LA CULPA INOCENTE

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Por Juan Efe Noya

Ya se inicia el año dos mil quince y a pesar del tiempo no hay nada real en la epidemia de colores contraproducentes que distorsionan al exilio. Es un designio sagrado, el cual nos persigue interminablemente. Duele, pesa y entristece, pero no le tememos a esa apariencia inevitable hasta los tuétanos, porque todos somos una propia consecuencia. Por eso dos ángeles rojos protagonizaron la historia para robar la cruz de un cementerio con sombras, donde los fantasmas de huesos rotos danzan inútiles alrededor de moléculas agonizantes, mientras las flores silábicas abren el aire al crecimiento de los sufridos.
Es que debemos pagar la culpa con jirones del alma, aunque nos duela hasta la imagen que pretendemos trazar con gestos creativos para estrenarla en el próximo encuentro, donde nos atreveríamos a remediar la tristeza colectiva de los hijos de una isla. Y sin embargo vamos, los de aquí y los de allá, aparentemente tomados de la mano, pero con el intento de no entender que no hay límites cuando se padece un dolor colectivo.
Es inevitable. Nacimos en la tierra indebida. Tenemos el estigma para mostrarlo sonrientes ante el mundo que nos mira indolente y ensaya palmaditas en la espalda para averiguar donde es más efectivo el filo del arma traicionera. ¡Total! Ellos no tienen la culpa y ni siquiera les importa entenderla porque nos pertenece el dolor de haber nacido en un espacio doble, dulce, tierno, hermoso y desdichadamente maldecido. Por eso vamos con el caramelo en la mirada y un amago de tristeza en cada gesto, pues nos duele ese suceso amargo e inevitable de sabor íntimo y apenas comprendido.
A veces sentimos como si hubiéramos pecado históricamente y volvemos el rostro para ver si encontramos nuestra culpa en medio del exilio. Pero sólo vemos imágenes sedientas que pretenden alcanzar la luz abierta. Entonces, alguien nos condecora el gesto y, a pesar de todo prevalece el dolor incomprensible que conservamos como una vieja prenda.
Nos sacudimos la sorpresa y procedemos a inventar actitudes para culpar a alguien por nuestra condena. Amordazamos la mente con retazos de historia, pero no comprendemos que está prohibida la existencia de otro paraíso en la tierra; por eso estamos destinados a sufrir, porque ¡ésa es la culpa inocente que hemos heredado!

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