CAMAJUANÍ, PRIMERO DE MAYO DE 1961

El río Camajuaní

El río Camajuaní

París, 26 de abril de 2014

Querida Ofelia:

Te escribí hace poco de que tengo la impresión de estar viajando en el Titanic, pero el iceberg no ha llegado aún a la cita fatal con la proa del barco.

Al regresar de Budapest mi esposa recibió la mala noticia de que perderá su puesto de trabajo dentro de poco, a causa del cambio de propietario del hotel de cinco estrellas en el que trabaja. A los 61 años de edad le será muy difícil conseguir otro puesto de trabajo en este país, en el que cada mes miles de personas pierden sus empleos.

La nueva reforma de la enseñanza, con la posibilidad de que los alumnos y estudiantes escojan la segunda lengua sólo como opción (la primera estudiada es el inglés), pudo hacerme perder la mitad de mi trabajo. Por otra parte, con la nueva ley aplicada a los alquileres por la distinguidísima diputada Madame Boutin, provocó que mi alquiler aumentara de 180 euros mensuales. El primero de agosto seré obligatoriamente jubilado, pues al ser “senior” desde el 21 de febrero, fecha en la que cumplí 65 años, tenía que haberme jubilado el pasado primero de marzo. Tuve que pedir una dispensa especial al Rector de la Academia para poder terminar el curso. Su gentileza fue muy grande, ya que me autorizó a formar parte del cuerpo profesoral francés hasta el primero de agosto, lo cual significa que no me pagarán las vacaciones de agosto. Esa ley me parece por lo menos poco elegante. Está demás decirte, pues ya lo sabías, que mi nivel de vida… ¡Se reducirá en un 50%!

Hace unos cinco años, al inicio de la crisis económica, las autoridades galas subieron al punto 5 (de un máximo de 6), la alarma por la posible pandemia de la gripe porcina. Para mí las grandes epidemias que mataron a millones de seres humanos formaban parte de las historias medievales, e incluso la gripe española, que fue la última pandemia mundial desastrosa, se remonta a la segunda década del siglo pasado. Sin embargo, una vez más se puede constatar de que nada es definitivo, que todo puede cambiar en sólo unos días, lanzando al drama y a situaciones desesperadas a millones de seres humanos.

Siguen desfilando cientos de miles de franceses por las grandes avenidas de todas las ciudades del país, llevan pancartas y banderas pidiendo trabajo, que cesen el cierre de las fábricas y los paracaídas dorados para los ejecutivos. Todos los sindicatos llaman a desfilar unidos, por la primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo es posible que los dueños de las grandes empresas y grandes compañías transnacionales, al desplazar sus fábricas y empresas hacia el Tercer Mundo, hayan podido pensar que los cientos de miles de obreros y empleados que perderían el trabajo, podrían seguir consumiendo esos productos, hechos gracias a la mano de obra barata de los países pobres?

Pero a mí cada primero de mayo me recuerda el del 1961, cuando Joseíto murió en el río de Camajuaní, con sólo 14 años de edad.

Joseíto y su hermana habían nacido de una pareja formada por Alberto, un hombre de bien y de Sixta, una mujer a la que le dio por la bebida, lo que la llevó directo hacia la mala vida. Alberto agonizaba a causa de la tuberculosis y era víctima de los malos tratos de Sixta, hasta que una vecina lo informó a la familia de él. Las hermanas se escondieron en la casa de la vecina a esperar que llegara la esposa borracha como cada día, procedente del prostíbulo de Majana. Efectivamente, comenzó a insultar y golpear al pobre enfermo. Inmediatamente las hermanas de Alberto entraron en el humilde cuarto y le dieron una buena monda. La niña fue adoptada por la familia de un médico y el niño fue a parar al Hogar que se encontraba en la carretera entre Santa Clara y Camajuaní, cerca de la Universidad Central, gracias a las gestiones de mi padre con el senador Orencio.

Alberto murió poco después de tuberculosis, acompañado hasta su último suspiro por Doña María, su querida madre.

