ESCALA DEL COSTA CLASSICA EN SANTA CRUZ DE LA PALMA

Fachadas del Paseo Marítimo de La Palma, 2014.

Fachadas del Paseo Marítimo de La Palma, 2014.

París, 17 de abril de 2014.

Querida Ofelia:

Después de una noche de fuerte marejada, con las primeras luces del alba del domingo16 de febrero y con +17°c., el Costa Classica atracó en el puerto de La Palma. Durante la fase de aproximación, pudimos ver desde el balcón de nuestro camarote, la Punta Salinas a estribor, después Punta Santa Lucia y Punta Catalina.

Santa Cruz de La Palma es la isla más elevada del mundo y es también sede del más importante observatorio astrofísico del hemisferio boreal.

Acercándose por mar a La Palma, la isla se muestra alta, dentellada con cumbres negruzcas, escarpadas, de donde emerge La Caldera, imponente volcán apagado (2345 metros de altitud) con la forma de una montaña truncada y con enorme cráter al que se puede bajar hasta 600 metros. El relieve, sumamente accidentado, es de origen volcánico y hubo erupciones hasta los tiempos modernos.

La Palma estaba habitada, antes de la conquista, por una población troglodita y guerrera cuyas mujeres vivían como amazonas y eran muy guerreras. Ellas impartían a los hijos una educación espartana. Cuando llegaban a la adolescencia, los chicos eran alumnos del “sexo débil” en las habilidades militares. Siempre armadas con la honda y la jabalina, las madres enseñaban a sus hijos el desprecio por la muerte, a soportar en silencio los dolores físicos y morales y a curarse sólo con medios naturales. Por desgracia para los aborígenes, el 29 de abril de 1491 una armada española a las órdenes del general Alonso de Lugo inició la invasión de La Palma, desembarcando en Tanzacorte. Los isleños que, debido a la configuración de la isla, tenían sólo como fortaleza natural la montaña de Asser, abandonaron a manos de los conquistadores todas las costas y se retiraron a los bosques alrededor del volcán, para la resistencia. Alonso de Lugo, gracias a una estratagema, consiguió engañar a los isleños y así conquistó et territorio.

La capital, Santa Cruz, recuerda un poco la vieja Castilla y las Antillas Hispánicas, ella conserva un encanto colonial incomparable. Pequeña ciudad armoniosa y blanca, Santa Cruz está compuesta por casas resguardadas por las paredes de lo que fue un cráter. La vieja ciudad, llena de encanto, merece un largo paseo, antes de una visita seria a sus monumentos. De éstos últimos recuerdo entre otros muchos: et Ayuntamiento de estilo renacentista, la Iglesia de San Salvador, del siglo XVI, encerrada entre casas y callejuelas, y la Biblioteca, una de las más ricas colecciones de España. La Palma es una isla en donde la artesanía es muy próspera. Casi cada pueblito tiene su producción, su tradición y sus tiendecitas de exposición y venta. La palma de oro se la llevan los bordados floreales realizados a mano sobre lino, algodón o seda. En la cocina tradicional palmera abundan, lógicamente, muchos platos a base de pescado dada la particular riqueza pesquera de la costa. Un plato típico son las “papas arrugadas” y la salsa canaria llamada “mojo picón”. Los vinos, como en las otras islas del archipiélago, son de una graduación alcohólica bastante elevada y pueden ser blancos o tintos. Los más apreciados por los isleños son los vinos de Mazo y la famosa Malvasía de Fuencaliente.

Hicimos una excursión por la mañana con un joven guía muy simpático llamado Abraham, el cual nos llevó al corazón volcánico de la isla de La Palma.

Tras un breve trayecto en autobús, llegamos al Santuario de la Virgen de las Nieves, santa patrona de la isla. Se trata del centro espiritual más importante de la isla, destino de peregrinaciones desde su fundación, en la época del descubrimiento de América. Allí recé por el alma de mi inolvidable tía Tanita, la única persona que conocí en Cuba que adorara en su hogar de la Villa de Marta Abreu a esa Virgen.

A continuación, continuamos hacia el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, fundado en 1954 para proteger un ecosistema de singular belleza. Desde el mirador de La Cumbrecita, punto de observación privilegiado, pudimos admirar una sugerente vista de La Caldera. Dimos un agradable paseo hasta llegar al borde del cráter.

El Parque Nacional representa principalmente al ecosistema del pinar canario, en un espectacular paisaje donde el agua se precipita en hermosas cascadas y abundan los restos arqueológicos, especialmente los grabados en roca, petroglifos. Uno es sorprendido por el paisaje montañoso tan abrupto. La parte principal del Parque es la cabecera del Barranco de Las Angustias, cuya forma semicircular de 8 kms. de diámetro y 2.000 metros de desnivel forma un gigantesco cráter o caldera volcánica. Estos espigones muestran crestas intermedias, llamadas roques, resultado de la erosión diferente de los diversos materiales volcánicos. En la mitad de los acantilados, entre los 1.200 y 1.600 metros, suelen aparecer fuentes que después descienden por los barrancos, dando lugar a numerosas cascadas de gran altura y escaso caudal, sorprendentes en un paisaje más bien árido.

