Crónica de un exiliado cubano en París

  Armando Valladares y Félix José Hernández en el Hôtel Lutetia  durante “El proceso a Castro”, París, 1986.


Armando Valladares y Félix José Hernández en el Hôtel Lutetia durante “El proceso a Castro”, París, 1986.

París, 23 de mayo de 2015.

Querida Ofelia:

En Miami, en las Navidades, estuvimos toda una tarde y hasta entrada la noche con Cristina y Miguel, una pareja especial; él es discreto, sabe cantar tangos cuando se toma un par de cervezas, ella es luchadora, trabajadora, gordita y bajita. Él, es un hombre que a pesar de sus seis décadas, conserva rasgos de buen tipo, se nota que fue buen mozo.

Los conocimos en junio de 1981, cuando desde el campo de refugiados de Créteil (arrabales sureños de París), una mañana nos subieron a un autocar repleto de refugiados y éste fue bajando hacia el sur repartiendo refugiados a lo largo y ancho de Francia. Llegamos al campo de refugiados Jean Moulin, del pueblo de Saint Martin de Crau, en el profundo sur francés, donde estaríamos cuatro meses.

Recuerdo que el autocar nos dejó en la puerta de aquella especie de Torre de Babel, a las 6 de la mañana, pero que no abría hasta las siete. Estuvimos esperando al lado de una caja de cartón atada con una soga, la cual era toda nuestra fortuna personal. En eso salieron seis niños cubanos que al oírnos hablar nos llevaron a la habitación de Cristina, la cual nos ofreció un desayuno y su amistad. Tres de los niños eran hijos de ella y Miguel, hoy día dos viven en Miami y otro en París. Todos son chicos serios, inteligentes y trabajadores. Los otros tres eran de Adys y Ramón, otra pareja de cubanos que también estaban en ese campo de refugiados. Estos últimos también los vimos en Miami, ya se casaron y tienen fundadas fami¬lias.

En el campo de refugiados nos daban clases de francés todos los días, y una vez a la semana, nos llevaban a recorrer la región. Paseamos así por ciudades bellas: Nimes, Avignon, Saint Remy, Salón en Provence -la ciudad de Nostradamus-, Aix en Provence, la playa de Sainte Marie de la Mer, los campos de La Camargue, etc.

A los hombres nos mandaron por dos meses a un Centro de Formación Profesional en Marsella, La Perla del Mediterráneo. Ciudad cosmopolita, bella, con sus castillos, su isla de Montecristo y el castillo del mismo nombre frente a su bello Paseo Marítimo, sus avenidas : Le Prado, Boulevard Michelet, la Canebière, etc.

Íbamos en autobús cada viernes para Saint Martin de Crau. Los sábados los pasábamos en la piscina municipal con un pic-nic, que consistía en un litro de Coca-Cola y pan con chorizo. Las genes del pueblo fueron muy amables, conocimos a varias familias que nos invitaron a sus casas, muchos de origen español o italiano, para los cuales al principio éramos una curiosidad, pues nunca habían visto a un cubano. Estaban acostumbrados a: vietnamitas, cambodianos y laosianos, los que llenaban el campo de refugiados.

A 20 kilómetros del pueblecito estaba el gran centro comercial Casino, a la entrada de la ciudad de Arles y allá iban Miguel y Cristina, a comprar los mandados para la semana en una destartalada moto que alguien les había regalado. Regresaban acrobáticamente con las bolsitas de mandados, hasta que un día se les ponchó y tuvieron que regresar a pie. Les sirvió de experiencia y así comenzaron a comprar en el supermercado que estaba frente al campo de refugiados, aunque fuese un poco más caro.

Un día Julie, una refugiada laosiana, nos dijo que había comprado un picadillo muy rico y muy barato. Cuando fuimos a ver, había un cartel que decía: “viande pour chiens”, busqué en el diccionario y la traducción fue: carne para perros. Nunca se lo dije, simplemente le inventé que a nosotros no nos gustaba el picadillo.

