ESCALA DEL COSTA CLASSICA EN FUNCHAL (ISLA MADEIRA)

Cabaña campesina de Madeira.

Cabaña campesina de Madeira.

París, 16 de abril de 2014.

Querida Ofelia.

El viernes 14 de febrero, después de una jornada completa de navegación, el Costa Classica alcanzó las costas portuguesas de la bella isla de Madeira. Estábamos a 18° c. Habíamos pasado una semana visitándola en el año 2000 y nos había encantado.

El archipiélago está formado por dos islas principales, Madeira y Porto Santo, a las que se añaden tres islas menores despobladas conocidas como Las Desiertas y otras dos islas también despobladas denominadas Las Salvajes. Estas últimas en particular constituyen un pequeño archipiélago y una reserva natural en el océano Atlántico septentrional, situado entre Madeira y las Islas Canarias, y pertenecientes al ayuntamiento de Funchal. Tienen una superficie total de unos 2,73 kms. cuadrados y no albergan manantiales de agua dulce. Sus nombres son: isla Salvaje Grande y la isla Salvaje Pequeña, además del islote de Fora. Destacan también otros numerosos islotes que se asoman a la superficie marina. A la llegada al puerto de Funchal se pudo ver a estribor la isla de Chao, la cual forma parte de Las Desiertas.

Según la leyenda, el archipiélago de Madeira habría formado parte del mítico reino de la Atlántida. Fue Platón el primero que mencionó dicho reino, el cual habría sido una potencia naval situada más allá de las Columnas de Hércules. Según los escritos, la Atlántida habría conquistado gran parte de la Europa occidental y África pero, una vez fracasado el intento de invadir Atenas, se hundió en un solo día por castigo de Poseidón.

Funchal fue fundada en 1421 y es la capital de la isla, siendo además la ciudad más grande. Se encuentra dentro de un anfiteatro natural formado por su bahía, las montañas al norte y al este, y por picos volcánicos al oeste.

La isla de la eterna primavera, es el lugar en el que el verano se queda a pasar el invierno. Una descripción quizás romántica, quizás novelesca, pero extremadamente verosímil. Un clima templado y sereno y unos ritmos de vida totalmente suaves y tranquilos contribuyen a hacer de este rincón de paraíso, que junto a otras islas constituye una región autónoma de Portugal, una verdadera dimensión paralela a la dimensión a la que solemos estar acostumbrados en nuestras ciudades. Madeira significa madera en portugués: los primeros descubridores de la isla pensaron que no había nombre más indicado, visto que la primera cosa que vieron fueron unos gigantescos árboles con unos enormes troncos con los que tuvieron ocasión de reparar sus barcos.

La isla de Madeira está más cerca de las costas africanas que de las portuguesas: se encuentra en el centro de unas corrientes muy favorables que han contribuido a hacer que tanto la costa como la zona del interior se conviertan en un gigantesco invernadero de flores de bellos colores y perfumadas. El mismo Capitán James Cook, que tocó tierra aquí en uno de sus viajes, en 1768, notó que la naturaleza había sido particularmente benigna con esta isla: bougainvilles, mimosas y jacarandás forman la alfombra coloradísima y constante que rodea y cubre todos los rincones de la isla, donde la temperatura no supera casi nunca los 28° y raramente desciende por debajo de los 15°. Madeira ha sido una localidad turística desde siempre: basta pensar que los marineros de los largos viajes destinados a África y a las Indias Occidentales, antes de regresar a casa y afrontar lluvias, nieblas y climas lluviosos, se detenían aquí algún tiempo para descansar de las fatigas de la travesía oceánica.

Entre los primeras mercantes que comenzaron a frecuentar la isla es necesario recordar a Cristóbal Colón que, habiéndose casado con la hija del entonces gobernador de la isla de Puerto Santo, vivió aquí durante algún tiempo. Resulta delicioso visitar Funchal sobre todo a pie, pero merece la pena también visitar la parte alta de la ciudad, desde donde se disfruta de la vista más bella de la isla.

Cabo Girao es un promontorio en el que los agricultores han conseguido cultivar, por todos sitios, flores y viñedos, llegando a cultivarlas incluso al borde de los precipicios. Aquí las rocas se lanzan al océano con un salto de más de 600 metros. También las casas del cercano pueblo de Cámara de Lobos parecen querer desafiar las leyes de la dinámica y de la gravedad. También es muy característico el paisaje de Sao Vicente, desde el cual el panorama es extraordinario. Como es sugestivo el escenario que se admira en Terreiro da Luta, donde surge et monumento más grande de Madeira, erigido después de que finalizase la Primera Guerra Mundial en el punto en el que se enterró al último emperador austrohúngaro, Carlos I, el que murió en la isla en 1922. Desde allí es posible afrontar la abrupta cuesta hacia la costa en los “cestinhos”, una especie de trineos con forma de cesto con los cuales los habitantes solían acelerar sus excursiones hacia et mar y en los que transportaban de todo: fruta, carne e incluso sus niños.

