CUARENTA AÑOS DE AMOR

1974-2014 ¡40 años de casados! Isla de Samos. Grecia. En el Salón Puccini del Costa Classica. Mar Egeo, 29 de julio de 2014

1974-2014 ¡40 años de casados! Isla de Samos. Grecia. En el Salón Puccini del Costa Classica. Mar Egeo, 29 de julio de 2014

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París, 6 de agosto de 2014.

Querida Ofelia:

La conocí junto al mar en una tarde de verano en 1974, ella tenía veintiún años, era bella: su rostro, su pelo, era alta, delgada y su minifalda dejaba admirar aquellas piernas que iban hacia el infinito…. Parece que en aquel momento Cupido volaba sobre San Cristóbal de La Habana y su flechazo me penetró el corazón, pues quedé fascinado en cuanto la vi. Fue como la aparición de la chica que desde hacía años estaba buscando.

La invité a bailar y lo seguimos haciendo durante toda la tarde. No quería que la acompañara de regreso a casa, finalmente aceptó ante mi insistencia, pero la acogida de su madre en el portal que daba al jardín fue muy glacial: ¿Quién es éste? –preguntó. Un amigo de Armando (su hermano)- mintió Marta.

Le envié un ramo de rosas cada día durante toda una semana. Lo cual despertó la curiosidad de su madre y por tal motivo me permitió ir a visitar a Marta a su casa.

Hace poco encontré en la librería de la FNAC del Forum des Halles, un libro de fotografías de la capital cubana donde en una doble página, aparece la foto de aquella gran sala de baile del Club Náutico de Miramar, bajo un gran arco abierto a la playa donde la conocí.

Sólo dos semanas después, ella aceptó que fuera a pedir su mano. Era la primera vez en mi vida que lo hacía y sentí una especie de miedo pueril ante las miradas inquisitivas y el silencio del Sr. Manuel Lamas y su esposa. Me parecía como si me estuvieran pasando al scanner. Pero todo me salió bien. Ahora estaba oficialmente autorizado a visitar su casa, a salir a pasear con ella, ir a la playa, a bailar, al cine, etc.

Unos días después, era el 27 de junio de 1974, paseamos por el celebérrimo Malecón habanero desde el Hotel Deauville hasta el Torreón de San Lázaro, nos sentamos en el muro, ese muro que si pudiera escribir todo lo que ha ocurrido sobre él, podría llenar una gran biblioteca. La invité al Johnny’s Dream Club de la Calle Línea en El Vedado y allí le propuse que se casara conmigo. Estaba tan nervioso, que no sabía cómo decirlo, pero lo logré. Ella aceptó de inmediato, no se hizo de rogar. Mi felicidad fue inmensa.

Después de acompañarla a su casa, en donde encontramos a su madre sentada en el sillón del portal como “vigía del faro”, regresé a mi hogar de la Calle Soledad en Centro Habana y… le dije a mis padres : ¡Me voy a casar! Casi al unísono, ambos preguntaron ¿Con quién? Respondí: ¡Con la chica más bella que he conocido, la que será la mujer de mi vida!

Cuando llevé mi novia a casa para que mis padres la conocieran, fue muy bien acogida. Pero al día siguiente mi padre me preguntó: ¿En dónde encontraste esa sardina? Le dije: te doy una respuesta musical- y le puse en el toca discos la bella canción de Joan Manuel Serrat que dice así: “La mujer que yo quiero, no necesita bañarse cada noche en agua bendita. Tiene muchos defectos”, dice mi madre y “demasiados huesos”, dice mi padre. Pero ella es más verdad que el pan y la tierra (…) La mujer que yo quiero, me ató a su yunta para sembrar la tierra de punta a punta de un amor que nos habla con voz de sabio y tiene de mujer la piel y los labios”.

El tipo de mujer bella para muchos cubanos en aquellos años era “la Criollita de Wilson” con senos, labios, piernas, muslos y nalgas grandes y gordos. De la cual se decía aquella frase tan vulgar como incomprensible para mí y mis amigos: “está buenísima, hay que darle con mandarria” y “está que para el tráfico”. Marta era la antítesis de aquel estereotipo de belleza cubana.

El 27 de octubre de 1974 nos casamos por lo civil en el bello inmueble que fuera El Casino Español del Paseo del Prado. El padre Teodoro Becerril nos casó primero ante Dios -a escondidas- en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Fuimos vestidos sencillamente y sólo asistieron los dos testigos: mi primo Manuel e Irma, una amiga de infancia de Marta. En aquellos momentos, casarse por la iglesia era una especie de “pecado mortal” para los comunistas en el poder.

Como podrás constatar nos casamos a los cuatro meses de habernos conocido. Después supe que algunas personas pensaron que todo había sido un capricho nuestro y que nuestra love story no duraría mucho o sería que Marta estaba en estado. Nuestra luna de miel fue en el Hotel Capri de La Habana y siguió en el Hotel Internacional de la playa de Varadero.

El fruto de nuestra historia de amor fue un bello bebé al que llamamos Giancarlo. Nació el 14 de septiembre de 1975- día de La Santa Cruz- en el Hospital América Arias de la Calle Línea. Desgraciadamente nuestro segundo hijo no logró nacer, hoy día me pregunto cómo sería ahora. Creo que lo único que Dios no me ha dado de todo lo que he deseado en la vida es el haber tenido una hija. Es probable que aquel bebé que no logró nacer lo fuera. Me queda el consuelo de que con los años mi hijo se casó con Anne-Laure, una francesa culta, encantadora y bellísima, que nos ha dado dos nietos espléndidos: Cristóbal y Victoire.