Varios amigos italianos fueron a visitarnos allí, nos llevaron dinero y ropas. También fueron dos familias francesas que habíamos conocido en el campo de Créteil. Una era la de los Bourgarel, aún hoy grandes amigos. Ellos nos llevaron una semana para la finca de los padres de Monsieur en Lorgues y de allí a la casa de Saint Maxime, desde donde fuimos en una lancha hasta Saint Tropez, donde todo era lujo y ostentación.

Los Bourgarel nos trajeron a París en octubre del 1981 y después ayudaron a Cristina y su familia a instalarse también en la capital gala.

Cristina, un día decidió irse para los EE.UU. y ahora, el mes pasado la encontramos de nuevo. Ha acabado de abandonar su trabajo de madrugada en una lavandería y acaba de comenzar a trabajar en una dulcería en Miami.

Paseamos con ella y Miguel por todas partes, nos fuimos a una cafetería latinoamericana en cuyo aparcamiento había un gran fresco con Eliancito, la Virgen de la Caridad, Delfín y los delfines. También encontramos a Teresita, la que aquí en París hablaba combinando el francés con el español y había que ser bilingüe para poder comprenderla, pero ahora en la Florida, es la reina del “spanglish”. Ella parquea el carro, pone unos cuartos en la maquinita municipal, no vaya a ser que la policía ronde por la zona y le ponga un ticket. Nos enseñó un lugar que anuncia “Prepare aquí su income tax”. Nos bajamos y me señaló que la carpeta estaba muy desgastada. Al final le dijo al empleado: “te llamo pa’trá, ¿okey?”

O sea que habla un castellano salpicado de palabras en inglés: ticket (multa), income tax (impuesto sobre la renta), okey (de acuerdo), nice (simpático) y traducciones literales de palabras y frases inglesas: chores (shorts, pantalones cortos), marqueta (market, mercado), taipear (to type, escribir a máquina), parquear el carro (parking the car, aparcar el coche), vacunar la carpeta (vacuum the carpet, aspirar la alfombra), te llamo p’atrá (I call you back, te vuelvo a llamar), el rufo del bildin (the roof of the building, el techo del edificio)…

Me decía cada cosa, que me tenía que quedar reflexionando sobre lo que podría ser. Me contó de alguien que estaba compitiendo por el cargo de alcalde, pero ella dice: está corriendo para la oficina de Mayor. Otra cosa genial fue la de la tienda que delivera grocerías que quiere decir ”delivers grocery” (reparte la compra), pero lo más original para mí, fue cuando me contó que en un negocio necesitaban mujeres estériles (“need steady women”, se necesitan empleadas fijas).

En realidad su “Spanglish” es una verdadera muestra de destreza lingüística.

Nos encontramos en la cafetería también con Chantal, una gala amiga de Cristina y Teresita que “se bronceó”. Me contó su caso alucinante, al enterarse de que yo era profesor en Francia.

Resulta que ella está casada con un panameño y vive en los U.S.A. Llevaba años trabajando como profesora en una escuela. De pronto apareció la oportunidad de crear un nuevo puesto fijo, de hacer permanente el puesto que ocupaba. Pero debía ser ocupado por una persona afrodescendirente. Por tal motivo “se hizo negra de papeles”.

Nos fuimos -sin mapa- por Coral Gables (¡Qué barrio tan elegante!) a buscar la calle Málaga. Al fin la encontramos, reconocí la casa de Miguel Ángel, llamé a la puerta y me abrió una señora que no conocía, me informó que ese Dr. había vendido la casa a otra persona y ésta después a ella. Llamé a los teléfonos de su casa, al laboratorio, la consulta, pero ahora pertenecen a otras personas. Miguel Ángel se esfumó, desapareció, es invisible. La última vez que lo vi fue cuando vino a París con su madre y varios amigos. ¿Alguien lo conoce? ¿Alguien sabe algo de él?