En 1958, la directora del Hogar informó a mi padre que el niño debido a su edad tenía que abandonar el lugar. Existían dos posibilidades: la que regresara a vivir con su madre en el prostíbulo o la de que alguien lo adoptara. Esto último fue hecho por mis padres y así llegó a casa. Mi hermano y yo tuvimos de pronto un hermano mayor. Se le preparó una fiesta para recibirlo. Pero pronto Joseíto debido a su agresividad, convirtió nuestro hogar no en un infierno, sino por lo menos en un purgatorio. Insultaba a mis padres y nos golpeaba a mi hermano y a mí, robaba y lanzaba piedras a las ventanas de los vecinos. Mantenía un comportamiento inadmisible. Hoy con la distancia de más de medio siglo, estoy seguro de que un buen psicólogo lo hubiera ayudado enormemente. Cuando me enteré de que lo iban a entregar a su madre, para él y para mí fue un drama enorme. Me entró a puñetazos, acusándome de que yo era el culpable. Yo tenía 9 años y el 12.

Pero no le culpo. Fue un niño que vivió los primeros ocho años de su vida en un cuarto de un solar con una madre prostituta alcohólica y un padre enfermo. Después pasó cuatro años internado en un Hogar, que para él fue una cárcel, pues nunca nadie lo sacó a pasear, ni tampoco su madre fue a visitarlo. Ahora llegaba a una familia normal en la que se le recibía con los brazos abiertos, pero él no había sido preparado para ello. No conocía los códigos sociales, no sabía comportarse como un niño normal. Yo me he preguntado numerosas veces: ¿Cómo habrá vivido en el Hogar? ¿Qué experiencias habrá tenido allí? ¿Alguien habrá abusado de él?

La víspera de su partida hacia Santa Clara para reunirse con su madre, con la maleta que ya estaba hecha con toda la ropa y zapatos que mi madre le había comprado (ella le había puesto hasta las sábanas, fundas y toallas, pues no estaba segura de que dormiría con sábanas y tendría toallas para secarse, como Dios manda), llegaron a casa Renato y Mercedita, dos viejos amigos de mis padres.

Ellos habían oído hablar del niño y de las complicaciones que había provocado su llegada a nuestra casa. No tenían hijos y estaban dispuestos a adoptarlo.

Joseíto estuvo de acuerdo, y esa misma noche se fue a vivir con sus nuevos padres adoptivos. Renato tenía un camión de transporte interurbano y Joseíto lo acompañaba siempre sentado a su lado. Al fin fue feliz, se convirtió en el rey de la casa. Cuando Renato transportaba mercancías hacia La Habana, entre 1959 e inicios del 1961, Joseíto iba a visitarnos. Se convirtió en un niño de comportamiento normal, amado y feliz. Recuerdo que me regaló un disco de 45 r.p.m. con la canción Ansiedad, cantada en español por Nat King Cole, pues sabía que ese cantante gustaba a mi madre. Su timidez le impidió ofrecerlo a ella directamente.

Pero una llamada telefónica en la tarde del primero de mayo de 1961 se nos comunicó la terrible noticia. Joseíto había pedido permiso para ir en un camión a la manifestación que tendría lugar en Santa Clara. Como no lo autorizaron, después de merendar se había ido sin permiso con un amigo a bañarse al río, resbaló en la orilla y su cabeza golpeó contra una piedra; cayó al agua y la corriente se lo llevó hasta la otra orilla. El otro chico desesperado corrió hasta el bohío cercano de unos campesinos, pero éstos constataron que su joven cuerpo ya no tenía vida. El campesino lo llevó en su viejo caballo a la Casa de Socorros, donde certificaron la muerte. Para Renato y Mercedita fue un drama enorme.

Ese día, en casa, fue la primera vez en mi vida que vi llorar a mi padre. Éste dio la noticia a Sixta, la cual se apareció borracha al entierro y se lanzó sobre el ataúd dando gritos.

El primero de mayo en Francia se regalan lirios del valle a los amigos y familiares para desearles felicidad. Cada año pongo unos junto a una vela que enciendo por el alma de Joseíto, de Alberto y de Sixta, a la cual imagino que Dios, con su infinita misericordia, haya perdonado.

Te deseo todo lo mejor del mundo,

Félix José Hernández.

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