Los primeros seis años de nuestra vida de casados transcurrieron felizmente dentro del contexto dictatorial cubano, sobrevivíamos y llevábamos a cabo una vida agradable con excursiones a: Viñales, Soroa, Guamá, Varadero, Cienfuegos, Trinidad. Íbamos a casa de la familia en Santa Clara, Camajuaní, Cienfuegos y Caibarién. No perdíamos ninguna película buena de estreno, las veíamos en los cines: Riviera, La Rampa, Yara, América, etc. A menudo asistíamos a los teatros, al Nacional de La Plaza de la Revolución (plaza que perdió el civismo al cambiar de nombre) y al García Lorca. No perdíamos nunca los nuevos espectáculos de los principales cabarets de la ciudad: El Copa Room, Le Parisien, El Caribe, Tropicana, etc. Pasamos muchos domingos en Santa María del Mar, a la cual llegábamos en aquella casi legendaria guagua llamada La Estrella de Guanabo, que se podía tomar después de una fila casi interminable a un costado de la Estación Central de Ferrocarriles de la Habana.

Teníamos la ayuda de los queridos padrinos de Giancarlo, los inolvidables Deisy y Rolando, que lo cuidaban para que nosotros pudiéramos salir y también de mi padre que dedicaba todo su tiempo a buscar todo lo que hiciera falta para la familia y sobre todo para nuestro hijo.

En 1980 se produjeron los sucesos de La Embajada de El Perú y el éxodo por el Puerto del Mariel. No logramos irnos a pesar de que mi suegro, que vivía en New Jersey nos había mandado a buscar. Marta tuvo que huir del Ten Cents de Galiano por toda la calle San Rafael para que no la lincharan las “compañeras militantes” de esa célebre tienda en donde trabajaba. Fui expulsado de la Escuela Secundaria Básica Mártires de Humboldt Siete, donde era profesor de Geografía e insultado en las oficinas del Ministerio de Educación de Reina y Belascoaín. Mi hijo fue expulsado del Círculo Infantil -tenía 4 años-. La “compañera” directora me dijo textualmente: “Aquí no queremos escorias”. El mitin de repudio organizado por los “gloriosos” miembros del Comité de Defensa de la Revolución Leopoldito Martínez de mi calle: la familia Arranz, la familia Down y el inquisidor rojo Ramón Vázquez, fue el golpe final. Este último nos amenazó con que nos iban a dar “una buena monda para que no olvidáramos la intransigencia revolucionaria del glorioso C.D.R. de nuestra calle cuando nos llegara la salida del país”. Vivimos apestados durante once meses hasta que gracias a Francia pudimos tomar el vuelo de Iberia directo a Madrid y de allí a la Ciudad Luz.

Durante todos aquellos meses el apoyo, la comprensión y el amor de mi familia y de la mujer de mi vida, me permitieron soportar las innumerables humillaciones cotidianas, hasta en el Aeropuerto José Martí unos minutos antes de embarcar. Pero de todo eso ya te conté en una crónica anterior.

Francia nos acogió y nos dio la oportunidad de renacer, tuvimos gran ayuda por la parte del Estado en el Campo de Refugiados de Créteil en los arrabales parisinos y en el sureño pueblo de Saint Martin de Crau. También por parte de varias familias francesas que conocimos. Tuvimos una caída social sin precedentes, éramos pobres, analfabetos en francés, sin medios económicos, sin relaciones sociales, con códigos culturales y clima diferentes, pero éramos Libres. Dentro de tanta adversidad nuestro matrimonio se consolidó y creció hasta una comprensión extraordinaria. Marta y yo limpiábamos tiendas por las noches, yo trabajaba en una fábrica, hasta estuve paleando fango y nieve. Pero gracias a nuestra solidez logramos escalar posiciones sociales y renacer hasta llegar a niveles que nunca hubiéramos podido imaginar.

Hemos recorrido unos sesenta países a lo largo y ancho del mundo, vivimos una intensa vida cultural en La Ciudad Luz y pudimos ver los éxitos universitarios y en la vida de nuestro hijo.

Querida Marta, amor mío:

Hace diez años celebramos tus cincuenta años con una gran cena, rodeados de numerosos amigos en el Hotel Paris Hilton. El pasado 1° de octubre no quisiste celebrarlo, fuimos sólo tú y yo al restaurante La Coupole de Montparnasse y después a pasear por la orilla del Sena. Hace dos años celebramos en Miami el 27 de octubre los 38 años de casados y coincidió con el Banquete anual de los Periodistas donde me entregaron el Premio Internacional de Periodismo”.

Hace una semana cumplimos los 40 años ce casados ante Dios en el barco Costa Classica, durante el crucero “Las Perlas del Mar Egeo”, que nos llevó por las islas griegas de Las Cícladas de: Rodas, Creta, Samos, Kos, Santorini y a Turquía (Esmirna y la fabulosa Éfeso, una de Las Siete Maravillas del Mundo). El capitán del barco Giovanni Cosini te ofreció una bella rosa roja en un cocktail en el Salón Puccini, en donde nos declaró como una de las dos parejas del barco, después de invitarnos a pronunciar la renovación de nuestros votos matrimoniales.

Mi madre Ofelia y tú Marta, han sido las mujeres más importantes de mi vida. Le doy gracias a Dios por todo el amor que ambas me han dado a lo largo de mi vida.

Las amo eternamente,

Félix José Hernández.

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