Lo había conocido gracias a Tayde, la que le dio mi teléfono y dirección cuando supo que él había desertado en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, durante la escala del vuelo La Habana-París-Luanda. Formaba parte de un grupo de “heroicos” médicos internacionalistas cubanos. Se escondió en el baño de la aduana, rompió una ventanilla, se dejó caer por ella, salió por un túnel, atravesó las pistas corriendo, se encaramó en un tren, llegó al centro de la ciudad, se escondió en un inmueble. Era el día de Navidad. Al amanecer fue a pedir asilo a la embajada de los EE.UU. y le respondieron que Francia era un país libre, que fuese a la policía francesa. Así lo hizo. Esa noche fría durmió en la peniche (un barco anclado en el Sena para los clochards -vagabundos-), al día siguiente comunicó con su familia en Miami gracias a las monjas del Socorro Católico.

La familia era conocida de Tayde y ésta le dio mis señas. Llegó a mi pequeño apartamento, le brindé comida y alojamiento. Era buen muchacho. Conoció a Luisito, otro cubano y se instaló frente a la Opera de París con él, compartiendo gastos. Se volvió elegante, se vestía Saint Laurent y Lanvin. Comenzó a hacer la homologación de su diploma, por medio del servicio consular de los EE.UU. Entró a formar parte de la jet del exilio. Era recibido en los mejores salones de París. Inteligente, simpático, generoso. Tenía muchos amigos. Se fue a Miami, compró casa en Coral Gables, puso laboratorio y clínica, le iba de mil maravillas, nos mandaba postales, nos escribía, nos llamaba por teléfono. Cuando visitábamos a Miami nos íbamos a cenar al Victor‘s Café y al Centro Vasco, hasta que un día: silencio total. ¿Qué le pasó?

Volví a ver de nuevo, en una fiesta en casa de mis amigos Aurelia y Jorge y después de más de tres décadas a mi vieja amiga Carmita, pero mi sorpresa fue grande al descubrir que era neocompañera o mejor dicho neogusana, pues según ella, todos los problemas de Cuba es por culpa del “bloqueo imperialista”. Ella y su esposo están contando los días para poder tener derecho de ir a La Habana, aunque sólo llevan unos meses en la capital de la Cuba Continental. Por suerte que mi amigo Víctor la ubicó en tiempo y espacio. En un momento preciso Aurelia tomó la palabra y dijo:

-En mi casa nadie puede hablar contra los americanos, ni contra los EE.UU. ¡Yo no lo admito! ¿Habrá comprendido la neocompañera Carmita?

Miami es una especie de tierra milagrosa, también me enteré de que mi querida amiga Griselda sintió una especie de llamado del Santo Espíritu, y se convirtió en… pastora evangelista. Ahora está en Cuba, fue a llevar la palabra de Dios a los habaneros de Centro Habana. ¡Vivir para ver!

El Hotel París Hilton hizo la fiesta anual para los empleados, este año el tema fue “Las Mil y Una Noches”, todas las mesas y paredes estaban decoradas al estilo árabe. Hubo una tómbola gratuita con muchos premios, que consistían en viajes por avión y en pensión completa a un país lejano, pero nosotros no nos ganamos nada.

Mi esposa y Nilda, otra amiga cubana, participaron, después de varios meses ensayando un día a la semana, con otras diez empleadas a la Danza del Vientre. ¿Quién lo hubiera dicho? ¡Dos cubanas bailando la Danza del Vientre en la Ciudad Luz! ¡Quién te ha visto y quién te ve!

La cena fue a base de cuscús y carneros con frutas secas de los oasis. Los camareros estaban disfrazados de árabes. En fin, nos divertimos mucho. En nuestra mesa estaban Nilda y Luis, ¬pareja de amigos cubanos, así como también amigos de Martinica y de Croacia.

