con bouquets de lirios y rosas en blanco y amarillo, incluso desde lo alto de la cúpula hasta el piso, descendían bandas de telas de esos mismos colores.

Mientras tanto se oía como «fondo musical» la voz del mendigo, que pedía para comer. Vi a una encopetada señora que abría su cartera Chanel y depositaba en la mano, profesionalmente sucia del pícaro, algunas monedas. Él con una respetuosa inclinación de la cabeza se lo agradecía.

Tomamos el coche con dos amigas, una de ellas Madame de Trop Brillant. Nos dirigimos hacia el hotel en la ciudad de Chartres y después de dejar nuestras pertenencias, seguimos al Château de Baronville, castillo donde fue el brindis, la cena y el baile, que terminó a las cuatro y media de la madrugada. Un verdadero ejército de camareros sirvieron primero el aperitivo con “petits fours”, deliciosos entremeses, y champagne. Seguidamente las más de trescientas personas fuimos ubicadas en mesas redondas de diez personas cada una en el gigantesço salón central.

Detrás de mí había una gran chimenea con un busto de Luis XVl, el cual parecía dirigirme su mirada arrogante. Como queriéndome preguntar : ¿Qué haces aquí, guajiro de Camajuaní?

Después comenzó el baile, con el orden cronológico que ya sé de memoria: vals, tango, pasodoble, jazz, roçk, twist y a continuación, mucha música anglosajona actual.

Los sombreros fueron abandonados por las señoras en unión de los guantes sobre las sillas, los jóvenes se quitaron las chaquetas mientras la luna se reflejaba sobre el lago a la orilla del cual está el castillo.

Yo dejé la fiesta para dar un paseo nocturno, me di cuenta de que los cisnes blancos y negros me observaban con indiferencia y en ese momento desde lo alto de la colina comenzaron los fuegos artificiales. ¡Qué boda tan bella ! Tres días después los novios partirían para Las Bahamas de Luna de Miel.

Al día siguiente nos levantamos a las dos de la tarde y nos dedicamos a recorrer el centro histórico de Chartres, sus plazas, los pequeños puentes sobre el río Eure, pero sobre todo su catedral que es una de las más bellas del mundo. Está repleta de vitrales, posee más de cuatro mil esculturas del siglo XI y una capilla, en donde se puede admirar El Velo de la Virgen María.

Regresamos al anochecer a París con Françoise en su coche.
Hace dos días fueron las elecciones en el Instituto, yo me presenté para el cargo de Delgado de Personal, votaron 81 profesores. Por mí lo hicieron 75, uno me canceló de la lista y 4 pusieron el sobre vació en la urna. Yo no sabía que era tan popular. Mis colegas se divertían diciéndome que parecían resultados de elecciones cubanas pues obtuve el 93,8 % de los votos.

Un gran abrazo desde La Ville Lumiére.

Qué Dios proteja a tu familia de los compañeros y te permita siempre ser Libre.

Félix José Hernández

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