Después del desayuno salimos de excursión en un cómodo autocar. Comenzamos con una visita a la población de Monte, un pequeño pueblito colgado de las colinas que dominan Funchal, situado a 6 kilómetros del centro de la capital. Pudimos recorrerlo a nuestras anchas. En sus mejores tiempos fue un destino privilegiado de la alto sociedad europea.

Después de esta visita, tomamos el teleférico, con la sorprendente naturaleza de Madeira a nuestros pies. Este trayecto que nos condujo al Jardín Botánico duró unos 7 minutos, nos ofreció unas magníficas vistas de la bahía de Funchal y del río Joâo Cornes, este último es un enclave de rara y exótica belleza, que alberga un importante núcleo de bosque de laurisilva. En la estación principal del teleférico, ya en el Jardín Botánico, hay un restaurante y algunas tiendas de souvenirs. Allí en la terraza de la cafetería, tomamos un zumo de naranjas y comimos una tarta de miel deliciosa mientras contemplábamos la bahía de Funchal.

La siguiente parada fue en la Quinta do Bom Sucesso, una finca privada propiedad de la familia Reid, un lugar en el que las condiciones climáticas propician una vegetación exuberante. El Jardín Botánico nos ofreció formas armoniosas, contrastes de colores y más de 2000 especies de plantas, que encontramos cuidadosamente etiquetadas con su nombre científico, su nombre vulgar y su origen. El recorrido continuó en el Mercado de Labradores, en el mismo centro de Funchal, en el que pudimos encontrar una infinita variedad de frutas tropicales, verduras, flores, pescados y artículos artesanales. Nos llevaron a una tienda de artesanía local donde vendían sobre todo manteles y vinos típicos producidos en Madeira. Nosotros compramos un panel de ocho azulejos sobre los cuales está pintada La Santa María de Cristóbal Colón, para regalarla a nuestro nieto, homónimo del Gran Almirante.

Regresamos al barco a las 2 p.m. Después de almorzar decidimos ir a dar un paseo por el Casco Histórico. En la estación de taxis, situada en el muelle, estaba indicado que el precio hasta el centro era de 7,5 euros, pero el taxista nos quiso cobrar 11 euros. Nos bajamos y tomamos el siguiente de la fila de taxis, bajo los insultos en portugués del anterior taxista « como música de fondo ». Como dicen los italianos: “tutto il mondo é paese”. No sé por qué no tengo suerte con los taxistas. ¿Tendré cara de tonto?

Fuimos a visitar la bella catedral y la Iglesia de Nuestra Sra. del Carmen, en donde oré por Dinorah, como lo había hecho en el año 2000 en nuestro anterior viaje a esta bellísima isla cubierta de flores.

Regresamos a las 6 p.m. al barco. Nos encontramos en la “Mesa de la Hospitalidad”, situada en el gran lobby, a Daniel, el simpático y eficiente guía español que tan útil nos fue durante el crucero con sus informaciones y ayuda de todo tipo: un verdadero profesional.

A la entrada del restaurante había un gran cake en forma de corazón de color rosado y sobre él se podía leer: “ Happy Valentines!” Era el 14 de febrero y por tal motivo antes de los postres se pudo escuchar la canción “Rose rosse per te”, interpretada por Massimo Ranieri. Al mismo tiempo los camareros ofrecieron una rosa roja a cada señora.

Al entrar al Teatro Colosseo, en una mesa, los guías ofrecían tarjetas con mensajes de amor a todos los que entraban, para que se los diéramos a nuestra persona amada. Fue una bella y original idea. El espectáculo “I Have a Dream” fue animado por la tripulación del Costa Classica. Después seguimos al Salón Puccini, en donde el baile fue animado por la orquesta que interpretó canciones de amor italianas en un espectáculo bajo el nombre de “Questo piccolo grande amore”.

Nos fuimos al puente once a observar la ciudad de noche, la cual parece una cascada de luces que desciende desde lo alto de las montañas hasta el mar.

Sobre el lecho en nuestro camarote encontramos dos cisnes de tela uno frente a otro, formando un corazón con sus largos cuellos, además de una caja de bombones de regalo.

Te contaré mañana sobre nuestro cuarto día de este crucero inolvidable.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.

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