Los estudios arqueológicos demuestran que allí existió una sociedad pastoril, que usaba materiales propios del Neolítico, donde los hombres disponían de utensilios de piedra y hueso, además del cuero y la madera. Los aborígenes de La Caldera, los benahoaríes, dejaron la huella de su paso en diferentes cerámicas encontradas, que moldeaban sin torno, y en los grabados en roca o petroglifos, fáciles de observar hoy en día. Su vida transcurría entre las cuevas de las zonas bajas, todas fuera del Parque, y los lugares de pastoreo, permanentes o estacionales. Esta cultura desapareció rápidamente tras la colonización que siguió a la conquista.

La Caldera de Taburiente pasó a manos de un sobrino de Alonso Fernández de Lugo, y después de varias transmisiones por ventas, a Jacome de Monteverde, último propietario unipersonal hasta el 1557, fecha en la que por testamento repartió los bienes que tenía en las zonas de cultivo entre sus hijos, dejando escrito que La Caldera, que suministraba el agua, quedara sin dividir, creando así lo que se conoce como Heredamiento de Las Haciendas de Argual y Tazacorte. A finales del siglo XX, eran alrededor de 1800 los hacendados que se repartían las aguas del Parque, manteniendo en Argual y Tazacorte una de las zonas agrícolas de explotación de plátanos más próspera de todas las Islas Canarias.

En el camino de vuelta al puerto, visitamos un típico taller de cerámica, rodeado de un bello jardín. El viejo alfarero nos dijo que tenía familia en el pueblo cubano de Cabaiguán, hacia donde emigraron dos de sus hermanos en los años cincuenta. En la aledaña tienda al taller se pueden comprar originales recuerdos.

Después de almorzar en el barco, regresamos a pie para pasear por el Casco Histórico de la ciudad, lo cual fue un verdadero regalo. Caminamos por la Calle Real, bordeada de casas que te dan la impresión de encontrarte en Trinidad o Santiago de Cuba, pero con las ventanas y balcones repletos de flores. En una casa vi el piso idéntico al de la mía allá en mi recordada Habana. Tuve un momento de gran nostalgia. Después de pasar por la bella Catedral, entramos al Café La Habana, donde los empleados eran venezolanos. Un cliente joven que estaba sentado en la barra nos dijo que había muchos cubanos en la ciudad y que era fácil reconocerlos pues se ponían gorras, usaban zapatillas deportivas y hablaban de forma muy chabacana. Allí probamos El Barraquito. Se trata de un vaso con: café, leche condensada azucarada, nata, cascara de limón y canela. ¡Delicioso!

Entramos a una tienda cuyos escaparates estaban llenos de maniquís en guayaberas y vestidos blancos tejidos. La empleada nos explicó que eran los trajes del carnaval que comenzaría dentro de pocos días y que se llama “El Desfile de los Indianos”, lo que recuerda el regreso a La Palma desde Cuba, de los emigrantes que se hicieron ricos allá en las Indias Occidentales. El desfile termina con una batalla de talco y gofio.

Vimos frente a un hotel algo curioso: junto a las banderas de España, La Unión Europea y otros países, que ondeaban en la fachada, se encontraba la del arcoiris gay.

Estábamos paseando por el hermoso Paseo Marítimo y mientras admirábamos las casas con balcones repletos de flores, encontramos un café llamado « El Floridita ». Su propietaria es una bellísima cubana llamada Karina, su hija adolescente se lama Carla y su ayudante Lucy. Fueron amabilísimas. Allí las paredes están cubiertas por fotos de monumentos, plazas e iglesias de Cuba. Es un lugar que recomiendo a todo el que tenga la suerte de visitar La Palma. Nos tomamos otro Barraquito, esta vez preparado por Karina.

Seguimos paseando por el Paseo Marítimo. En una esquina se encontraba un grupo de jóvenes con gorritas, t-shirts y zapatillas deportivas de colores chillones, hablando chabacanamente, nos dimos cuenta que el chico que nos había dicho como conocer a los cubanos de la isla estaba en lo cierto.

Regresamos a pie al Costa Classica, el cual zarpó a las 6 p.m. rumbo a Tenerife.

Después de cenar fuimos a bailar al Piazza Navona con la música del Duo Hamilton en el espectáculo “Los mágicos años 70” y después al baile en el Salón Puccini “Dance around the world” con la Poker Band y el equipo de animación.

Durante la noche navegamos 140 millas náuticas para llegar al alba a la hermosa isla de Tenerife. Sobre ella te escribiré en la próxima carta.

Con gran cariño desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.
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