Aquí en París está América, la viuda de Manolito, está hospedada en un hotel de la Place d’Italie con su hija. Vino a operarse de cáncer en los intestinos. Tiene un presupuesto dado por las autoridades cubanas de $30,000 dólares, pues en Cuba faltan los medicamentos y equipos para operarla. Ella es una aeromoza muy simpática y durante años gracias a su amabilidad he podido enviar la correspondencia y efectos personales de primera necesidad a amigos y familiares de la Perla de las Antillas . La va a operar el Dr. Machover, un cubano que salió de Cuba de niño y es hoy uno de los más célebres cancerólogos franceses.

Fui a ver a América al hospital, allí me encontré con otra aeromoza, la cual me contó que fue recibida en el consulado por un cubano muy amable llama-do Jorge, el cual le presentó a otros funcionarios. La esposa de Jorge trabaja ahora en las oficinas de Cubana de Aviación de París, los hijos, que nacieron aquí en París, se fueron a vivir a Cuba al barrio del Nuevo Vedado. Jorge (de unos 65 años), se está divorciando, pues se piensa casar con una “titi” que conoció en Cuba, en uno de sus recientes viajes. Hasta aquí todo es banal. Pero lo que no sabe la aeromoza es que Jorge era un marino mercante cubano que se quedó en La Havre en los años sesenta, hermano de un militar muy conocido en Cuba. Que Jorge era un gran “gusano”, que participaba activamente en cuanta “gusanería” había en París. Que hacía reuniones en su casa con los cubanos que llegaban exilados. Nunca negó que era militante socialista francés y hasta llegó a decir que iba a Cuba a ver a su madre enferma. Pero un día, en una reunión de “gusanos” en la casa de la pintora Gina Pellón, sonó el teléfono, ella tomó el auricular y después con voz grave anunció que allí había un espía castrista.

A mí me pareció surrealista. Pero de pronto Jorge desapareció, se esfumó, se volatizó. Ahora apareció de nuevo y he sabido dónde gracias a la amiga de América, que lógicamente no sabe nada del pasado de supuesto “gusano” del compañero Jorge.

Mi amiga Luisita está enfadada con su suegra. Te contaré por qué.

Estando la suegra en Cuba, comenzó a hacer los trámites para que viniera por tres meses. Cuando le envió los documentos, resulta que en el consulado francés le dijeron que faltaba un cuño, por esa causa ella la llamó. Inmediatamente Luisita llamó al cónsul y estuvo hablando –y pagando– durante 35 minutos para convencerle de que todo era muy difícil, de que si había que comenzar de nuevo sería todo complicadísimo y además, que por problemas climáticos, el invierno no era bueno para una señora que vendría desde Cuba. Al fin el señor cónsul le dijo: – “está bien, pero que la señora esté aquí en el consulado a las 9 y media de la mañana, pues yo por la tarde me voy de viaje”.

Luisita volvió a llamar a su señora suegra a La Lisa, y ésta le respondió que le era imposible estar a esa hora en el consulado galo, pues tendría que levantarse muy temprano para ir hasta el Vedado. Ella le propuso que saliera a pie en ese mismo momento (eran allá las 8 de la noche), y así estaría a tiempo. Eso provocó su primer enfado.

Al fin llegó a la Ciudad Luz a pasar tres meses, pero estuvo sólo 9 días: ¡Nueve días que conmovieron al mundo! Le pidió cuatro cadenas de oro bien gordas para sus cuatro hijos que estaban en Cuba, unos cuantos trajes de novias Christian Dior, para alquilar en La Lisa, además le aseguró que con unos cuantos cientos de dólares resolvería su problema en Cuba. Cuando Julita le dio su negativa rotunda debido a que sus recursos económicos no se lo permitían, se enfadó por segunda vez y le dijo que era una tacaña.

Yo la llevé a Notre-Dame, allí me preguntó que dónde estaba Changó, como le dije que allí ni en ninguna iglesia francesa se encuentra Changó, entonces me pidió ir a una Botánica, pero cuando le dije que eso aquí no existía, me trató de mentiroso y se enfadó también conmigo.

Me mostró su lista de artículos que quería comprar para sus hijos, eran de marcas: Ricci, Valentino, Dior, Boss, Saint Laurent, etc. Cuando le expliqué que esos artículos eran cosas de ricos, se enfadó de nuevo.

Decidió regresar inmediatamente a San Cristóbal de La Habana, no sin antes ir a una tienda y gastar del bolsillo de Julita y su hijo 800 euros en regalos, hasta una pamela violeta y un gran ramo de rosas moradas horribles plásticas, que le compraron en Tati (el pulguero de París), pues según ella, no podía bajarse del taxi en La Lisa, sin una pamela y un ramo de rosas plásticas en los brazos.

En el aeropuerto le viró la cara a Julita y le dijo: “Tacaña, no me dirijas más nunca la palabra”.

Suegra en francés se dice “belle mere”, traducción literal: bella madre, pero Julita me dijo que prefiere el término de suegra en español o mejor aún el italiano “suocera” que se pronuncia suóchera, porque suena mejor. Los 9,000 kilómetros que separan La Lisa de los arrabales parisinos, le parecen pocos a Julita.

Louis estuvo este fin de semana en casa. Su madre, Marie, falleció hace tres semanas, después de un duro combate contra el cáncer que ella perdió. Era una mujer de 52 años, murió el mismo día de su cumpleaños. Era bella, distinguida, elegante, con gran sentido del humor, generosa.

Su esposo hace cinco años perdió la vida al caer su avión en plena selva en la República Centroafricana; encontraron su cadáver después de una semana y lo repatriaron a París. La misa fúnebre fue en Saint Julien le Pauvre, la iglesia más antigua de París, de ritos católicos griegos. Aquel día, como ahora en el entierro de Marie, la cantidad de coronas era tan grande que cubrían las paredes de la iglesia y salían hasta la plaza.

La familia de Marie ha sido atrapada por la rueda de la historia, a todo lo largo del siglo XX. Sus abuelos eran rusos blancos, los que salieron huyendo de los bolcheviques y se refugiaron en Irán, allí nació su madre, pero llegó el Sha con su abominable dictadura y después los ayatolas integristas de Khomeiny. La familia con Marie joven huyó al Líbano, allí se casó con Pierre, pero estalló la guerra con Israel y como ellos vivían en el sur del país, todo fue bombardeado y destruido por el ejército israelí.

La familia huyó a Francia y se instaló en París. Pierre tuvo la oportunidad de irse a Bangui, República Centroafricana, donde prosperó, pues era el director del Hospital Central, además fundó una clínica en la que atendía a todo el cuerpo diplomático. Pero sus hijos, Leila y Karim crecían y la madre decidió regresar a París para darles una educación europea. Iban a África durante las vacaciones.

Como Louis y mi hijo estaban en el mismo preuniversitario, en el Institut de l’Alma, de las monjas del Sagrado Corazón de Jesús, se conocieron y nosotros trabamos amistad con los padres de él. Mi hijo fue invitado a la enorme propiedad en plena jungla de Pierre y Marie, hizo un safari, visitó a los pigmeos: toda una aventura. Se enfermó con la malaria, pero se salvó gracias a la asistencia médica de Pierre. El chico tenía que tomar cada día una pastilla a la misma hora, dice él que la tomaba, yo lo dudo.

Un buen día, Marie se enfermó, el diagnóstico fue terrible: cáncer. Un mes después Pierre tomó su avión con amigos franceses y suizos para volar sobre la jungla, pero hubo un mal tiempo y el desenlace fue fatal. Un año después se produjo la rebelión en Bangui, todas las propiedades de los europeos fueron saqueadas, y a la bella casa de Marie no le dejaron ni los marcos de las ventanas. La clínica desapareció, pasto de las llamas. A Marie sólo le quedó su apartamento del Barrio Latino de París. De nuevo la Historia atrapaba a su familia. ¿Cuál será ahora el destino de Louis y Alix?, los dos hijos de la que fue la encantadora pareja de Pierre y Marie.

Un gran abrazo desde la capital gala, con mucha simpatía, deseándote: paz, amor, salud y Libertad,

Félix José Hernández.

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